
Hace apenas unos días Edmundo Mantel cumplió años. Desde estas páginas queremos sumarnos a la conmemoración reivindicando su talento poético.
Conocí a Mantel en 1989, en el comedor del Ejército, ya que ambos cumplíamos el servicio militar. El menú del día era lentejas y muslo de pollo. Mantel daba cuenta de su ración y departía con otro sujeto cuya identidad me callaré. Me llamó la atención su forma de hablar, plagada de adjetivaciones inusuales para un joven de 22 años. Me acerqué a la mesa y pedí permiso para sentarme. Le pregunté si era pseudoescritor y me confirmó mis peores sospechas: Mantel le daba a la pluma.
El Sr. Ingle también escribía. Coherente con el contexto militar, se había especializado en el género “biografías de soldados”, siendo famosos sus títulos: “Las perezas de David”, “La vocación de Ernesto” y “Gesta y venturas de José Ramón Manjavacas”.
Por su parte, Mantel estaba estrenando el cargo de redactor de la Revista del Club del Parapente del Valle de Güímar. El presidente de este Club, sabedor su talento literario, le había ofrecido la tarea de componer los textos de esta revista, dedicada a divulgar el peligroso deporte del parapente. Mantel se entregó en cuerpo y alma al oficio, del que no percibía retribución alguna, salvo el orgullo del trabajo bien hecho. En la fotografía le auxiliaba su hermana, en aquella época también joven y enamorada, Doña Evangelina Mantel de Ulloa.
Los números aparecían con periodicidad mensual, y pronto el Sr. Mantel se dio cuenta de que no había mucho que contar. Cuando algún suceso fuera de lo común se presentaba, él le sacaba toda la punta, pero no era suficiente. Con gran valentía, inauguró una sección de sucesos, dedicada a este o aquel parapentista que, luctuosamente, se había roto unas costillas en el aterrizaje, o pinchado el culo al caer sobre un cardón. En fin, hasta de alguna muerte hubo que dar noticia, lo que le valió a Mantel una llamada de atención del presidente del Club: esas cosas, le dijo, mejor no airearlas…
El concurso de poesías fue una ocurrencia afortunada de Mantel, que ya no sabía cómo llenar las columnas de la publicación. Muchos poetas aficionados se inscribieron, y al final hubo dificultades para adjudicar el premio, que consistía en un vuelo en tándem de parapente.
Al finalizar el concurso, viendo las inquietudes que el género literario despertaba en los lectores de la revista, Edmundo abrió una sección permanente dedicada a publicar los trabajos que remitían los suscriptores y los propios miembros del club. Se trataba de poemas variopintos y pequeños relatos, que poco a poco fueron atestando el apartado de correos del Club. Edmundo tuvo que multiplicarse para leer y calificar todas estas obras noveles. No dejaba sin respuesta ningún envío, aunque fuera una mera nota de cortesía. Por ejemplo, a una piadosa señora que había escrito, con escasa fortuna, un soneto sobre el dolor de Cristo en la Cruz, le respondió: “Lamento decirle que, tras el análisis pertinente, no he logrado encontrar el suficiente valor literario en su composición, por lo no es posible publicarla en nuestra revista del Club del Parapente. Esto no quita que usted posea dotes artísticas aún ocultas, y que pueda desarrollarlas en otras ramas del arte. No sería mala cosa que intente pintar un cuadro al óleo de una pareja de ciervos en la campiña”. En otras ocasiones, el Sr. Mantel fue más áspero: “El dolor por la pérdida de su marido no justifica que usted pretenda torturar a nuestros lectores con su poesía negra. Búsquese una nueva compañía y déle una alegría a su entrepierna”.
El propio Sr. Ingle publicó muchos poemas en la Revista del Club del Parapente, amén de algún que otro relato, a veces en colaboración con el Sr. Mantel. Sin embargo, lo que poca gente sabe es que el mismísimo Sr. Mantel se atrevió con una poesía. Esto es importante destacarlo, porque así como es vox populi el talento narrativo de Mantel, su vocación poética es un tesoro no descubierto. Mi opinión es que él mismo ha censurado esta vertiente de su valía artística. ¿Por qué? Voy a ser audaz al afirmar que quizás sea por timidez. La poesía pone al descubierto la sensibilidad más deplorable de una persona, y el Sr. Mantel no está interesado en que se le descubra esa debilidad.
Sin embargo es justicia que la humanidad sepa. Sería imperdonable que nos hubiéramos privado de las elegías de Machado a su mujer fallecida, Leonor. Pocas veces en la historia de la poesía se llegó tan a lo íntimo como lo hizo Machado cuando le faltó el gran amor y faro de su vida. Pues bien: a mi modesto entendimiento, Edmundo Mantel ha sobrepasado los logros de Antonio Machado. Este poema, que aquí les presento en primicia, pero que hace ya dos décadas vio la luz en la Revista del Parapente, es una obra de arte que sorprende. Mantel habla también del dolor por la pérdida de la amada (siquiera en sentido figurado). Su hipersensibilidad nos sobrecoge, y a su vez nos hiende el alma. No digo más. Les dejo con la poesía de Edmundo Mantel.
ATARDECER (por Edmundo Mantel)
En el atardecer opaco
El grillo dejó su canto
Y yo esperaba envuelto
En una lágrima.
El regreso de tus manos
A este campo
Estéril que es mi alma
Sin un paso.
Ni lamento
Ni un suspiro
Que me llevara
Al insano juicio
De adorarte
Delicada perla
Muda requerida
Marchóse para siempre
Tu ánima encendida
Y yo te llamo
Y te exijo en esta
Atmósfera
Do´los gajos de
Mi espíritu
vagan por
El mar inmenso
De la nada
Donde un día
Me dijeron que los muertos
Se reúnen
Mas yo no veo
a nadie
Ni a una luz
Ni a oscuras hadas.
Vaya mierda
Querida mía
Que hasta
Muerta
Seas tan puta.





























