
Tener un aparato bonito y no usarlo es un sacrilegio. Sin embargo es lo que me pasa con mi teléfono móvil. La tasa de funcionamiento es ridícula: lo recargo una vez al año para que no me lo desactiven, pero el saldo siempre me sobra y se va acumulando. Cuando me muera lo heredará un sobrino y usará el crédito restante para mandarle mensajitos guarros a su novia, supongo.
No recibo ni hago llamadas, y lo mismo puede decirse de los SMS. En realidad, los móviles los usan sobre todo las parejas. La conversación más frecuente, según las estadísticas, es la del cónyuge varón que llama a su mujer al regresar del trabajo, más o menos a cien metros de distancia del domicilio: “Cariño, estoy llegando”. Esta es la frase. Ella suele responder: “Ah”, y cuelga.
Pero no. Ahora que me acuerdo: sí que recibo un SMS semanal, y eso justifica de por sí el gasto de 300 Euros en mi negro aparato Samsung. Ocurre los miércoles, al mediodía. Me jode mucho el mensaje, y me estreso al pensar que podrían pasar 40 años y el mensajito seguirá llegando con puntualidad. Y todo por un error, y por culpa de una mujer tonta. Fue hace apenas dos meses:
Esa semana yo había tenido una cita con una mujer recién conocida. La invité a cenar a un restaurante caro pero me decepcionó mucho porque ella se retrasó dos horas y encima subió su perro a mi coche (jah!). Después de eso yo no estaba muy por la labor, pero ella me llamó un domingo por la noche ya muy tarde y me propuso encontrarnos en un bar de la ciudad. Como no tengo mucha voluntad, acudí a la nueva cita, a la que por cierto ella se presentó otra vez con retraso y con una sorpresa: la compañía de su hermana. Los bares estaban vacíos, todo el mundo duerme un domingo a las doce de la noche. Hacía frío, y yo con aquellas dos hermanas insípidas sin saber de qué hablar. Nos metimos en un antro que ellas eligieron. Una mujer madura y borracha nos miraba lascivamente desde la barra. Por detrás, un grupo de lesbianas se magreaban con escándalo. Tomamos San Francisco sin alcohol que estaba asqueroso y cuando ya no pude más me levanté y pagué la factura.
“Vámos“, les dije. Pero el dueño del bar nos invitó a que volviéramos los miércoles, que tenían actuaciones en directo de cómicos, cantantes y artistas alternativos. Que apuntáramos nuestro teléfono móvil y que nos avisarían por SMS. Mi amiga tonta digo, qué guay, vamos vamos, apúntale tu teléfono. Yo me estaba haciendo el loco, no tenía la más mínima intención de volver a aquel antro, ni mucho menos de ver por tercera vez a esa mujer tan hueca de cabeza. No supe reaccionar, debí haber puesto un número falso, pero tuve la mala suerte de acordarme del verdadero y de no atreverme a mentir.
Y esta es la razón por la que estoy condenado a recibir un SMS todos los miércoles por el resto de mi vida. Cada vez que suena mi negro aparato Samsung para darme el recadito, me acuerdo de la chica que se atrevió a subir su perro a mi coche y me cago en sus muertos.
Esto no viene mucho a cuento, pero lo que quería comentar es una noticia que salió por televisión esta semana. Al parecer, en un pueblo de Canarias hay una confrontación entre los vecinos de un edificio y la iglesia colindante. Lo que ocurre es que todos los domingos a las ocho de la mañana el cura lanza las campanas al vuelo para llamar a los fieles al culto, como es preceptivo. La experiencia resulta traumática para los vecinos del edificio de en frente, que no profesan la fe y prefieren guardar la fiesta de otro modo: durmiendo como una marmota hasta las once. Pero no pueden. El enfado es enorme, y como venganza, una vez despertados, ponen a sonar su potente equipo de música con piezas de rock del duro direccionando los altavoces hacia el templo. Como resultado, los que asisten al culto no se enteran de la misa la mitad, y a su vez se quejan. Hay una guerra montada.
Le doy la razón a los vecinos rockeros. Lo de la campanada a las ocho de la mañana me parece una desfachatez. Y además es innecesaria: ¿Acaso puede haber un cristiano que no sepa ya, sin que lo anuncie la campanita, que los domingos son fiestas para guardar y acudir a la celebración de la eucaristía? El exceso de decibelios es imperdonable, y seguramente infringe las ordenanzas municipales. Deberían tratarse a los templos religiosos como cualquier otra actividad molesta, insalubre y peligrosa, y para funcionar deberían contar con su licencia de apertura y cumplir con las normativa que se aplica a cualquier otro establecimiento de este tipo: perreras, industrias cementeras, talleres de chapa, etc. Vamos, yo todavía no he visto un extintor de incendios en la nave de una iglesia, y muchas hornacinas sí, pero ninguna que guarde en su interior una jodida manguera o un equipo de protección individual, con su casco y sus botas para el responsable de seguridad (que tendría que ser el cura, a ver en cuánto tiempo consigue cambiarse la casulla por el mono azul y el casco amarillo). Y sí: muchas puertas para subir al cielo pero ninguna puerta de emergencia para la evacuación.
Precisamente hoy leí en 20 Minutos que el Ayuntamiento de Oleiros clausuró una iglesia evangélica por las molestias de las guitarras y los cantos. Jah. A ver quién se atreve con un templo católico…
Y digo que la campanada es innecesaria y anacrónica. Tuvo su sentido en la época de las catacumbas, cuando las telecomunicaciones andaban en pañales. Pero hoy en día, suponiendo que fuera preciso avisar a los fieles de la inminencia de la consagración y el santo misterio, hay otros medios que no molestarían a los que desean dormir un domingo por la mañana. Lo que podría hacer el cura es tomar el número de móvil de todos los fieles, hacer una lista de distribución y mandarles un SMS para convocarles a misa. Esto ayudaría mucho a modernizar los hábitos de la Iglesia y también a respetar el descanso de los rockeros vecinos.
