29 octubre 2006

Más bruto que un camionero

En el antiguo servicio militar obligatorio no había soldados valientes y cobardes, sino listillos y bobos solemnes (adjetivo inteligente de Rajoy). El listo se escaqueaba, mientras el idiota “chupaba”. A mí me tocó chupar. Fui tonto del nabo al declarar que tenía carnet de conducir. Tú, como eres abogado, vas a ir destinado al Tribunal Militar. Pero en lugar de entregarme un Código de Justicia me pusieron al mando de un viejo 127 negro, el coche oficial del coronel. Así que era un abogado que hacía de chófer y de camarero. Tenía que llevar todos los días las tacitas de café a los comandantes y tenientes, a la vista de los que paseaban por la calle. Las niñas preadolescentes se reían de mí. Defender la bandera con tacitas de porcelana no parece de recibo.

Lo único bueno es que el Ejército me dio la oportunidad de sacar el permiso de conducir para camiones, y lo aprobé. Cuando me licenciaron y me enfrenté de nuevo al mercado de trabajo, la cosa estaba tan mal que, como llevaba varios meses muerto de asco (y de hambre) presenté el currículum a una empresa transportista (ocultando que era abogado) y me dieron el empleo.

A fuerza del trato con mis compañeros, se me empezaron a pegar los usos y costumbres del gremio: los eructos con sabor a ajo, los escupitajos verdes en el suelo de los bares, subí algunos kilos y le cogí aprecio al aroma de la axila. También me volví perezoso para la ducha y, en fin, estuve en peligro de acabar en el matadero: por cerdo. Y eso en apenas dos meses, que fue lo que me duró el empleo.

De mi etapa de camionero tengo una anécdota, que no me canso de contar y que he publicado escrita (para mi escarnio) en más de una revista de escaso pedigrí. La historia es ésta:

Después de tomar el desayuno en la cafetería de costumbre, cogí de nuevo el camión y enfilé la carretera. A los dos kilómetros empecé a escuchar los ruidos, como si algo se moviera en el interior de la cabina. “Algún panel suelto”, pensé.
No volví a prestar atención al asunto hasta que pasados unos cuantos enlaces se produjo un trajín más fuerte a mis espaldas. Era peligroso descorrer la cortina, porque hubiera perdido la visión de la carretera, pero lejos de imaginarme algo malo me puse a recordar aquella película que habían puesto hacía poco en la tele. Un camionero paraba en un bar y, al reemprender el camino, se encontraba con la grata sorpresa de que la joven camarera –que no debía de tener más de dieciséis años y estaba buenísima– se había fugado escondiéndose en la cabina. Como era de suponer, una fogosa aventura de amor y sexo surgía entre el protagonista y la chica.

Con esta historia en la mente, la fantasía se fue apoderando de los siguientes tramos de la carretera. Los ruiditos de la cabina se convirtieron en los voluptuosos estiramientos del cuerpo de una dulce muñequita, que seguramente me sería entregado como premio cuando hiciera la próxima parada, para descansar en un motel.
Cuando ya habían transcurrido varias horas, en las que mi supuesta amante se fue transfigurando sucesivamente de rubia a morena, de morena a pelirroja, y de pelirroja a mulata, empecé a dudar de mi suerte. “Esas cosas sólo pasan en las películas”, pensé. A pesar de todo, mi excitación había crecido tanto que me juré que no me importaría la apariencia de quien se hubiera encerrado dentro de la cabina: aunque fuera una señora madura y gorda, tendría que pagar en carne el precio del transporte.

En los últimos kilómetros antes de la parada me preparé para recibir el premio. Los ruidos eran cada vez más insistentes. “La pobre debe de tener ganas de ir al baño”, pensé. Pero la explanada del parking estaba allí. Estacioné el camión con impaciencia y, ya con el motor apagado, descorrí la cortinilla de la cabina. Un perrito callejero me miró asustado y con ojos lastimosos. Habían sido mis compañeros, seguro, bromas como ésta solían gastarlas a menudo.

El caso es que el mal ya estaba hecho. Aquello no podía terminar así, llevaba ocho horas al volante torturándome con las más calenturientas fantasías, de modo que le devolví al animal la mirada lastimosa y le dije: “Lo siento, perrito, hoy no es tu día...” Luego fui a la recepción del motel y pedí una habitación con cama de matrimonio.

PS: Como satisfacción de la demanda de Rita Peich en el post anterior, y como prueba irrebatible contra Valeria de que el color butano sí es una buena idea para los gallumbos, aquí les presento esta foto que podría titularse “Alcampo también da vida a tu entrepierna”. La microfibra es perfecta. Quien la haya probado no querrá volver al algodón…

25 octubre 2006

En busca de mi primer empleo



Todo el mundo ha pasado momentos ridículos buscando empleo. Cuando terminé la Universidad las cosas no marchaban como ahora. La economía no tenía calentura ni se le veían ganas. Pero yo estaba dispuesto a lo que fuera para independizarme y dejar de vivir a expensas ajenas.

Intenté introducirme en la Administración a la vieja usanza del enchufe y la recomendación. Pedí entrevista con una Directora General y le expuse mi situación y disponibilidad, es decir, que estaba sin empleo y dispuesto a entregar mis favores. Me advirtió que de momento sólo podía meterme de ordenanza, y que tendría que acostarme con ella al menos dos sábados.

-¿Y por qué precisamente sábados?, le pregunte.

-Es que soy un poco antigua.

Aquella señora era vieja pero no desagradable. Y casi estábamos cerrando el trato cuando me acordé de preguntarle si tenía la costumbre de dormir con las ventanas abiertas o cerradas:

-Cerradas, dijo ella.

-Pues entonces no podrá ser, repliqué: Por mi alergia.

Lo siguiente que me surgió fue participar en un proceso selectivo para futuros Jefes de Sección del Hipermercado Alcampo, que iba a establecerse en Tenerife. Nos citaron a todos los candidatos en El Puerto de la Cruz, en un hotel de lujo. Hubo una primera prueba individual de test psicotécnicos de la que supongo que salí airoso, y una segunda vuelta en la que nos sentaron a todos en una mesa redonda y nos plantearon el supuesto de que éramos astronautas con la misión de tripular una nave espacial hasta la Luna, y que la nave se averiaba. No sé si esto que digo tiene lógica. Realmente era todo muy absurdo: ¿Alcampo pretendía abrir hipermercados en La Luna? Decidí mantenerme callado del todo, mientras los demás se acaloraban por tomar la palabra en aquel infantil debate. Pensé que si Alcampo buscaba directivos serios y responsables, valorarían mi serenidad y comedimiento.

Lo cierto es que no me tuvieron en cuenta. Yo era tan idiota en aquella época que cometí la torpeza de llamar al seleccionador para preguntar por qué me habían descartado:

-¿Cómo quiere que pongamos de organizador a una persona que no habla en absoluto?

Entonces me di cuenta de lo ingenuo de mi comportamiento y de lo verde que estaba para buscar trabajo. Entendí que del debate ellos pretendían sacar a una especie de gallo de corral: alguien capaz de darle un grito a los demás e imponerse. Ja. Qué pena.

Cuando ahora miro para detrás, lo que no entiendo es cómo coño se me ocurrió que yo podía ser un Jefe de Sección de Alcampo: por ejemplo, el responsable máximo de las carnes, o de las frutas y verduras, o de los vinos y refrescos. ¿Qué clase de profesión es esa para un universitario?

De todas formas, si lo pienso bien, no hubiera estado mal ser el Jefe de Sección de lencería femenina. En ese puesto podría haber desplegado mi natural inclinación: y es que cada vez que voy de compra con mi carro y paso de los yogures a los quesos y de repente, sin transición, me doy de morros con las bragas y los sujetadores, entro en una especie de éxtasis. No puedo evitar darme un paseo entre las frondas de perchas ataviadas de modelitos de todas las especies, colores y tallas. Espanto un poco a las marujas, que interpretan como intrusismo lo que no deja de ser veneración e interés. Últimamente las prendas se han vuelto muy alegres y llamativas, con diseños limpios, sin encajes, de colores violentos como el naranja o el azul. Me imagino de Jefe de Sección de lencería de Alcampo, aprovisionando las estanterías, los colgadores, alisando los desórdenes de las impacientes compradoras. Me imagino asesorando, recomendando modelos, calculando tallas por la observación directa de las anatomías. Buaj. Igual me lo perdí.

Me pasa con frecuencia, siempre que voy a pasar el carro por la caja, que delante de mí hay una señora que lleva en la mano alguna tontería, como una bandeja de cruasanes, y un par de bragas moradas y sujetadores de copa C o superior. Yo creo que se alimentan más de la lencería que de otros posibles víveres. Las mujeres idolatran la lencería, y es verse en un hipermercado para incurrir en la tentación. Yo las entiendo, porque últimamente tengo también el vicio de meter en la cesta un par de calzoncillos de color butano y casi me siento mal el día que me salto esa norma. Eso sí, por cada calzoncillo nuevo que entra en la cajonera, uno viejo se va a la basura: y es que el centrifugado y la secadora acaban con la suavidad de la microfibra y la convierten en aspereza de césped de tercera división.

En fin: que en los hipermercados se mezclan en el carrito de la compra mercancías incompatibles. Hace unos años, luego de cargarme con toda suerte de alimentos, me encontré con los neumáticos en oferta y metí dos en el carro. Una vez en casa, cuando fui a poner el entrecot de ternera en el asador, me di cuenta de que había como una inscripción. Me fijé mejor y, efectivamente, estaba claro: Ponía exactamente “Firestone 135 R13”.

21 octubre 2006

Hombre rico hombre pobre

Esta semana se ha celebrado el Día Mundial de la Pobreza. Tengo una gran curiosidad por saber cómo se gestiona esto de los Días Mundiales, quién decide el calendario oficial de eventos, y si todos los días están ya copados o hay sitio libre para el Día Mundial de la Ranita San Antonio. El Día Mundial del Blog ya existe, y que me aspen si le encuentro sentido. Debe de ser un montaje de las agencias de prensa: un comodín para llenar páginas de periódicos o minutos de telediarios cuando no disponen de noticiones tipo preñez de una princesa.

Hoy mismo se celebran en España cientos de concentraciones para conmemorar la pobreza. EL MUNDO DIGITAL embellece su portada con una foto de “ejemplo de pobreza” en la India, donde figuran dos jovencitas de coloridos trajes azul y fucsia y tres niños que muestran sus barriguitas infladas.

El SR. SULFUR nos anunció esta semana su intención de consagrarse al auxilio de los desfavorecidos. Se trata de un post memorable, una tesis doctoral para recibirse de blogger cum laude. Recomiendo su lectura, antes de que se nos marche en misión solidaria. Madres Teresas del mundo: yo os admiro. Sin embargo soy cobarde y albergo el gen egoísta que me impide añadirme a la cruzada. Esta labor humanitaria siempre quedará como privilegio espiritual de unos cuantos: si todos los habitantes de los países ricos nos trasladamos a África en bloque para ayudar a los pobres, nos vamos a zampar el poco pan de que disponen y les hundimos el barco.

No voy a salir a la calle a ninguna manifestación, ni a leer ningún manifiesto contra la pobreza: para hacer eso hace falta ser pobre de espíritu, lo que equivale a limpiar la cuenta corriente dejando sólo lo imprescindible. Casi todas las personas que acudirán a esas concentraciones podrían donar a los pobres la mitad de sus salarios, y no lo hacen porque están en juego sus televisores planos y sus ADSL, instrumentos imprescindibles para mantenerse informado y llevar a cabo un activismo responsable a favor de la pobreza (he dicho bien, a favor, no en contra). Para no incurrir en el vicio de la incongruencia (el peor de los vicios) me limitaré a aceptar de buen grado la carga fiscal que me corresponde, y que los gobiernos se pongan las pilas. Si hace falta contribuir más, yo no soy de los que se quejan por los impuestos.

Los países "desarrollados" manejamos un concepto de pobreza fabricado a nuestra medida y para nuestros intereses. Si no tuviésemos el punto de comparación, el contraste con esas otras formas de vida de los que calificamos de "pobres", no podríamos sentirnos ricos y, por tanto, satisfechos. Y vivir en este estado de riqueza está conduciendo, por ejemplo, a cuatro millones de depresivos en España, sin ir más lejos. Y otros tantos de obesos.

La solidaridad es necesaria. Las personas que entregan su vida a labores humanitarias son dignas de admiración. Pero deberíamos ser menos arrogantes y no considerar pobres a personas simplemente porque no usan televisores ni Mp3 ni microondas ni se limpian el sarro cada seis meses. Todo eso forma parte de una cultura: una cultura que quizás nos esté matando por otras causas que no sean la desnutrición: tal vez nos estemos matando por SATURACIÓN. Saturación alimenticia, saturación informativa, saturación lúdica, saturación sexual. Cualquiera de nosotros, hombres ricos del mundo, podemos reventar de colesterol, de estrés, de aburrimiento, de insatisfacción. No nos basta con comer bien, tenemos que embostarnos en restaurantes finos. No nos basta que el televisor se vea correctamente, necesitamos que sea plano. Y no nos basta con que gane el Real Madrid para estar contentos, porque si el Barcelona también gana seguiremos jodidos. En suma: somos pretenciosos. Ricos y pretenciosos.

De pequeño viví en un ambiente rural profundo, en condiciones equiparables a los de los actuales países más pobres. Para yo poder nacer tuvo que morir una gallina. Mi madre me dio a luz en el suelo, de cuclillas, sobre un saco de arpillera, sin hospitales ni médicos. Mi primera cuna fue una canastilla de las que usaban para empaquetar los plátanos. Mi biberón era una botella de cerveza (rellenada de leche con gofio) con una mamadera de cabrito. Vivíamos en una casa de 40 metros cuadrados, cuyo techo chorreaba como las cataratas del Niágara, sin luz eléctrica y sin baño. Los colchones eran de paja y las sábanas de saco de azúcar cubano. La renta per cápita era cero, vivíamos de los animales y de las huertas. Sin seguridad social. Hasta los seis años no vi un médico. Con frecuencia me hacía heridas incisas profundas de cuatro centímetros que mi madre curaba aplicando directamente un esparadrapo, con todo el adhesivo sobre la llaga, sin gasa ni puntos ni nada. Cuando curaba me aplicaban un chorro de gasolina para que se desprendiera el pegamento. Por Reyes nuestra hermana mayor nos recortaba las fotografías del catálogo de juguetes de Galerías Preciados: y eso era todo. No pasé hambre, pero si malnutrición: esa barrigona que ven en la foto es por falta de proteínas, igual que los niños indios que aparecen hoy en la portada de El Mundo Digital.

Mi madre pudo morir en el parto. Yo pude morir de cualquier infección. Sin embargo el destino me reservaba el privilegio de abandonar la condición de niño de “ojos borrosos atosigados de moscas” (palabras de Sulfur) para convertirme en hombre rico que vive atosigado por los incidentes de los dispositivos electrónicos y por las terribles tragedias desparramadas por los medios informativos, apto para reventar de estrés el día menos pensado. Hay que joderse, qué alivio, podría pensar en los últimos segundos de vida.

Lo paradójico es que yo, de pequeño, aunque encajaba perfectamente dentro de los parámetros que actualmente consideramos como pobreza extrema, no sufría ni era en absoluto infeliz. La pobreza debería contemplarse con otros ojos y menos prejuicios. No es tan importante la distinción entre hombre rico y hombre pobre. Habría que hablar más bien del hombre absurdo y del hombre lógico. Del hombre insostenible y del sostenible. Del hombre infeliz y desesperanzado y de ese otro hombre en el que todo es esperanza, porque nada tiene, excepto que está vivo y puede continuar viviendo.

Hace unos años pusieron un documental en la tele sobre la vida de un hombre de una tribu africana no contaminada por la globalización. Todo lo que tenía que hacer era levantarse cada día, salir en su piragua y pescar en el río un solo pez. Regresaba a la aldea y comía con su familia. Dormía. No parecía nada aburrido: ¡Y era tan simple y tan eficaz! No dejo de meditar en ello. Nosotros, los hombres ricos, nos apresuramos a descalificar a ese indígena como “pobre de solemnidad”, pero su vida es mucho más racional, lógica y sostenible y feliz que nuestras complicadas e ingobernables vidas occidentales.

No digo que esté dispuesto a renunciar a lo que soy para convertirme en un hombre con taparrabos que sale a pescar con su piragua y su lanza. Pero envidio a ese hombre sencillo y sostenible. Y me apiado de mí, engendro de la tecnología y el desarrollo económico. Y propongo una reflexión: ayudar a ser feliz a quien no lo sea, pero no ayudarlo a que se convierta en uno de nosotros; no tener compasión ni pena por esos niños indios “pobres” que aparecen en la foto de El Mundo Digital. Yo fui como ellos y era feliz correteando por los prados, descalzo (no llevé zapatos hasta los seis años, y me encantaba), jugando a ser vaca, revolcándome y comiendo yerba de verdad. Si alguien piensa que tener WC es imprescindible, ah, ¡entonces es que no ha probado a deponer en una ladera de montaña al aire libre, con toda la brisa del Atlántico pegándole en las témporas!

Salud y felicidad para todos. Y a la tecnología, a la información y al estrés ¡que les den por el saco!

14 octubre 2006

El pensionista Richard Gere





La tarde que conocí a Richard Gere yo tenía apenas 18 años y me encontraba sentado junto a mi hermana, un año mayor. El astro del cine también estaba en su silla, pero él con Debra Winger desnuda y cabalgando a buen ritmo sobre su entrepierna. Era una escena de sexo explícito escandalosa, excitante tal vez, pero inadecuada para un adolescente en presencia de su hermana. Me la debes, Richard Gere, esa terrible vergüenza.

A partir de “Oficial y caballero” el Richard se convirtió en el galán de Hollywood por excelencia. Decían las entendidas que estaba bueno como para que con su churro mojara chocolate en tu taza, y la fama iba en aumento. El paroxismo llegó con “Pretty Woman”. En esos momentos Julia Roberts estaba saliendo del cascarón, tiernecita y delicada. El mejor bocado para un Richard Gere melenudo que con el aplomo de la experiencia ya se paseaba más que molón por los platós. Julia bordó tanto el papel que, a pesar de que el guión ponía que era puta, el mundo entero la dio por princesa. Cuando el galán la rescató, subiéndose al balcón con una rosa roja, millones de mujeres se sintieron prostitutas-cenicientas y desearon con furor que un pletórico Richard Gere les cayera del cielo sobre sus camas y las poseyera por la eternidad.

Yo qué voy a decir: qué envidia, qué envidia.

El Richard comenzó a madurar. Era alto, tenía el pelo liso y le sentaban bien las canas: un claro objeto de deseo para las mujeres. Y para los hombres un claro objeto de envidia. Cuando a uno comenzaban a atormentarle las nieves del tiempo, y las sienes osaban platearse, cualquier comentario femenino era más o menos: “Pues un hombre con canas es muy interesante”. Claro: ellas siempre pensaban en el alto y garboso Richard Gere, con sus melenas blanquecinas rescatando a la puta Pretty del balcón del lupanar, con la rosa atravesada en los morros: divino.

Así que han sido muchos años de rencor hacia el Gere. Por su lado pasaron otras estrellas fugaces, como Kevin Costner, que aunque bailó con lobos y nos mostró en pantalla su culo blanco que arrancó grititos a las adolescentes, se quedó calvo en un suspiro y no pasó a la historia. No causó estragos, como lo hizo Richard Gere durante una década. El Richard se convirtió en un mito: una especie de actor semental al que le iban entregando, por riguroso turno de aparición, las actrices más descollantes, que él desvirgaba cinematográficamente y las añadía a su inventario de polvos de celuloide.

En 2001 protagonizó “Dr. T y las mujeres”. Se le notaba que ya no era pescadito fresco. Por suerte mantenía su abundante pelazo, pero eso sí, ya prácticamente blanco. Y lo emparejaron con Helen Hunt: una actriz que siempre juzgué interesante y simpática, pero seguramente poco sexy, y algo rara, con una nariz que serviría para cocinar sopa de zanahoria. Qué extraña pareja: Richard Gere y Helen Hunt. Una actriz de segunda fila encamada con el galán por antonomasia: qué suerte diría ella. Qué fiasco, cuando leyó el final del guión. Fue una humillación. Nada de final feliz. Richard Gere, tal y como estaba acostumbrado, la pidió en matrimonio: ¡pero ella le dio calabazas! Yo pensé: ¿Acaso Hollywood está perdiendo la chaveta? ¡Pero cómo se le ocurre a esa chica decirle que no a Richard Gere! ¿Pero es que no se da cuenta de que es el mismísimo Richard Gere, coño, el que rescató a Julia Robert subiendo al balcón? Este mundo está empezando a volverse loco, porque si al Richard Gere le dan calabazas, ¡qué puede uno esperar!

Ahí comprendí que, al final, Richard Gere comenzaba a ser destronado. Era la decadencia. Estaba viejorro. Las actrices lo rechazaban por puro asco.

La humillación siguió adelante. En 2002 se rueda “Infiel”. Esta vez lo ponen de casado con Diane Lane, que también madurita pero no acabada. A Richard lo sacan con unas gafas horribles, le atribuyen un carácter débil y penoso, y la Diane le pone los cuernos con un joven latino musculoso la mar de buenorro. Jah, me dije, en otros tiempos a Richard le hubiesen dado el papel de guaperas que tienta a la casada Diane Lane, sin embargo lo ponen de cornudo, cabrón, para hablar más claro. Este es el final. Pobre Richard.

El viernes pasado estrenaron en Canal Plus “Shall we dance”. Richard Gere es un abogado aparentemente aburrido, casado con la también viejorra y fea Susan Sarandom (que ni de joven era guapa ni sexy). Un día, regresando a casa en el tren, ve en la ventana de una academia de baile a Jennifer López, que está monísima, con su carita de latinaza y su culito en pompa: Jennifer López está hiper buena. Así lo piensa Richard, que se inscribe en la academia con la esperanza de pillar cacho. Jah, aquí viene de nuevo el Richard Gere a las andadas. Estaba cantado que esos dos tendrían que acabar en la cama. La lógica de los guiones hollywoodienses funciona así. Pero no esta vez. La película acabó y la López ni siquiera se dejó morrear por el Gere. Está claro que se negó. Porque Gere está viejo, arrugado, canoso, patético. Los guionistas intentaron un final tipo “casa de la pradera”, con un remake de la escena final de “Pretty Woman”. Richard sube las escaleras de unos grandes almacenes, vestido de frac y con una rosa roja. Pero es para reconciliarse con su viejorra esposa Susan Sarandom. A mí todo esto me dio un poco de asco. Buah, concepto de familia cristiana y modosita: ¿quién busca eso en el cine? ¿Es que no era posible un mambo horizontal con Jennifer López?

De verdad. Me hubiese gustado ver a Jennifer López cabalgando a Richard sobre una silla, como lo hiciera 21 años atrás Debra Winger en “Oficial y Caballero”. El único consuelo es saber que al final, el envidiado Gere ha sido vencido por la edad y las nieves del tiempo. Ya no es más que un pensionista. Descanse en paz (follador de mierda).

07 octubre 2006

No lo hagas como una babosa, por favor




El Soltero de Oro resucitó esta semana con un anti-post sobre trucos para no caerse en la cinta andadora de los gimnasios: ¿Es esto interesante? Para mí no. Lo que me sorprendió es un comentario que añadió un individuo extranjero apodado Singer Mingler en el que publicita el para mí hasta ahora desconocido ANILLO DE SOLTERO. A diferencia del anillo de compromiso, verdadero cerrojo para los genitales de quien lo lleva, el anillo de soltero incorpora un mensaje subversivo y excitante: ¡Estoy disponible, puedes follarme!


La joya tiene un diseño interesante, muy limpio, con un llamativo color aguamarina. En el anular de una mujer resultará un detalle de elegancia. Para un hombre lo veo más problemático, porque habrá gente que no esté al tanto del simbolismo, y con esos colorines uno puede pasar más fácil por una palomita descorchada que por un macho en celo, que es de lo que se trata: ¿Para cuándo una versión XY en discreto gris antracita?


Al principio aplaudí la idea, pero luego me empezó a sonar a El Corte Inglés y el día de los enamorados, con su medalla del amor, y a todas las carnazas que los insaciables mercaderes nos ponen ante las narices para que piquemos. ¿Necesitamos de verdad un anillo fosforescente para que los demás se den cuenta de que no pillamos cacho y de que estamos salidos y calientes como estufas? Creo que nuestra disponibilidad se puede adivinar por otras señas más intrínsecas. ¿Cómo ignorar la irritabilidad y la histeria características de una mujer que duerme cada noche en cama fría? Al varón célibe es todavía más fácil reconocerlo: todo ese rastro de melones agujereados, cáscaras de plátano, los típicos ojos de besugo, sistemáticamente orientados hacia nalgas y canalillos…


La insinuación por medio del anillo no deja de ser una táctica copiada de la naturaleza. Hace poco emitieron por la tele un documental sobre sexo de los animales y de verdad les digo que la forma en que se lo montan las babosas es para perder el sueño. Estas criaturas son hermafroditas, pero se unen en parejas para fecundarse recíprocamente. Cuando un individuo se siente rijoso segrega una baba que va dejando como rastro. De esa forma, una segunda babosa con la libido por las nubes puede reconocerla y sigue su estela de espumarajos. La babosa insinuante trepa a una rama y se descuelga al vacío prendida de un moco consistente y elástico. Su pareja se une. Las dos se retuercen en el aire y se van trenzando. Entonces a las dos les aflora un pene que tienen detrás del cuello. Los miembros viriles se enredan a su vez entre sí, formando una espiral, una extraña danza giratoria en el vacío, una bella flor de carne excitada. Finalmente llega el paroxismo y el intercambio de fluidos. Las dos babosas mueren y caen al suelo desinfladas. De ahí nacen las criaturas descendientes.


La evolución podría habernos dotado a los humanos de la capacidad de segregar babas para insinuar a los del género opuesto que estamos disponibles para el acto de fecundación. Lo del pene detrás de la oreja y lo de palmarla tras el orgasmo se podría dejar como extravagancia de las babosas: tampoco hay que copiarlo todo al pie de la letra. De esta forma sería fácil para los solteros pillar cacho, ahorrándose el coste del anillo fosforescente: 37 Euros. Claro que, a lo mejor no es demasiado práctico: si una mujer de las de hoy intenta seguir el rastro gelatinoso segregado por un hombre que la precede, es bien fácil que se resbale con sus tacones de aguja y acabe estrellada y muerta en el suelo: justo como las babosas, pero sin fecundación.


Desde un punto de vista estrictamente biológico y evolutivo, no creo que tenga ningún sentido el anillo de soltero. Si fuera útil a la reproducción humana que un hombre pueda identificar a las mujeres disponibles para la fecundación, la evolución nos habría dotado de un mecanismo de reconocimiento, como el de las babosas. Y si fuésemos hermafroditas seguramente sí sería un sistema correcto: cuántas más parejas se fecunden entre sí, mejor. Pero el que la evolución nos haya conducido a la dualidad macho-hembra, lo que pone en evidencia es que el modelo de reproducción es otro: no se trata de que cada macho encuentre una pareja, sino justamente de que el macho mejor dotado (con mejores genes) fecunde a cuantas más hembras mejor: a ser posible, A TODAS. Seguramente en algún momento de nuestra historia primitiva, vivíamos en tribus en las que un macho dominante fecundaba a todas las hembras y mantenía a raya a los competidores más débiles. De esta forma no hacía falta ningún mecanismo: todas las hembras sabían cuál era su único y común macho, y éste sabía que todas le pertenecían y que su misión era dejarlas en cinta. El resto de los machos permanecían merodeando por los alrededores, esperando a que el dominante se hiciera viejo para disputarle el botín, o arriesgándose con su vida a infringir la prohibición. En todo caso, recurriendo al vicio solitario, no tanto para aliviar la tensión sexual, como para mantenerse en forma por si algún día llegaba la oportunidad… Este comportamiento lo siguen aún hoy algunos primates. Aquí no se ha inventado nada.


Si un soltero acude a un bar para ligar, lo que conviene a nuestro modelo biológico de reproducción no es que conozca de antemano cuáles de las hembras en el local están disponibles y sin pareja: su misión como macho es abordar a todas las que pueda y conseguir resultados. Si pica una casada (que alguna picará), es signo de que el macho dominante de la tribu está en vías de ser desbancado…


No nos damos cuenta, seguimos un modelo atávico. La diferencia es que el macho de hoy piensa que su misión es follarse a cuantas pueda, y no dejar preñada a ninguna, ni siquiera a su pareja legítima (el hombre actual se resiste a la paternidad, mientras la mujer presiona). Sin embargo se equivoca. El único sentido de la vida es que pueda transmitir sus genes, porque son los mejores. Estamos donde estamos porque, a lo largo de millones de años, el macho dominante, el mejor dotado, se ha salido con la suya.


Que nadie se escandalice. Que ninguna mujer se ofenda. Lo que he dicho no tiene nada que ver con mi comportamiento o con mi concepto de relación entre hombre y mujer. Es sólo una reflexión, o una teoría. Tal vez yo sea partidario de la fidelidad y del amor romántico: y por eso precisamente mis genes se irán conmigo a la tumba y mis bienes materiales se los repartirán sobrinos con genes intrusos.


Pero estoy convencido de que el modelo reproductivo de MACHO DOMINANTE Y HARÉN es lo que funciona, y es lo que, en el fondo, continúa existiendo aunque sea a nivel inconsciente. Sin este mecanismo, ahora mismo quien les estaría escribiendo sería una babosa simplona y reptante.

01 octubre 2006

Derechos de simio para los solteros


Hace poco unos guardias civiles tuvieron la ridícula iniciativa de reivindicar “derechos de simio” para El Cuerpo. Ridícula porque reclamaban el derecho de hacer huelga, cuando todo el mundo sabe que si las huelgas funcionan es porque se joden a muchos ciudadanos cuando un colectivo deja de prestar servicios: pero si los guardias civiles se ponen de brazos cruzados, más contentos íbamos a estar, porque sin nadie para poner multas se vive muchísimo más holgado.

Sin embargo está bastante más justificado que los solteros del mundo unamos nuestras fuerzas para reclamar derechos de simio para nuestro colectivo, que resulta sistemáticamente discriminado y olvidado por las instituciones. El propio Papa no hace más que lanzar proclamas sobre las familias y bla bla: a los solterones que se nos trague un viento. En fin, voy al grano, pondré un ejemplo.

La Corporación para la que trabajo aprobó recientemente un nuevo acuerdo de condiciones de trabajo para sus funcionarios. El texto está empapado de aires modernos. Por todos lados hay prevenciones para la mujer maltratada. Existe (lo digo como curiosidad) una licencia novedosa, que viene a ser una especie de premio a la arruga: a los 23 años de servicio te dan 15 días, que acaso puedan ser suficientes para ingresar en una clínica y que le hagan a uno un lifting y un implante de nalgas (hoy en día se tiene más en cuenta el culo que la cara bonita).

Al terminar de leer, y luego de meditar un poco (dicen que las comparaciones son odiosas, pero yo me comparé), me sentí terriblemente indignado. Tanta modernidad, tanta sensibilidad social, y hay cosas que siguen ancladas en la rancia moral del franquismo. Lo que me indigna es la licencia por matrimonio. Sí señor, un funcionario (cualquier trabajador en este país) tiene derecho a una licencia retribuida de 15 días por casarse. ¿Y qué pasa con los solterones? ¿Por qué se discrimina de esta forma a los que no contraen estado? ¿Acaso el Estado sigue dando por supuesto que todos nos casaremos alguna vez? ¿Es que se piensa que los solterones somos una categoría minoritaria y, por tanto, despreciable? ¿Es que se pretende seguir considerando que los sujetos de derecho son las familias y no los individuos?

Pues no, es una grande injusticia. No estamos hablando de los días de permiso que se le dan a un funcionario para que asista al entierro de un familiar: en este caso es comprensible que se le dé permiso a quien sufra la desgracia. Pero la licencia por matrimonio es un derecho estrictamente económico: 15 días de sueldo sin trabajar, y no para sufrir, sino justamente para todo lo contrario, es decir, para irse a una isla del Caribe a comer como cerdos, follar a diestro y siniestro, y bañarse en las piscinas (¿o es follar como cerdos, comer en las piscinas y bañarse a diestro y siniestro? ¿O follar en las piscinas, bañarse como los cerdos, es decir, nunca, y comer a diestro y siniestro?).

Injusto. Un funcionario solterón es mucho más rentable para la Administración que uno que se casa. No son sólo los 15 días de licencia por matrimonio: luego vienen 3 por defunción del suegro, 3 por la suegra, los embarazos, los nacimientos, las enfermedades de hijos y suegros, todo retribuido con permisos; y también están las ortodoncias y las gafas de las criaturas, las ayudas para guardería, las ayudas para estudios… Los solterones no hacen ninguno de esos gastos. Trabajan lo mismo (algunos dirán que nada, pero bueh, yo no entro al trapo) y sin embargo le ahorran muchísimos gastos a la Administración.

Este derecho de 15 días retribuidos tendría que ser en realidad universal, y otorgarse a cualquier funcionario, o trabajador, sea para la luna de miel o para la Gran Cascada. Podría ser, por ejemplo, que el funcionario que no se haya casado, haga uso de este permiso los 15 días anteriores a su jubilación: cuando ya es una verdad incontestable que se le ha pasado el arroz.

Por tanto, les invoco a ustedes, célibes del mundo, solterones aburridos o alegres. Es preciso reivindicar un trato igualitario respecto a los derechos de contenido estrictamente económico. No somos una minoría. Cada día somos más. Esto es una plaga. No debemos permitir que nos tengan a menos por la triste o alegre circunstancia de que no hemos pillado cacho. Formemos con nuestra protesta un sindicato. También es un derecho: 15 días para estar solo, o para follar en las piscinas ¡qué más da! Es un derecho de simio.

Miren, es que a veces uno no se queda solterón por un capricho, sino por designios, y entonces que le nieguen a uno el permiso es un recochineo. A mi me hicieron varias propuestas de matrimonio pero no acepté ninguna porque no eran admisibles. Hubo una muy buena chica, tenía casi todo ideal: inteligente, médico de profesión, de físico muy parecida a Jennifer Aniston, sabía cocinar… Pero cometió el error imperdonable de no pedirme la mano de rodillas, y yo a una mujer que no tiene detalles no le miro ni el código de barras.

También por mi parte le pedí una vez a una chica que se casara conmigo. Le dije que la quería y ella me contestó que para qué la quería a ella teniendo una mano tan bonita… Años después se casó con un concejal del PP, y a ambos les concedieron 15 días de permiso en sus respectivos trabajos. Mientras ellos disfrutaban en el Caribe, yo madrugaba para acudir a mi oficina.

¿Entienden por qué me altera tanto la cuestión?

05 septiembre 2006

¿Cerrado por vacaciones?

UNA HISTORIA QUE LE PASÓ A UN AMIGO

Tener cuarenta años le parecía peor que estar en cuarentena: perdía pelo, le salían canas, le dolía la espalda y le jodían poco. Chico, ya estás para jubilarte. O mejor: estás para realizar el gran viaje. Con gran determinación, se dirigió a la agencia de viajes habitual (El Corte Inglés) y reservó un billete para Suiza, con alojamiento de lujo. Turismo gerontológico, había un paquete con esa denominación, y costaba más barato porque no incluía billete de regreso.

"Hay que joderse", exclamó mientras le pinchaban la inyección letal. Minutos antes le habían ofrecido un último deseo y él no dudó: "Quiero apretar el culo una vez más, Pilates me ha dado muchas satisfacciones, quiero dedicarle mi último momento”. Pero con el canguelo de la muerte inminente, se le escapó la mierda al apretar el culo. "Hay que joderse". Pero no había vuelta atrás, el médico le había clavado la aguja...

UN CONSEJO PARA SOBREVIR AL CALOR

Si usted no posee una vivienda dotada con aire acondicionado, considere la opción de pasar el día en uno de esos fastuosos centros comerciales. Son pequeñas ciudades, cosmopolitas y alegres, con pasillos infinitamente más amplios que los que usted podría disfrutar en su cuevecita privada. Para no aburrirse, adquiera la práctica de pasear largamente por los bulevares, curioseando con aprobación los escaparates de todo orden pero dedicando doble ración de tiempo a los maniquíes con lencería de mujer. Pasada la sobremesa, puede entablar conversación con las dependientas: interésese por los productos, averigüe precios y disponibilidad de tallas. Al atardecer, entréguese con voluptuosidad a las compras. Derroche su nómina y hágase con toda suerte de prendas para vestir, equipos electrónicos y alguna lechuga (porque las lechugas transmiten su felicidad innata). Gaste todo. Al llegar a casa se habrá dado cuenta de que no tiene dinero para comida en lo que resta de mes. No se preocupe.

Si no puede conciliar el sueño, si usted tiene la sensación de estar acostado sobre una plancha industrial de restaurante, compartiendo lecho con un choco gelatinoso, considere la opción de dirigirse al garaje con las llaves del coche en la mano. Llévese una colchoneta y déjala en el suelo, justo bajo la puerta del conductor. Introdúzcase dentro, arranque y deje en punto muerto, al ralentí. Conecte el aire acondicionado, abata el asiento y tiéndase a dormir frescamente toda la noche.

Al amanecer, incorpórese. Usted se siente plácido y feliz por haber superado el calor y alcanzado el sueño. Abra la puerta del coche, bájese. Los gases del escape le habrán envenenado en apenas un par de segundos. Usted se desplomará elegantemente sobre la colchoneta y dejará un cadáver hermoso para que el forense lo examine profesionalmente. ¡Felicidades! Usted resolvió el problema del calor de manera definitiva y, además, superó el contratiempo menor de no disponer de dinero para comida el resto del mes. Su misión ha concluido. Doraemon le espera en la Gloria Azul.

PS: Estoy de vacaciones. Sr. Soltero de Oro: no se piense que he seguido su consejo. Aún falta mucho para cerrar el blog.

28 agosto 2006

¿Alguien quiere hibridarse?




Lo de las razas puras lo inventó Mendel a mediados del siglo XIX, con el asunto de los guisantes famosos. A partir de entonces se inició una gran batalla en la que seres de distintos reinos y especies intentan hibridarse (para ver qué pasa) mientras unos cuantos locos han procurado con métodos diversos (incluido el exterminio) mantener la pureza de sangre o de savia.

El panorama actual es confuso, ya que Moral y Ciencia no se ponen de acuerdo. En el Reino Vegetal se considera ético y científicamente decoroso que se mantenga la puridad de las especies. Se manejan expresiones tales como “especies autóctonas”, “especies invasoras o exóticas” y se emplean estrategias abiertamente dirigidas a erradicar esos elementos extraños y a evitar que las especies o variedades puras y autóctonas se hibriden con otras de pelaje inferior o extranjero, lo que se consideraría un desastre ecológico.

Si nos trasladamos al Reino Animal, y más concretamente al Reino de los Humanos, el rasero que se aplica es distinto. Si alguien se atreve a hablar de “razas puras”, o se dedica los domingos por la tarde a exterminar a los “invasores”, sencillamente se le insulta o directamente se le arma una Guerra Mundial para impedir el desaguisado (y me parece bien). ¿No es esto contradictorio? ¿Por qué nos parece tan mal que se aplique a los humanos la política de segregación que sin embargo admitimos sin rubor para las especies vegetales o para animales como perros y caballos? Si el aislamiento de las razas puras es una ley natural, ¿por qué no vale también para los humanos?

Alguien podría pensar que la hibridación entre humanos no representa ningún riesgo. Pero eso no es del todo verdad, y lo podemos ilustrar con un ejemplo: Existen personas con dientes largos de caballo y personas con dientes diminutos de ratón. Son rasgos genéticos. Si una mujer caballuna se cruza con un varón de dientecillos de roedor el resultado puede ser catastrófico: es probable que la criatura fruto de la unión herede de la madre el gen de los dientes equinos, en tanto que la mandíbula la saque clavadita al padre. Los dientes grandes no tendrán espacio en la mandíbula pequeña, y se formará un amasijo retorcido que luego los ortodoncistas tendrán que ajustar con sudor y lágrimas. Es un problema habitual en nuestros días, y se debe a la hibridación.

Pero esto es sólo una anécdota. No voy a ser yo quien justifique las prácticas de segregación de las razas puras, ni la defensa de lo autóctono frente a los invasores. En absoluto, yo propugno la hibridación con todas sus consecuencias, porque es una ley natural, y todo lo que existe en la naturaleza es correcto. Me parece un delirio ridículo el afán por olisquear las mierdas que va dejando por ahí el último ejemplar de lince ibérico. Si le ha llegado el turno de extinguirse que se extinga. Se extinguió el cromañón y en buena hora. Y si la palmera cocotera del caribe quiere echarse un kiki con la palmera canaria y procrear un palmito de coco-dátiles, que Doraemon se lo bendiga.

Y por supuesto, que vengan los atléticos negros con sus grandes rabos y que se hibriden con nuestras mujeres de ojos azules, que mire usted qué criaturas más hermosas van a salir del invento. El racismo no es guay: este lema acompañó con gran éxito a José Luis Rodríguez (El Puma) hace un par de décadas. La canción se titulaba “Pavo real”:

A todo negro presente yo le voy aconsejar,
que combine los colores que la raza es natural.
Todo negro pelo recio con rubia se ha de casar,
Que un negro con una negra es como noche sin luna,
y un blanco con una blanca es como leche y espuma.

En algún programa del Dr. Jiménez del Oso, mucho tiempo atrás, se llegó a decir que la humanidad, dentro de miles de años y como resultado de la hibridación, sería de una raza uniforme, y que nuestro color de piel, ya unificado, sería un verde oliváceo. Mmm: ¿se imaginan qué elegancia?

De modo que todos a hibridarse cuanto puedan y con lo primero que pillen a mano. Da igual quien acabe perdiendo (si un lince ibérico se extingue, repito, que se extinga, ¿por qué perseguir sus cagarros y ponerle platitos con leche?), al final habrá ganado el proceso natural. Y la naturaleza nunca se equivoca. No respeten razas ni especies ni Reinos. Si usted es una mujer blanca hibrídese con un negrazo de rabo grande, que le gustará, seguro. Y si usted es un hombre de campo y una gallinita le pone chueco, aproveche la ocasión, que dicen que las aves son la mar de calientes. No piense nadie que la zoofilia es una perversión. Hace tiempo que se practica: si no, ¿cómo se explican tantos individuos que hay por ahí con aspecto humano pero con inteligencia de asno? La fitofilia tampoco resulta execrable, y ya es habitual que muchos contables compartan la ducha con su ficus preferido los fines de semana.

Lo que no veo practicable del todo es la hibridación con el Reino Mineral. Ya sé: a algunos hombres les encantaría tenerla como una piedra (y a las mujeres para qué decir), pero no creo que sea el camino: Es más fácil abrir un Spam y aceptar una buena oferta de Viagra.

24 agosto 2006

Nadie llorará por nosotros

Crispín lo había dejado bien claro: cuando me muera que me incineren y esparzan mis cenizas por un acantilado, junto al mar. No quiero una tumba para que vengan a llorar o a ponerme flores. En realidad le preocupaba el gasto de dinero: toda su vida había sido un tacaño.

A los pocos meses, sus hijos tuvieron que ocuparse del funeral, y cumplieron a rajatabla sus palabras. Era un hermoso y radiante día de primavera, y acompañados por los familiares más cercanos, Ragebundo y Pantriel se dieron cita en el promontorio de Roca Bermeja, a barlovento. Empuñaron el ánfora al unísono, y el emotivo acto concluyó con el vaciado. Abajo el mar latía furioso, embravecido, como si quisiera manifestar que en absoluto estaba de acuerdo con aquella muerte que, por otra parte, no debía de ser más que una muerte como otra cualquiera. Por desfortuna, un golpe de olas abatió a los desdichados Ragebundo y Pantriel, que se desplomaron sobre los peñascos y murieron en el acto.

La sorpresa de las viudas fue grande al leer el testamento. Según la cláusula que proveía los sufragios, Regebundo y Pantriel deseaban ser incinerados y que sus cenizas fueran restituidas al interior del cono volcánico de Arenas Negras: un lugar hermoso, lleno de silencio, donde deseaban descansar la larga etapa de la eternidad. Como las viudas se negasen, fueron las hijas de éstas, Pleura, Tiburcia, Betipú y Ana Margarita, las que, acompañadas por los deudos más íntimos, se encargaron de cumplir el deseo. La primavera acompañaba también a la montaña, cuyo negro contrastaba con el azul celeste. Las niñas tomaron las ánforas y esparcieron el polvo. Una nube gris enturbió el aire, y les provocó toses y convulsiones. Tanto así que resbalaron sin remedio las cuatro criaturas y cayeron rodando al interior del cráter, donde murieron golpeadas y abrasadas por las emanaciones de azufre.

Tan grave tragedia fue muy sentida en el pueblo. Los parientes que sobrevivieron dijeron que esto era castigo de Dios, que los cuerpos de los finados clamaban por la tierra fresca, que los gusanos devorasen los templos del alma, y así se organizó un funeral como manda la Santa Madre Iglesia. Las cuatro tumbas fueron rellenadas con los jóvenes cuerpecitos de Pleura, Tiburcia, Betipú y Ana Margarita, y los enterradores comenzaron a remover la arcilla para darles cristiana sepultura. Tan emotivo fue el momento, que los asistentes experimentaron como un temblor en sus cuerpos. En realidad se trataba de una enorme falla que se abrió en el suelo, fracturando las vidas de los asistentes, que era el pueblo casi al completo.

Como no había cementerio disponible, tuvieron que incinerar y rápido a toda la marabunta de personajes cuyos nombres, con ser raros, omitiremos por no recargar el relato. Las cenizas se dispusieron esta vez no en ánforas, sino en bolsas de plástico con cordeles que se ataron a los perros lebreles (a cada uno el de su dueño) para que las llevaran a dispersar a los barrancos y acantilados. Desde aquel día, el pueblo nunca más tuvo perros.

COMENTARIO: Esta historia es una dramatización basada en hechos reales ocurridos en Gran Canaria en marzo de 2005 (LEER NOTICIA). Para evitar estas tragedias, las leyes deberían prohibir que las cenizas de los muertos se entreguen a los familiares. Después de todo, ninguna persona puede adueñarse del cuerpo de otra, o de sus restos. Es un residuo contaminante, y debería hacerse cargo un gestor autorizado o destinarse al reciclado. En mi opinión, las cenizas funerarias son un material que podría aprovecharse para fabricar tóner negro para impresoras. De esta forma podríamos beneficiarnos de una inmortalidad inesperada. Unos querrían encarnarse en memorando (para ser recordados), otros (los más avaros) gozarían imprimiéndose en una factura; tal vez los contables elegirían una bonita cuenta de pérdidas y ganancias. A mí me gustaría encarnarme en sentencia judicial: ¿Qué tal en una bonita condena de 30 años a la sombra para el hortera de Julián Muñoz?

20 agosto 2006

Deseos idiotas de los niños


Cada día me avergüenzo más del género masculino. Nos estamos durmiendo en los laures y las mujeres nos ganan en todos los ámbitos. Ya no es sólo en la Universidad o en el trabajo, donde ellas demuestran que son más listas y más competentes. La supremacía se está extendiendo a terrenos que en el pasado se consideraron templos sagrados masculinos. Me refiero a la cama, donde hasta no hace mucho a los hombres correspondía el honor de estar siempre por encima. Ahora está de moda que sea la mujer quien cabalga, mientras el macho sufre sus acometidas y aplastamientos en la más servil de las posturas.

La cosa pinta mal, y aquí nadie reacciona. Ayer publicaban una encuesta donde se preguntaba a los niños qué querían ser de mayores. La profesión más deseada por las niñas era la de médico, mientras los varones se decantaban por ser futbolistas. ¡Qué vergüenza! Lo de la única neurona masculina tiene visos de no ser un embuste feminista. La noticia la daban en el telediario, y casi a continuación enlazaron con los deportes. El comentarista criticó el mal juego del Real Madrid en el Torneo Ramón de Carranza, y concluyó: “En definitiva, muchas cosas que mejorar, entre ellas la gramática…” y se quedó esperando hasta que pincharon una entrevista a Sergio Ramos, ese joven jugador blanco con nariz de urogallo, cuyas palabras fueron: “Es una pena que HAYÁSEMOS llegado a los penaltis, porque podríamos haber RESOLVIDO el partido antes”.

A esto me refiero. Qué vergüenza. Menudo ejemplo para los niños. Este es el gran sueño masculino: dejar la escuela a los 16 años sin haber aprendido a conjugar los verbos, pasar de la universidad y dedicarse a dar patadas a una pelota en un prado de yerba (que son los lugares también preferidos por las vacas). ¿Y luego qué? ¿Fichar por un equipo de los grandes, hincharse a ganar millones, follar como leones con las modelos más hermosas del orbe terrestre y que toda España se ría de ti por construir mal los participios? Argg. Tenemos que advertir a nuestros pequeños varones de que ese no es un buen futuro.

Las niñas están demostrando ser muchísimo más inteligentes. Se preparan duramente en la Universidad, estudian como cabronas mientras los machos dan patadas al cuero inflado en el prado de vacas. Y se convierten en unos cocos increíbles, unas doctoras muy resabidas capaces de curar las mayores pandemias, y también de propinar unos bastonazos dialécticos a quien se le atraviese por delante. Yo estoy muy orgulloso de estas mujeres inteligentes y triunfadoras, uno de cuyos ejemplos más sobresalientes lo tenemos justo entre nosotros, en la blogosfera. Me refiero a LA DOCTORA HOUSE.Si esta doctora cura con la solvencia que demuestra en sus post, yo me dejo abrir el pecho y que me coja el corazón con sus manos.

La Doctora House sí que es un buen modelo, y no el oligofrénico gramatical de Sergio Ramos. ¿Pero qué le ven los niños a los futbolistas? ¿Por qué quieren ser como ellos? Repito: Lo único que hacen es ganar burradas de millones sin dar un palo al agua, correr juergas nocturnas y follarse a las modelos más buenorras por docenas. ¿Por qué los niños prefieren eso a ser un médico especialista en aparato digestivo, o un experto en malformaciones genitales?

De verdad, estoy tan decepcionado que casi me dan ganas de cruzarme a la otra acera. Me imagino a las admiradas mujeres una noche de guardia, ejerciendo de doctorcitas, al pie del cañón, guardias de 24 horas, servicios de urgencias, hum. Qué orgullo…


Y sin embargo, miren ustedes, el tonto más tonto: el Ronaldo, ese. La de millones que debe de tener en el banco y apenas sin jugar, porque casi siempre está lesionado. Qué rabia. Qué rabia y qué vergüenza. Y las modelos esas con las que se harta de follar. Tenía una que era muy linda (la Ronaldiña) y la dejó porque estaba cansado. Ahora anda con una tal Raica Oliveira, ya la ven en la foto. Pueden mirarla todos ustedes, machos de la especie, niños y adultos, para que comprendan cuán mala es la profesión de futbolista, qué grande error. Ganar tantos millones y follar con mujercitas como esa, perder el tiempo así en lugar de ser inteligentes médicos y hacer guardias y….

Cuanto más observo a Raica Oliveira, más rabia me da: Niños idiotas.

NOTICIAS DE LA BLOGOSFERA: Aburrida2000 acaba de inaugurar al fin el espacio que había adquirido hace unas semanas y se ha estrenado como blogger. He leído detenidamente lo que ha escrito y, para ser sincero, me parece una AUTÉNTICA CAGADA: ¿Existen los silenciadores de culos? Si creía que lo había visto todo en blogs, espere a leer la cochinada que le tiene preparada Aburrida 2000… Al Soltero de Oro se le va a multiplicar el trabajo.

17 agosto 2006

Bochornos de farmacia de guardia


Siempre he pensado que las farmacias deberían organizar las ventas de alguna manera que preserve la intimidad del cliente. Los datos sobre la salud de las personas están protegidos por la ley, y sin embargo nos obligan a comprar medicinas a grito pelado, como si pidiéramos congrio en una pescadería. Podrían ser como las iglesias, con cabinitas reservadas a modo de confesonarios. Dentro estarían el farmacéutico o sus mancebos, no tendríamos que verles la cara, ni ellos a nosotros. Pediríamos nuestro artículo sin necesidad de ruborizarnos, y en voz baja. Nadie se enteraría. Luego a pagar la penitencia en caja y ¡hala!, a curarse.

Ayer sentí vergüenza en una farmacia. Me busqué el lío por tontaina, por jugar a periodista que investiga. Tenía que comprar Artrotec, un antiinflamatorio para combatir mis lumbalgias. Estoy al tanto de que sólo se dispensa con receta médica, y la llevaba en el bolsillo. Pero me pregunté si en la farmacia estarían aplicando a rajatabla la norma o si se hacían los locos para vender sin mirar a quién. La manceba me preguntó qué deseaba y le dije Artrotec usando un tono de confidencia. La muchacha no rechistó y se fue a la rebotica a buscar. Jah, me dije, estos tragan. Pero enseguida llamó al jefe, y se pusieron a cuchichear: ostensiblemente sobre mí. Ah, bastardos, creyéndome un yonqui, que se pone hasta el culo de Artrotec para pasárselo bien. Ignoro si uno puede pasárselo bien con este medicamento: yo cuando me lo tomo ya parto de una situación bastante jodida, de modo que cualquier mejora puede interpretarse como un viaje al paraíso. Al final la manceba me preguntó si el médico me lo había mandado, y yo no dije nada, sino que le entregué la receta y me puse colorín colorado este cuento se ha acabado.

Las farmacias no son lugares para los tímidos. Uno está expuesto a todo tipo de humillaciones. En una ocasión a una hermana, que tenía desarreglos propios de la mujer, el ginecólogo le recetó hormonas. Y me mandaron a mí a buscarlas a la farmacia, papelita en mano. La entregué al farmacéutico y éste me miró con sorna y cierta complicidad. Yo intentaba disimular la turbación, pero era difícil. Ese medicamento es el que se toman los transexuales para que les salgan pechos y se les quite el vello corporal. Seguro que el farmacéutico intentaba imaginarme con los labios pintados, una cabellera rubia y dos pares de hermosas tetas. ¡Qué bochorno!

Unos años más tarde, otra hermana dio a luz y el niño no quería saber nada del pecho. Nuevamente fui enviado a la farmacia, pero esta vez sin receta, a explicarle al farmacéutico que quería un “saca leches”, “ordeñador”, o “pezonero”. Todas estas denominaciones me las ofreció mi hermana, y a mí no me gustaba un pelo ninguna. No recuerdo de qué forma me expresé. Supongo que incandescente como una amapola logré de alguna forma hacerme entender y conseguí el dichoso aparato para que mi hermana se ordeñara la leche que el niño no quería (el muy cabrón, tan pequeño y puteando a su tío).

Pero sin duda la mayoría de ustedes, folladores compulsivos, hombres o mujeres (que el follar es democrático) tendrán algún episodio humillante que contar relacionado con la compra de condones en una farmacia. Yo tengo una anécdota bastante escandalosa, pero de hace por lo menos diez años. Durex acababa de sacar al mercado una novedad: su modelo “confort”, un condón más largo y más ancho, porque verdaderamente la talla única era una injusticia para los mejor dotados. ¿Cómo demonios sobrevivimos tantos años con la talla única de condón cuando, tratándose de zapatos, unos calzábamos un 40 y otros un 45? Durex abrió la brecha (nunca mejor dicho) y hoy en día todas las marcas ofrecen tallas para sementales de todos los tamaños: las más grandes, por lo que he visto, pueden valer para un elefante mediano.

Pues bien, yo estaba en la farmacia, comprando aspirinas y otras minucias, cuando vi el gran cartel anunciador del Durex Confort. Me atendía una chica joven bastante simpática. Me encontraba de buen humor y le pregunté, señalando el cartel:

–Oiga, ¿este producto da resultado de verdad?

–Claro –me respondió ella con desenvoltura–, se está vendiendo como rosquillas... Pero si quiere puede pasar a la trastienda para que pruebe uno y vea cómo sienta.

Yo no sabía qué contestarle. Su propuesta había sido tan natural que no encontraba razón para negarme. Y de todas maneras ya estábamos los dos en el interior de aquel lúgubre cuartucho, de pesado aroma a medicina y repleto de estanterías. La dependienta me había puesto sobre la mano –libre de su envoltorio– uno de los novedosos condones. Parecía que era mi turno para poner a prueba el invento, pero la muchacha permanecía a mi lado, con pocas intenciones de largarse. Desesperado, le dije:

–Oiga, ¿pero usted no se va?

Ella, que por lo visto estaba dispuesta a vender a cualquier precio, me contestó con descaro:

–Pero tontito: ¡¿entonces cómo vas a probarlo?!

12 agosto 2006

Desnuda tu alma, desnuda tu nalga


“Prefiero apretar el culo en pilates antes que sentarme más horas delante del ordenador. Además, ¿qué coño iba yo a contar?, ¿y quien estaría interesado en leerlo? Si lo único interesante que he visto estos días es cómo una del gimnasio se sacaba del culo la goma del tanga”.

Con esta interesante reflexión inaugura su Anti-Blog EL SOLTERO DE ORO . Se trata de un personaje curioso. A mí me ha estado incordiando la última semana con mensajes no registrados que he borrado. Ahora se estrena como blogger: a saber con qué propósito. Yo no lo calificaría de troll, porque ni insulta ni es mal educado. Parece que no tiene interés en molestar, pero le irrita que los blogueros nos dediquemos al bombo recíproco. Tanto halago le repugna. Y afirma que nunca tendrá un blog. Ja. Pues no sé que decir. Yo lo veo debatiéndose entre ser troll o postear, y ha optado por el camino intermedio del Anti-Blog: ¿qué es esto?

Se equivoca al afirmar que a nadie le interesaría ese suceso del gimnasio: una chica sacándose del culo la goma del tanga. ¡Eso es posteable! Sí señor. La misión de los blogueros es desnudar su alma o desnudar su nalga, y ambos requisitos los cumple este relato. Es la historia de la vida insulsa y la calentura: constantes universales del paraíso existencial. El Soltero de Oro dice que nunca tendrá un blog, pero de hecho ya se ha estrenado. Aún es pronto para conocer la reacción de la blogosfera, pero ya me imagino la que habrá montada el lunes en la bandeja de comentarios de este Anti-Blog:

MANTEL: Yo voy a hacerme una de tornillo rosca chapa.
FALINDA: No me gusta que escribas tanto culo.
AKSARAY: Tú debes ser un canarión de guayabera y gorra de paja.
LOLA: Yo uso tanga y contenta como una lechuga.
RUFUS: Seguro que eso lo escribió con el pajarito suizo en las manos.
DAMMY: Yo me suicido a diario viendo gomas de tanga en el gimnasio.
MISS: Sigo en el boliche, visiten mi blog.
ENIGMALA: Con eso del tanga muchos escribirían un libro.
VESPINOZA: Se va usted a convertir en el puto amo del gimnasio.
CARA DE CUERO: Qué banales y superficiales todos, ¿no?
RICARDO: Alguien debería hacer una encuesta sobre el uso del tanga.
ORNITORRINCO: Se comentará en el próximo Blog & Gofio.

Será un exitazo, y el Soltero de Oro nos eclipsará a todos. Con una simple goma de tanga saliéndose de un culo se ganará el aplauso de la blogosfera. Lleva un día con el perfil abierto y ya tiene 20 visitas. Jah: yo tardé un mes en llegar a 16.

El asunto del gimnasio y el tanga es un temazo. ¿Qué opino yo? Pues que no se debería hacer ejercicio con tanga. Leí en una página de Salud y Deporte que es peligroso. Al parecer, con las flexiones del cuerpo, las piernas arriba y abajo, las nalgas que se aprietan y se aflojan, la goma del tanga se comporta como una sierra de cortar metales, y al final acaba por cercenar la rajita, que se va reduciendo y reduciendo hasta que llega un día en que las nalgas corren peligro de desprenderse: sí señor, como dos melocotones maduros.

Lo sano para el cuerpo es hacer deporte con bragas especiales, que las hay. El otro día estuve en Carrefour y vi unas la mar de bonitas. Eran de color blanco, un tejido supersuave, que según ponía la etiqueta tiene la propiedad de absorber el sudor y mantenerlo alejado de la piel. No pude evitar llevármelas a la cara para palpar el algodón mullido. Una señora me miraba con repudio y me llamó la atención. Oiga, tenga un poco de respeto, usted es un guarro. Pero señora… Que sí, que le conozco, que usted es el que escribe cochinadas en Internet. Señora, pero si yo sólo desnudo mi alma. Que no, que es usted un degenerado, un degenerado, ¿se entera? Pues vale, lo soy: soy un guarrón de los buenos. Ah, pues en ese caso invíteme a cenar, que esta noche estoy libre…

No acabamos follando de milagro. Bueno, porque cuando me veo en esas situaciones me pongo a toser, me quejo de que la extrusión discal se me movió y que me duele muchísimo la espalda. Así me libero del compromiso. Nadie debe follar por educación, y menos con una señora que se encontró en la sección de bragas del Carrefour.

Por ahí corre el rumor de que van a suprimir los gimnasios mixtos. Al parecer, las féminas protestan porque los machos se apuntan en plan buitre: no pretenden hacer ejercicio, se colocan por detrás de las mujeres y les miran los culos con tanga, ya sea de forma directa o en los espejos. Reconozcámoslo: asistir al espectáculo de las nalgas contorsionándose es como para ponerte en plan estufa. Muchos curas están hartos de escuchar siempre la misma confesión: A ver, hijo mío, qué pecados tienes. Hum… esta semana, en el gimnasio… ¿Pero de obra o de pensamiento? Padre: de pensamiento en el gimnasio, para la obra ya quedamos luego en mi departamento.

Esta semana recomiendo la lectura del post de AKSARAY sobre “El gato al agua”, una visión inquisitiva de un programa televisivo con parafernalia friki pero de mucha sustancia. No se pierdan los comentarios donde, en un ejercicio de nudismo del alma arremete contra propios y extraños: “Me aburren los blogs de poetas llorones y los intelectuales de fina ironía” (ella prefiere que la tengan gorda… la ironía, se entiende). Una bloguera guay, y lo digo sin temor a las represalias de El Soltero de Oro.

09 agosto 2006

La ciudad y los perros


Vivo en una ciudad universitaria (para más INRI declarada Patrimonio de la Humanidad), y sin embargo al pasear por la calle quienes lo tienen fácil son los perros y los borrachos. La cultura no puede abrirse camino.

Uno se imagina una ciudad universitaria como un reducto de silencio y concentración, con librerías y bibliotecas. Residencias de estudiantes por todas las esquinas, y jóvenes cargados de libros… La realidad resulta un poco más grotesca. Los bajos de los edificios están ocupados por discotecas y bares de copas. Los estudiantes duermen la mona por el día y cuando llega la noche se arrastran a los antros de vicio donde se ponen hasta el culo de ron. Luego salen al exterior a vomitar en los parterres. Esta escena se repite hasta que obtienen el doctorado. Ahí ya se vuelven más formalitos y no vomitan en las calles, sino que aguantan hasta llegar a casa.

Ayer cometí un acto de rebeldía. Fui caminando hasta el centro y compré una decena de libros para leer en vacaciones. Aclaro: diez libros de literatura auténtica, nada de Códigos ni Pilares de la Tierra, y nada de Sección de Libros de Carrefour: Librería Universidad, fondo verde y letras blancas, estampado en la bolsa.

Me henchí de orgullo intelectual, paseando desafiante por la calle con unos cuantos kilos de cultura en la bolsa. La sensación duró apenas unos minutos. Enseguida me encontré retenido por un joven que llevaba amarrados a dos perros parecidos a bolas de carne. Los perrazos remaban a duras penas con sus cortas patuñas, y el adolescente los arrastraba como podía. Dos niñas acompañaban al chico y hablaban con él. Se les caía la baba: a las niñas. Pensé que serían las sobrinitas o hermanas… Me resigné a ir despacio, ya que la acera no tenía anchura para adelantar a toda esa comitiva.

Al llegar a la esquina las niñas se separaron del muchacho, pero aguardaron un buen rato viéndolo alejarse. De nuevo se les caía la baba. De esto deduje que no eran ni sobrinitas ni hermanas. Eran unas perfectas desconocidas que se quedaron embobadas con los perros y entablaron conversación con el dueño (yo a mis hijas, si las tuviera, les prohibiría hablar con perros y con desconocidos). Me sorprendió mucho que bastaran dos perros gordos para encandilar a las criaturas de aquella manera. No deja de ser un buen truco para ligar. ¿Por qué las mujeres se pirran tanto por unos animales que les dejan el cuerpo lleno de babas y les meten el rabo por todas partes?

Me pregunto si La Laguna no se habrá convertido con el tiempo en una ciudad y los perros. Lo que no puede ser es una ciudad universitaria. No con tanto borracho. Y está claro que no hay espacio para la cultura. Sin la bolsa de los libros yo hubiese podido adelantar a los perros, sin duda.


PS: Este post es un mero tentempié. Si usted se quedó insatisfecho por la insustancia, debe acudir al territorio de EDMUNDO MANTEL. Allí se enterará de las prácticas sexuales extrañísimas que algunas revistas aconsejan a las mujeres. No intente hacerlo en casa: es peligroso. Las urgencias de los hospitales están repletas de tornillos rosca chapa…

05 agosto 2006

Julia Roberts me abrazó en la playa de La Tejita



Llevábamos muchos años observando desde la distancia el desembarco de los africanos en nuestras costas. Habíamos aprendido a mirar para otro lado, a aburrirnos del tema, a sentir temor por nuestro bienestar económico. En Canarias sentíamos el alivio de que la mayoría arribaban a las costas andaluzas: lo nuestro era testimonial, alguna patera aquí y allá.

Y de repente cambiaron las tornas. Canarias se convirtió en el puerto utópico del paraíso europeo, y la nueva denominación de las pobres embarcaciones gustó a todos: CAYUCOS. Las pateras quedaron en el olvido y a periodistas y políticos se les endulzó el paladar pronunciando a diestro y siniestro el vocablo. Cayucos: una palabra demasiado hermosa para dar nombre a la tragedia.

Ahora los africanos llegan por centenas y todo se desborda: los centros de acogida, los servicios médicos, el miedo… Los noticieros están encantados con la nueva situación. Canarias sale en los telediarios y periódicos nacionales, y los medios locales se saturan de reportajes repetitivos. Estamos en el punto de mira, y los nacionalistas ven la oportunidad de extraer rédito político: lloran ante Madrid, se quejan de olvido, de escasez de recursos. Se trata de que los canarios lleguemos a pensar que el gobierno central no vela por el bienestar de las islas, y que van a permitir la invasión: un peligro del que sólo puede salvarnos la auténtica voz del pueblo canario (¿los nacionalistas?). Todo esto suena mucho a las estrategias del miedo que Bush aplica sin rubor a sus bóvidos ciudadanos.

El sentimiento de invasión va calando. El temor a que todo se desmorone, a que las calles se vean atestadas de africanos, a perder la bonanza económica, a que los servicios sanitarios se colapsen con los inmigrantes mientras los canarios sufren largas listas de espera. Parece que el plan del miedo funciona bien: ¿nos dará esto la victoria en las próximas elecciones?

Pero ocurrió un milagro. Tras años de aburrimiento informativo y de xenofobia latente, estos días nos hemos despertado con unas imágenes que deben de haberles producido urticaria a algunos políticos maquiavélicos. Unos cayucos desembarcaron en la playa de La Tejita, en Tenerife, y los bañistas se volcaron con los africanos desfallecidos igual que madres amorosas. Los tomaron en brazos, los arroparon y les dieron de comer y beber: como si fuera una parábola. Los políticos habían sembrado el miedo y la desconfianza, y el pueblo respondió con una caridad infinita. Esos abrazos amorosos, esas manos tiernas que no temieron al contagio, han demostrado que la humanidad en su conjunto no aspira a otra cosa que a la fusión, y que cuantos más obstáculos nos pongan los irresponsables políticos, más alto saltaremos.

La foto de cabecera es una muestra de las muchas que ha publicado la prensa (la tomé prestada de El Mundo). La chica parece salida de una película de Hollywood. El joven negro que protege guardará siempre en su memoria este pensamiento: “Julia Roberts me abrazó en la playa de La Tejita”. La mirada de la chica es hermosa y cristalina: no tiene miedo a contagiarse, a diferencia del personal sanitario y policial que realiza los desembarcos habituales, que siempre van con mascarillas y guantes. No es una modelo pagada. Es una ciudadana normal, canaria, o peninsular, o europea: no lo sé, da igual. Y es sólo un ejemplo, porque hubo decenas de personas que se volcaron a la tarea humanitaria y pusieron a disposición de los náufragos todo aquello de lo que disponían (alimentos, agua, abrigo), más sus manos y el hueco enorme de sus corazones.

Yo creo que la xenofobia es el resultado de la manipulación emocional del cine americano. Conozco personas que se desviven por los animales, que se presentan como voluntarios para pasear a perros sin dueño, y que sin embargo sienten repugnancia ante la propuesta de hacer compañía a personas ancianas. ¿Por qué? Mi tesis es que el cóctel emocional que nos ofrece la gran pantalla está compuesto por una serie de muñequitos simpáticos de ojos dulzones que nos inspiran ternura y todo el amor del mundo (Gremlins, ET, etc.), y animales igualmente amorosos de todas las especies, mientras que los personajes humanos en su mayoría son violentos, sanguinarios, rudos y groseros. ¿Cómo no íbamos a detestar a nuestros hermanos humanos y a refugiarnos en el cariño por los animales?

El milagro de La Tejita marcará el punto de inflexión. Las imágenes han impactado en nuestros cerebros emocionales y, de la misma forma que hace unas décadas sentimos amor por los Gremlins o por ET, ahora nos volcaremos con los africanos. Cuando nos crucemos con ellos por las calles (porque es inevitable que estén con nosotros) no vamos a mirarlos con repudio ni con miedo. Al contrario: recordaremos la gente alimentando a los náufragos desfallecidos en la playa de La Tejita y se nos rayarán los ojos.

Esta tarde me pasó a mí. Salí a caminar por La Laguna (porque lo necesito para mi dolencia lumbar) y de regreso me topé en una esquina con un negro que, la verdad, medía por lo menos dos metros. Sentí deseos de ayudarle y me acerqué. Siempre llevo una bolsa con alguna fruta por si me da sed. Le puse la mano en el hombro y le pregunté: “¿Quieres comer esta manzana? Está fresquita”. “Oye, hermano –me replicó él-, conmigo no te equivoques”, y me apartó. Allí estaba su coche, un lustroso Mercedes SLK. Menudo patinazo, pensé: este debe de ser uno de esos jugadores millonarios del Unelco Tenerife Baloncesto. ¡Cachis! ¿Y ahora quién se va a comer mi manzana de la solidaridad?

27 julio 2006

¿Problemas con la erección?


Los hombres nos lo tenemos muy creído por haber sido capaces de trascender de los monos cuadrúpedos y convertirnos en “homo erectus”. Y no vamos a negar que la erección nos ha beneficiado. De algún modo, nuestras manos quedaron libres para expresarse, y la imaginación también se puso a maquinar…

Pero bien mirado, no debe de ser tan bueno lo de andar siempre erecto, ya que son millones de criaturas sobre la tierra y sólo al hombre se le ha ocurrido apartarse de la norma. Deberíamos aprender de la madre naturaleza. Siempre he creído que practicar deportes es erróneo, porque ningún animal, excepto el hombre, se pone a correr gratuitamente o a ejercitarse los músculos bajo la sombra de una acacia. Si un animal corre o se estira es para conseguir su alimento.

Todas las enfermedades del hombre de nuestros días tienen su causa en este desafío a la naturaleza. Queremos ser originales a toda costa y nos apartamos del comportamiento natural de las especies. Y acabamos como acabamos.

¿Ha cumplido usted 40 años? Pues entonces le felicito solidariamente por su recién descubierta hernia de disco, extrusión, protrusión o lo que le haya tocado: bienvenido al club. Nos hemos inventado un modelo de vida laboral y social que parece perseguir un único y obsesivo propósito: plantar el culo en todas partes. Viajamos sentados, trabajamos sentados, comemos sentados, vemos la televisión y el cine sentados, tomamos las copas sentados. No existe prácticamente ninguna actividad (excepto dormir) que no se haya planificado pensando en las sillas. Justo lo contrario de lo que hacen nuestros sabios hermanos: el resto de las criaturas de la naturaleza. Y claro. Nuestra columna no está diseñada para esta postura tan forzada, tan contra natura. Lo natural es estar echado, o a cuatro patas. Fíjense en una vaca: la vemos plantada sobre sus cuatro patas en la pradera, pastando, y luego echada en el suelo, muy cómoda, rumiando las verdes yerbas. ¿Podemos imaginar una vaca sentada en una silla? ¿Verdad que da grima imaginar todo ese corpachón tirando de la delicada columna vertebral? Pues es lo que nos pasa a nosotros: abusamos de la silla y a los 40 años todos acabamos con nuestra particular hernia de disco. Los días felices han acabado.

Los griegos no iban mal encaminados: cuando oficiaban sus bacanales o sus reuniones se recostaban sobre un diván y ahí, cómodamente y con la columna en reposo, bebían vino, triscaban uvas o debatían sobre cómo alcanzar la felicidad o la mejor forma de gobernar un pueblo. Sin embargo, hoy en día a ninguna empresa se le ocurre preparar una sala con camas otomanas para que los ejecutivos celebren consejos de administración y discutan presupuestos. Deberían hacerlo. El 80 por 100 de las bajas laborales se deben a dolencias lumbares.

En definitiva:estamos abocados a la parálisis o a la incapacidad. Como no se ponga remedio acabaremos todos en sillas: pero sillas de ruedas. Debería propugnarse una reconversión postural con todas las consecuencias. Las iniciativas como la de Pilates son tibias y no resuelven nada. Pilates pretende que con ir por la vida apretando las nalgas y sacando hombros se conseguirá la salud de la espalda y se ganará en elegancia. Pero no, eso es poco: fíjense en un gato que en el mes de febrero sale a trastear por un tejado en busca de amada, con las cuatro patas bien plantadas en el suelo y con el rabo levantado: ¡eso sí que es elegancia!

¿Estaría tan feo que los hombres abandonáramos las sillas, los despachitos, las salas de reuniones, y nos echáramos a la calle, todos a cuatro patas y con el rabo levantado? No creo que resulte tan espantoso, y es seguro que las consultas de traumatología se verían aliviadas…

Mientras esa conquista social no se produzca, y para mitigar mi dolor personal y el del resto de colegas de la blogosfera, me he permitido un pequeño invento. Lo llamo invento porque no creo que a nadie más sobre el planeta se le haya ocurrido. Pensé patentarlo pero descubrí que soy perezoso y el procedimiento demasiado complicado y oscuro. También pensé en la rabia que me daría hacerme millonario con tan poco esfuerzo. Por eso he decidido compartir mi invento con la humanidad, publicarlo aquí sin haberlo registrado para que lo copien todos o para que una multinacional se lucre, me da igual. Es un producto “share”. Lo ven ahí en la foto. Es sólo para usar en la casita: por muy enrollado que sea su jefe, no va a dejarle que se acueste en la oficina.

Se trata de un atril. Primero usted debe abandonar el capricho de tener un ordenador de sobremesa, con su parafernalia de cables y monitores y teclados y ratones y cepeús. Hágase con un sencillo portátil y un router y navegue con total libertad acostado en la cama. Sus piernas estarán libres para estirarse o encogerse. El ángulo del cuerpo con respecto al teclado es el mismo que si estuviera sentado. La ventaja es que puede estar horas, que su columna no sufrirá. La técnica de construcción es fácil: un pequeño tablero y cuatro listones de madera que se unen con tirafondos (tornillos de toda la vida, para los que no hayan visto nunca Bricomanía).

Usted, amigo bloguero (esto engloba a hombres y mujeres, me niego a la tontería del lenguaje de género), posteará feliz, sin tener que frotarse la rabadilla cada cinco minutos para disipar el dolor. Se sentirá tan contento que ni siquiera le molestarán los comentarios agrios de los troll (porque un troll, amigo mío, igual que una hernia de disco, le sale a cualquiera). Eso sí: para que el invento funcione bien uno necesita estar tipín (como diría Falinda). Si a uno le crece la barriga, el atril hay que ponerlo muy elevado y los dedos no alcanzan a escribir. Tampoco sirve para las personas de brazos cortitos (salvo que se pongan unos zancos en los codos). Bueno, para navegar sin escribir sirve sea cual sea el cuerpo que se tenga, porque el ratón se pone en horizontal sobre la cama.

Es un invento para internautas herniados y para todos los amantes de la posición horizontal: ¿Te gusta navegar?

23 julio 2006

Humillación del eterno masculino


Hoy estaba previsto difundir al mundo un grandísimo invento (los cursis de la tecnología lo llamarían un “gadget”) pero el esperpéntico suceso del sábado por la mañana en La Alameda me obliga a cambiar de planes. Tengo la moral gateando por los suelos y el orgullo de ser hombre encerrado en un armario. Mi eterno masculino ha sido humillado y ahora ¿qué va a ser de mí?


Todo comenzó cuando hace unos días a FALINDA le dedicaron un par de páginas en Glamour, y le prometí vencer el ridículo de acercarme a un quiosco a comprar un ejemplar de esa revista para mujeres frívolas. Cuando hice esa promesa no podía ni imaginarme la tragedia que estaba en ciernes.


La mañana no era propicia. El calor se había desatado, al fin, en el ámbito paradisíaco de Canarias. El bochorno y el sofoco se democratizó y en buena hora podemos sudar en igualdad españoles de todas las regiones, peninsulares y ultraperiféricas. Me acerqué a la Capital con el propósito principal de adquirir un adaptador para Memory Stick Pro Duo (¿qué es esto?) y con la misión secundaria de comprar Glamour. Jah. Mi Quiosquero me estaba esperando. Lo llamo Mi Quiosquero no porque lo conozca de toda la vida, sino precisamente porque hace años que no compro nada en un quiosco. Miré por todos lados y no encontré nada con la palabra “glamour”. Soy tímido y no me gusta preguntar, pero no me quedó más remedio (háganse una idea, para un hombretón como yo, tan parecido al Mr. Big de Sexo en Nueva York, resulta igual de duro preguntar por una revista de frivolidades en un quiosco que pedir condones en una farmacia):


YO: ¿Tiene la revista Glamour?

MQ: Sí, ahí debajo…

YO: (Con cara de haber visto al demonio) ¡¿Esto?! ¿Esta cosa?

MQ: Sí, es que viene con ese bolso de regalo (vean en la foto el tal bolso de color fucsia, es lo que podríamos denominar en el argot “un bolso ideal”).

YO: Bueh (resoplo)… es que… ¿Y qué hago yo con esto?


Mi Quiosquero se compadeció de mí, él dio por supuesto que yo era el perfecto calzonazos, casado con una mujer frívola capaz de hacer de mi capa su sayo. La situación resultaba la mar de humillante para mi eterno masculino. Encima al coger el bolso se me escurrió la revista y cayó al suelo: ¿una revista de formato pequeño? No entiendo, pensaba que las mujeres las preferían grandes.


MQ: Mire, a usted le mandaron que comprara esto, y usted se lo lleva. No lo piense más.


Me lo colocó todo dentro de una bolsa de plástico para que marchara con dignidad por la calle. Pero la procesión iba por dentro: no le aclaré a Mi Quiosquero que en realidad la revista era para mí, tampoco había necesidad de explicarle cosas que él jamás entendería (es que Falinda tiene un Blog, que por cierto no es un Blog de moda, estúpidas reporteras, y le dedicaron dos páginas, y… bueno ¿usted tiene Internet?). ¡Claro que no tiene Internet! Los quiosqueros cuando llegan de trabajar se refrescan, comen, eructan y se duermen viendo un documental de animales en La Dos. Ellos ignoran lo que es postear.


Ya está, pues, la revista en casa. Y el bolso, que a ver a quién se lo regalo (¿cambio bolso fucsia ideal por una mansión en Canadá?). Me ha sorprendido esta revista. Los titulares de la portada son más o menos: guapa y chic rápido, ¡orgasmo siempre!, chica lista ahora sé pedir un aumento, citas sexy noche y día… Y luego el interior es toda una orgía de piernas, jovencitas con sus labios besucones, cuerpos y cuerpos, lencería provocadora, bikinis. La palabra sexo está escrita por todos lados, explícita o implícitamente. Mi resumen para esta publicación es este: TE PONE COMO UNA ESTUFA. No me extraña que nuestras muchachitas acaben como acaban: salen por las noches enseñando los canalillos, las ingles, con unas caritas que dicen a quien quiera entenderlo “soy el pecado en persona, quiero follarte”, se toman cinco gin tonic y luego rematan la jornada revolcándose tras los matorrales con el primero que les dice bonita. Y poniendo en práctica todos los consejos de la revista Glamour para obtener ¡orgasmo siempre! Si yo tuviera una hija adolescente no la dejaría leer esta revista. Bueno, si alguien no tiene calefacción en su casa y es inverno, que le compre la revista: la niña se pondrá como una estufa y habrá resuelto su problema.


De todas formas, encontré algo útil en Glamour, que me sirvió para mitigar la humillación de mi eterno masculino. En la página 103 se describen las propiedades organolépticas que deben tener los hombres de verdad: odian bailar, no son vanidosos, LES GUSTAN LAS JOVENCITAS, nunca lloran, necesitan sentir que tienen el control, no les importa la moda y jamás muestran sus emociones. Jeje. Pues yo cumplo todos estos requisitos. Tengo un bolso fucsia ideal colgado en mi armario junto con los cinturones y las corbatas, ¡pero soy todo un hombre! Jeje. Como Mr. Big.

16 julio 2006

Del amor y el trueque en los tiempos de Pocholo














Lo del tipo ese, el tal MacDonald, que consiguió una casa a partir de un clip rojo tiene delito. Yo creo que es un montaje, pero se ha convertido en el notición del verano: se repite hasta la saciedad en blogs, periódicos, revistas, televisión... La gente se queda con la boca abierta: ¿Cambiar un clip rojo por una casa? Ya nadie se acuerda de que MacDonald vendía hamburguesas Super-Size: ahora MacDonald es el muchacho que pilló su keli haciendo trueques en Internet. Y el capital inicial fue ese famoso clip de color rojo (a lo peor hasta usado). Yo veo en el trasfondo oscuros intereses comerciales: ahora mismo miles de imitadores habrán iniciado su particular subasta temeraria en busca de la fama. Muchos ya han conseguido por lo menos hacer el ridículo, como ese aventajado de Oviedo, que ha conseguido cambiar sus zapatillas por una entrada de concierto (chaval, te queda mucho que sufrir para pillar tu keli). Todo esto es comercio en la red, orgías de correos, blogs, publicidad, spam de alargadores de penes y retardantes de la eyaculación (¿soy el único o a ustedes también les ofertan esas guarradas?).

Pero el trueque que ahora se quiere resucitar ha existido desde los albores de la historia. Mi abuelo, que vivió en los tiempos del cólera y de la hambruna que siguió a la Guerra Civil le llevaba tres peras amargas a una mujer peluda que vivía en la ladera para obtener favores de amor. ¿Cómo podía sobrevivir en aquella época una mujer peluda? No había dinero para comida, menos para cremas depilatorias. Nadie se casaba con una mujer peluda, y sin marido no había alimentos. Sólo podía dedicarse al oficio más viejo del mundo. Pero claro, en una aldea donde todos los hombres eran pobres no era posible cobrar 60 Euros por servicio, como cobran hoy en día las novias de alquiler brasileñas en el lupanar llamado Valdés Center (Los Cristianos, sur de Tenerife). Los hombres pagaban con lo que tenían de sobra: un cesto de papas, un puñado de higos… A mi abuelo lo único que le sobraban eran las peras que daba el peral amargo: precisamente porque los frutos eran tan ruines que hasta su famélica familia los rechazaba.

Todavía siendo yo pequeño asistí a los últimos vestigios del trueque. Yo vivía en una zona rural profunda, donde el nivel de vida equivalía al de los actuales países subdesarrollados. En la escuela repartían leche en polvo de la FAO, eso lo dice todo. Se comía lo que daba el campo y los animales. Nada de supermercado y casi nada de dinero. De vez en cuando aparecía por el pueblo un vendedor ambulante con su furgoneta que olía a plátanos y a salazón. Nos cambiaba un lote de arenques salados por unos cuantos kilos de papas. El hombre de la furgoneta se quedaba tan contento que, antes de irse, sacaba un plátano y nos lo daba de propina a los niños (se trataba de un plátano de Canarias, con pintitas).

Volviendo al trueque del clip rojo: a mí hay algo que no me cuadra. Es imposible comparar el valor de un clip con el de una casa (una mansión, por lo que se ve en la foto). Hizo sólo 14 operaciones de trueque. Al parecer, antes de la casa lo que tenía era el derecho a representar un papel en una película, aunque no se dice si de secundario o de prota. Tampoco se dice si esa película es una superproducción o el corto de algún debutante friki. Vamos a suponer que se trate del papel estrella en una gran película, y eso explique que alguien le entregue una casa (que vale millones) a cambio del papel. Ahhhh. Ahí está la trampa: ¿cómo obtuvo MacDonald ese papel? ¿Lo cambió por la vieja furgoneta destartalada o por la barbacoa? ¡Por dios! Seguro que el trueque fue otro. Seguro que se parece más a lo que hizo mi abuelo con las peras amargas. Todos sabemos que para obtener un papel en una gran película hay que acostarse con el productor o con el Director…

En las fotos promocionales de "Volver", Pedro Almodóvar le pasa la mano por la cintura a Penélope: la actriz española mejor posicionada del momento. Pero ¿cómo ha conseguido esta chica ese carrerón? ¿Por su cara bonita? ¿Por sus dotes interpretativas? Nooooooo. Esta chica ha follado a cambio de. Su primer gran papelón se lo dio Amenábar, “Abre los ojos”, y bueno, seguro que se lo tiró, porque guapa no es (por más que miro su cara y su cuerpo no encuentro por ninguna parte las divinas proporciones del Hombre de Vitrubio) y lo que se dice interpretar: habla como una chica de pueblo en una obra teatral de colegio de monjas. Entonces es seguro que tuvo sexo salvaje con el guarrón de Amenábar, que es un mujeriego de padre y señor mío… Eso le dio derecho a revolcarse con la mandolina de Nicolas Cage, y ya por último Almodóvar le entregó el papelón de su vida . Está claro igualmente que hubo más de una caída de Roma entre esos dos: en las fotos se nota, yo conozco esa forma de agarrar una cintura, y esa mirada de verraco que pone el Pedro (otro mujeriego insaciable): esos dos han tenido sexo hasta perder los papeles (bueno, hasta obtener los papeles). Y seguro que Penélope, con lo que ganó en la película “Volver” también se agenciará su buena casona. Lo de MacDonald no fue por un clip: el clip seguro que todavía lo guarda en el cajón de su escritorio. Lo más probable es que MacDonald se acostara con el productor de la película para obtener el derecho al papel estelar.

Ahora sólo me queda lanzar al aire mi particular subasta. También quiero convertirme en un jodido imitador. Pero ojo. No confundan: esto va sólo dirigido a mujeres. Voy a proseguir la estela de mi abuelo. Me iré a Alcampo y compraré un kilo de peras, pero no amargas, sino dulces peras devoir (por cierto, saludos a la chica que me pesa la fruta…). Y comienza la subasta: ¿Alguna está dispuesta a ofertarme algún tipo de favor por ese kilo de peras? No sean tímidas. No soy pretencioso. No es preciso llegar a la cama, esto es sólo un experimento en la red, me basta con una cita para ir al cine y el derecho a coger la mano, por ejemplo.

Espero respuestas. La subasta queda abierta. Hay un kilo de peras sobra la mesa.

PS: El sentido de la foto de portada es que si buscamos imágenes de peras en Google, el primer vínculo que nos sale es esta chica con manzanas al fondo. A mí me parece que es apropiada.