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01 mayo 2007

Un tranvía llamado Nereo



Hoy se escuchó en el telediario la feliz noticia de que un señor de Murcia le ganó una carrera al recién inaugurado tranvía de esta ciudad de los melocotones. Quedan exactamente 30 días para que un suceso análogo ocurra en Tenerife: quiero decir, estrenaremos tranvía, lo del atleta que deja en vergüenza al trenecito espero que se lo ahorren (por patético).

Aguardo con impaciencia el acontecimiento. Sepan ustedes, señoras y señoras peninsulares, que jamás he subido en tren. Los canarios actuales hemos crecido nostálgicos de vías y traviesas, hambrientos de chucu chucu chu y de curas que almuerzan chorizo en un vagón de tercera. La poesía del tren ya nadie podrá devolvérnosla a los que perdimos la infancia en esa lucha infructuosa contra un deseo insatisfecho.

Sin embargo, ya falta menos para igualarnos, y yo me subiré al viaje inaugural del artefacto: aunque no tenga ningún lugar que descubrir (lo cierto es que la línea acaba en El Corte Inglés). Ahora hay una palabra que nos llena la boquita de agua, una palabra sonora que la gente pronuncia con mucho orgullo, como si se notara que dominar este específico vocablo es de catedráticos y de doctores de la ciencia. La palabra es: CATENARIA. Nadie sabía que coño es una catenaria. Y ahora todo el mundo anda con el jodido trabalenguas en la boca. Entra un hombre un bar:

-CAMARERO: ¿Qué le pongo, señor?

-HOMBRE: Pues una catenaria bien heladita con una guindilla, si me hace el favor.

Soy un gran aficionado a la tecnología y a la mecánica y a la arquitectura. La semana pasada tuve la enorme fortuna de hacer una visita a las cocheras de Metropolitano de Tenerfife (Jah, creo que suena mejor que “Metropolitano de Murcia”, que parece que es una marca más de melocotones en almíbar). Allí me explicaron las tripas del tren y me aclararon los grandes enigmas.

Por ejemplo, que tienen todas las paradas vigiladas con cámaras, y que desde la Central los controladores están perfectamente al tanto de si en La Trinidad hay un hombre de chamarra beig metiéndose el dedo en la nariz, o una señora gorda se rascó el culo como por descuido pero con toda la intención. En fin, un Gran Hermano más. A mí no me importa, porque en la oficina estamos vigilados por cámaras y yo ya no me corto. Me molesta un poco la que está sobre el urinario, pero, oiga, que la securita también tiene derecho a animarse de vez en cuando.

El sistema de pago es curioso: curioso porque te puedes colar en el tranvía y nadie te pide billete. El chófer va en su cabina a lo suyo. Uno puede llevar billete y pasarlo por la ranura para cancelarlo, pero si no lo haces, el tren sigue su curso. Pero esto no es tan así: un sistema de infrarrojos contea a los viajeros al cruzar las puertas. Y luego compara el resultado con los billetes cancelados. De esta forma, en la Central detectan cuantos “negros” están viajando de gorra y en la siguiente parada entra un revisor y les estalla una tremenda multa de 100 Euros con la que se cagan por las patas. Sí: los llaman “negros”, ese es el argot. No me pregunten por qué, que los negros, por lo menos cuando viajan por mar, están acostumbrados a pagar, y bien caro.

Pensando pensando, se me ha ocurrido una manera de engañar el sistema. Si una pareja entra bien abrazada, morreándose si es preciso, cogiéndose bien por el culo y con los pelos de ambos revueltos, no creo que el dispositivo infrarrojo se percate de que son dos personas y no una: la una caro, que dice el Derecho Canónico. Así pues, las parejitas están de enhorabuena, porque pueden estafar.

De la tecnología del tren me sorprendió que tuviera en los laterales de los vagones una como tapita de depósito de gasolina. Pero ¿si es eléctrico a qué viene esa tapita para gasolina? Jah, pues no es para gasolina. Es que el tranvía lo que consume es arena, que sopla sobre la vía si por lluvia o nieve o corrida pierde adherencia. Tenían allí un surtidor de arena, para repostar, tal cual los hay en las estaciones de British Pretroleum o Shell: ¡Arena!

Pero sin duda, el numero estrella que nos tenía reservado el Gerente era el sistema de recolección de cadáveres. Esto es así: si el tren atropella a un peatón y lo mete bajo las ruedas, lo natural es que empiecen a pasarle por encima todos los rodillos y cuando la serpiente multicolor le pase por completo acabe como carne picada para hamburguesa. Eso queda muy mal. No es ecológico. No respeta el medio ambiente, y mucho menos la dignidad humana. Por eso han puesto un dispositivo automático, una especie de bastón que, al tropezar con el cuerpo atropellado, libera una cuchara que atrapa a la víctima y la protege de de los rodamientos. ¡Es genial! ¡La lleva en volandas hasta el fin del trayecto!

El cadáver lo recogen los de mantenimiento cuando el tranvía regresa a cocheras. Allí llaman a la familia del finado y les dan a elegir un ataúd de cualquiera de los cuatro colores del tranvía: azul, verde, amarillo o naranja. Si acaso el sujeto aún respira o puede valerse, no tiene derecho a ataúd, pero le regalan una carcasa para el móvil también de cualquiera de los cuatro colores a elegir.

Metropolitano de Tenerife está en todo. Tienen detallazos. Es preciso reconocerlo. ¡Ay! ¡Es que no veo el día de estrenarlo! Ahora mismo me apetece el color naranja.