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12 marzo 2007

¿Dónde ponemos los condones?



El universo debe tener su orden, y cada cosa estar en su sitio. La cuestión es: ¿cuál es el sitio de cada cosa? Comprendemos el mundo gracias a que asociamos ideas, pero los objetos también necesitamos aparearlos para que tengan sentido. El rollo de papel higiénico está junto al váter porque ambos nos sirven para cagar.

Cuando los elementos a ordenar son escasos no hay problema. En nuestras casas, por ejemplo. Podemos entrar a la morada de un desconocido y, sin preguntarle, ir directo a los huevos: que impepinablemente yacen en la estantería superior de la nevera. Sin embargo, intente usted encontrar los huevos en un hipermercado desconocido: se pasará horas empujando el carrito por laberínticos pasillos, y al final insultará a la cajera y renunciará a los huevos.

Son muy complicados de ordenar los hipermercados, porque hay miles de productos y se trata de que el cliente encuentre lo que busca y lo meta en la cesta. Sabemos que ellos se esfuerzan, porque cada dos por tres nos encontramos todo cambiado de sitio. Será para mejorar, pensamos. ¿O será por joder? Circula por ahí un mito urbano según el cual esas alteraciones tienen como fin que, buscando-buscando, acabemos comprando cosas que no necesitamos.

Yo no me lo creo. He vivido experiencias que me hacen pensar en una inteligencia superior, que ordena para alcanzar el bien de los sufridos consumidores. Por ejemplo, hace un par de meses, y después de mucho tiempo sin consumir queso amarillo en lonchas, necesité comprar un poco para unas visitas. Jah. Me fui a la sección de quesos, recorrí el pasillo de un extremo a otro, me impregné hasta la médula del fuerte olor a oveja podrida, y nada. Había quesos amarillos enteros, y quesos blancos en todos los formatos, pero nada de queso amarillo en lonchas. Podía coger número en la charcutería y pedirlo al peso, pero eso es mucho lío para un desesperado como yo. ¿Pero cómo es posible que Alcampo no tenga bandejas de queso amarillo en lonchas? No me cabía en la cabeza. Hasta hacía poco había todo un surtido de marcas y variedades.

Renuncié. Tomé lo más parecido, un queso blanco, y seguí con la compra, pero frustradísimo, porque me había pasado media hora trabado con el misterio del queso amarillo. Y entonces, justo cuando iba a por el jamón, me lo encontré ahí: un poco más adelante habían dedicado un pasillo completo ¡¡¡ a los sándwiches!!! Nada menos que a los sándwiches. Y tenían juntos el jamón cocido y el queso amarillo en lonchas. Incluso algunas bandejas con las dos cosas mezcladas. Bendito Rendentor, pensé, qué listos son los jodíos. Si uno se hace un bocadillo siempre necesitará jamón y queso, lo lógico es vender las dos cosas juntas.

Pero esta tarde estuve en el Carrefour y me encontré con algo que me hizo dar un respingo y exclamar: ¡HAY QUE JODERSE! En efecto, qué rara cosa, qué lugar para ese producto. Vamos a ver: Si ustedes fueran gerentes de un hipermercado, ¿dónde colocarían los preservativos? Ya sé, la leche condensada y el azúcar los ponen con el café; el dulce de membrillo con las mermeladas o junto al queso, pero… ¿y los condones? ¿Con qué pegan los condones?

Una vez en Mercadona los tenían expuestos con los plátanos. Plátanos pequeña enana con preservativos normales. Plátanos gran enana con los condones de talla grande. Estaba gracioso. Pero alguna gente tímida dejó de comprar plátanos. Y sí: los condones asustan a los compradores. Todo el mundo tiene miedo a esas tripas: no quieren que los otros piensan que follan, joder, qué vergüenza.

En Alcampo hasta hace poco los tenían junto a los polvos. No está mal la asociación. Los condones son apropiados para los polvos, aunque estos eran los polvos de talco y ahí la relación se pierde un poco. La relación no tiene que ser de similitud funcional. Teóricamente caben otras asociaciones. Una vez, en un supermercado menor, me encontré los condones junto con latas de atún. No entendía aquello. Le pregunté al reponedor y me explicó que era por la fecha de caducidad. Y en efecto: ustedes se habrán percatado de que tanto los condones como las latas de atún caducan a los cinco años. No era idiota el dueño de aquel supermercado.

Pero ya les digo, lo que vi esta tarde en Carrefour me puso los pelos de punta. Entré y fui a echar un vistazo al pasillo de lencería de mujer (siempre lo hago, no pregunten, pero no puedo evitarlo, es un hobby como otro cualquiera: y me encanta que las señoras se espanten cuando ven a un macho rondando esa sección). En la esquina, junto a las braguitas y sujetadores para chicas más jóvenes, habían puesto un expositor de preservativos. ¡Coño! ¿Pero por qué? Al principio me chocó, no era el sitio, estaban totalmente alejados de las cremas, colonias, tiritas, agua oxigenada, cosméticos en general.

Pero al rato, tonto de mí, lo entendí. La niña que va buscando bragas bonitas de fantasía es porque ha comenzado a follar y necesita gustarle a su novio. Mientras no tienen novio, ellas se conforman con las bragas de algodón que les compran las mamás, con sus tortuguitas incluso, no problem. Pero cuando llega el día de enseñar el culo ellas quieren estar sexys, y ahí es donde se forra el Carrefour. Por seis euros unas bragas rojas de encajes bonitas que te cagas (o mejor, que te joden).

Pero claro, toda esa jodienda tiene que ser con prevención. Y ahí entran los condones. Justo al lado de las bragas para chicas jóvenes. Ellas deben comprarlos. No están al lado de los accesorios para coches, para que los compren los muchachos. No. Están al lado de la lencería de niñas. Como debe ser. Lo entendí: ¡¡¡felicidades, señores del Carrefour!!!

Ahora, permitan que les deje. Me acabo de acordar que es tiempo de revisar mis latas de atún: deben de estar a punto de caducar (de nuevo, ji ji).