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11 febrero 2007

Ven y podrás tocarlo todo




Verán: Yo era de esos tipos que nunca han sentido la tentación de morder una manzana. La marca Apple me parecía una extravagancia de los americanos: computadoras sin Windows es lo mismo que casas sin ventanas.

Pero igual que una novia sueña con casarse de blanco, de repente me entraron picores por hacerme con un reproductor: iPod, iPod, iPod, todo el mundo hablando de eso y yo en la inopia. Millones idolatrando el nuevo santo grial de la reproducción y yo con mi viejo walkman de 1989 sólo apto para cassettes. Lo que primero me gustó es que fuera blanco, y de ahí nació la enfermedad. Lo quería de 80 Gb, para que me cupieran mis 700 canciones y mi arrogancia, que es muy grande. Y quería también un iHome, un radio-despertador que hace de altavoces y cargador para el iPod.

¿A dónde acudir? Canarias es el tercer mundo, pensé. Cosas raras no venden. Busqué en Apple Store On Line, y sí, ahí estaba disponible el iHome, pero no para canarios, que como tenemos un sistema aduanero específico los señores de la península no quieren complicarse y deciden que aquí no llegan y se joden, vístanse con pieles de cabra y corran por los montes o vayan a sacar un pez del agua con su venablo.

Me fui a El Corte Inglés con la esperanza, que se me cortó cuando una tía antipática me dijo que de accesorios nada, que fuera a la tienda Apple. ¡Ahh!! ¿Es que hay tienda Apple en Tenerife? Y me confirmó que sí.

Investigué de nuevo en Internet. En efecto, BANANA COMPUTER, jeh, esto tiene su gracia. Su logo es una banana pelada, multicolor, con una mordida: el perfecto análogo de la manzana. Si usted tuvo la tentación de morder una manzana, por vivir en Canarias le tocó morder el banano.

Tenían página web y todo, muy completa. Allí estaban disponibles los reproductores que yo deseaba. Y además me invitaban a visitar la tienda viva, con la promesa de que “podría tocarlo todo”. Entonces se me fueron los ojos: es que salían las fotos de las empleadas, con unos vestidos azules como de papá noeles, y a partir de ahí la necesidad se hizo inaplazable: iría para tocar todo lo que me diera la gana, con dos cojones.

Esta mañana visité Banana Computer, la franquicia de Apple en Tenerife. El diseño de Apple no tiene punto de comparación. Todo es bello y minimalista. Donde otros ponen teclas y chichiriviches, ellos ponen superficies planas sólo para acariciar. Monitores que parecen esculturas. Me enamoré de un iBook a primera vista y me prometí que mi próximo ordenador sería un MacPro. Después de todo, una casa sin Windows también es admisible, a condición de que sea blanca y bonita.

Estaban los iPods colgados con letreros que te invitaban a tocarlos y probarlos y escucharlos. Localicé mi iHome y le susurré: hoy te vendrás conmigo a casa, pasaremos la noche juntos y mañana nos despertaremos con tu música. Auguro mucha felicidad compartida.

La tienda estaba llena. El prototipo de cliente de productos Apple es un señor entre cuarenta y cincuenta, no muy limpio, con camiseta negra, y friki que se huele a lo lejos. Raro. Esperé mi turno Y ENTONCES LLEGÓ ELLA. No se la imaginen, mírenla: es la que sale en la foto, la de la derecha. Esto es real, sólo la publico para que entiendan por qué me enamoré.

Tenía que decirle: “Quiero un reproductor”, pero cuando se paró delante de mí la criatura banana, hum, no acerté con la frase, y lo que me salió del alma fue esto:
-Quiero reproducirme.

Nerea no dejó de sonreírme, ya saben, el cliente es lo primero, y en BANANA COMPUTER se puede tocar todo lo que uno quiera. Sin embargo me contestó:

-El problema es que lo tengo negro, y tú lo quieres blanco ¿no es eso? En ese caso no querrás reproducirte conmigo porque lo tengo negro y tú lo quieres blanco y sólo blanco.

Pero le acepté el iHome, y le dije que el iPod lo podía conseguir en otro lado. Ella me facturó entre sonrisas. Me pidió mis datos para hacerme una ficha y enseguida me tuteó con mi nombre de pila. Insistió en que le diera también el móvil, estoy convencido de que ella no renuncia a reproducirse conmigo, aunque lo tenga negro y yo lo quiera blanco. Me ofreció que podía llamarla, “para cualquier cosa que quisiera”, y me apuntó su nombre a mano en la tarjeta, con la advertencia de había dos chicas pero ella era Nerea. Nunca me habían tratado tan bien en una tienda. El arrogante Ingle es especialista en armar aspavientos en los comercios cuando le engañan. Pero Nerea fue solícita y se desvivió por mí.

Lamentablemente tuve que ir a por el iPod a una tienda de indios. Hablo de indios de la India, o sea, indios de verdad, no de los de taparrabos y plumas, que sólo valen para hacer películas del oeste. Viven aquí desde hace años, con sus bazares de electrónica. Son feos y oscuros, y no lo digo porque yo sea racista, los racistas son ellos, que no se integran. No dejan que sus hijas se casen con nosotros, ni permiten que sus hijos follen a nuestras hijas. Me atendió un indio de unos cincuenta años. Le pregunté si lo tenía blanco, y él me dijo que sí, que si quería reproducirme con él. Mi color rojo de ira superó a su color sucio tiznado: le contesté que yo lo que quería era el reproductor, y que mariconadas las justas.

Y bien. Ya estoy en casa. Tengo mis dos reproductores blancos. Escribo mientras escucho. Los diseñadores de Apple son inteligentes. Todo es lógico y sencillo. No hacen falta instrucciones. Ya tengo satisfechos casi todos mis deseos.

Mañana me despertará el iHome. Pero ¿saben qué? Voy a llamar a Nerea. Voy a decirle que no puedo olvidarla, y que aunque ella lo tenga negro y yo lo prefiera blanco, de todas formas voy a querer reproducirme con ella. Mírenla en la foto: Ustedes pueden entenderlo, ¿verdad?


PD: Sr. Mantel, no vaya a decir que es la mujer más fea que ha visto en su vida, que ya le conozco. Acérquese a saludarla un día: le queda cerca de su oficina.