30 septiembre 2007

Mi tía se murió de hambre




Yo tengo una tía que se murió de hambre. Digo que la tengo, y no que la tuve, porque aún existe: en forma de cadáver corrupto. La cosa fue más o menos así, como me la contó mi madre:

Mi tía compró dos gallinas para que le pusieran huevos. Al leer el Manual se percató de que necesitaba comprar pienso para alimentarlas. Las gallinas ya ponían, y la cosa iba marchando hasta que se puso a hacer números y se dio cuenta de que le salía más caro el pienso que comprar directamente los huevos. Entonces vendió las gallinas. Pero más tarde pensó que si también dejaba de comprar los huevos le salía el asunto muchísimo más barato. Y dejó de comprar los huevos. Su único alimento era una taza de leche y unos restos de pan duro: para mojar.

Con este régimen mi tía se puso flaca como el filamento de una bombilla y a la larga enfermó. Tuvieron que ingresarla en el hospital, donde al menos tenía aseguradas cuatro comidas gratis al día. Como no tenía fuerzas para manejar los cubiertos, la hija le ayudaba. Le cargaba las cucharadas sólo por la mitad, pero la vieja le dijo: “No, así no. Lléname la cuchara hasta arriba”. Y fue reanimándose. Tanto que por fin pudo agarrar ella misma los cubiertos y rebañaba los platos. Sin embargo la desnutrición había sido tan extrema que no pudo recuperarse y se murió.

Mi madre dice que la tía se fue al infierno porque era tacaña, y porque una tarde en la siesta tuvo una aparición de una especie de perro con cuernos, y que eso no podía ser otra cosa que la tía en forma de demonio.

Mi madre no se va a morir de hambre porque tiene tres gallinas criadas con pienso y le dan huevos que no sabe qué hacer con ellos y los va regalando a todo el mundo. Y si se muere de otra cosa no va a ir al infierno, porque mi madre reza el rosario todas las tardes y es buena con los animales:

Hace unos años se encaprichó de un enorme perro de peluche que vio en una tienda y no se resistió a comprarlo. Lo puso sobre una de las camas, que por tanto quedó inutilizada para otro uso que no fuera el descanso pasivo del perrazo textil. Por suerte se cansó, y en la limpieza de un verano, los hijos la convencimos para tirarlo a la basura (espiamos por la ventana para ver la sorpresa de los hombres de la basura, pero los cabrones están acostumbrados a todo, y ni se inmutaron).

Las experiencias con animales de gran talla no acabaron ahí. Más recientemente mi madre se enamoró de nuevo, esta vez de un delfín hinchable, de esos que usan los niños como flotador en las piscinas, cabalgando sobre él como si lo estuvieran follando. También lo puso sobre la cama que antes fue del perro de peluche. La verdad es que el delfín era simpático, con su perenne sonrisa y sus morritos afilados… Otra cosa es lo extravagante de un enorme animal de plástico en el dormitorio de una anciana.

Este verano, en cuanto llegué a La Palma, mi madre me confesó que estaba aburrida del delfín, y que quería meterlo al estanque. Yo mismo levanté al animal de su cama y lo llevé a la charca. Fue una sorpresa ver cómo el delfín “nadaba” impulsado por el viento, y con su dibujada sonrisa parecía que realmente era feliz en su nuevo lugar. Lo pueden ver en la foto. Las pruebas no mienten.

Por la noche, al terminar de cenar, mi madre recogió los restos de pan de la mesa y dijo:

“Estos pedazos menudos se los echamos mañana a los peces pequeños del estanque, y este medio lo guardamos para el delfín”.

Por esto digo que mamá no irá al infierno, porque trata bien a los animales. Y también creo que el delfín no se morirá de hambre, como mi tía.

09 agosto 2007

No puedo vivir sin ti



Debo reconocer que ando con flojera, y en tales circunstancias escribir no sólo deja de ser un placer, sino que además se convierte en una tortura.

Sí, ya sé que estoy que muerdo por el domingo ominoso de Fernando Alonso, y que deseo con fervor la muerte accidental de Hamilton. Y ya sé que me cago en los muertos de Don Ramón Calderón, porque ha conseguido aburrirnos a los españolitos con un equipo de suplentes y de matados.

Esta tarde, a modo de entretenimiento, me di un paseo al centro de la ciudad con el propósito de comprar unos cuantos libros para las vacaciones, ya que estoy casi decidido a no llevarme el ordenador y en alguna actividad (en realidad inactividad) habré de gastar las horas. Ya el año pasado me harté tanto de leer que he sido incapaz de abrir las tapas de un libro en los últimos diez meses. Corro un serio riesgo de embrutecerme, pero esto funciona así: ¿quién no ha dejado de comer bocadillos de choped por puro hartazgo?

Pues no me fue nada bien. Estuve como una hora mirando libros en la solitaria librería. Tan solitario estaba el local que tuve que decir hola a las empleadas: y que conste que no tenía maldita gana de decirles hola bonitas. Se me bajó el azúcar, tuve que ponerme en cuclillas varias veces porque me faltaba el aire: en realidad era el asco. No había un jodido libro bueno que meter en la cesta de la compra. Al final he regresado con tres, pero que conste que los miro por encima del hombro y que no espero nada placentero de ellos.

No sé si es que estoy demasiado fino o exigente, pero los productos de los anaqueles y expositores basculantes me parecieron bazofia decadente. Me compadecí de todos esos pobres escritores de profesión, intentando ser originales, tratando de vencer el hastío para lograr una obra mediocre que dé el pego. Nada servía.

Tomé en mis manos una novela de Juan Goytisolo. Este señor está ya incluido en las enciclopedias. Pasará a la historia de la literatura, pero seguro que cuando se consagró el listón estaba bajo. He leído algo de él, pero no me dejó huella. Tiene un nombre escritoril, sólo eso. Comencé a leer el argumento en la contraportada: una mujer casada con un médico que conoce a un arquitecto y deja que le clave el compás en la entrepierna; el marido reacciona y lucha y… bla bla. ¿Qué coño de basura es esta? ¿Una historia de infidelidad a estas alturas? ¿Y con un arquitecto? ¡Pero si los arquitectos ni siquiera son sexuales! Sentí una nausea y dejé la novela en su sitio: bueno, en realidad la cambié de lugar, sepultándola debidamente entre dos tomos de cocina canaria.

Pero el libro que realmente me cautivó fue uno titulado “No puedo vivir sin ti”, de Manuel Longares. Jamás había tenido noticia de este tal escritor, que debe de tener su fama porque ahí estaba, medio consagrado en las ediciones de bolsillo. Lo que me enamoró fue la fotografía de portada, esa que pueden ver, una joven morena, de ojos enormes e increíbles. Me temblaron las piernas. Ese libro parecía un buen candidato para mi cesta de la compra. Pero… ¿sólo por la portada?

Leí el comentario de la solapa: decía que se trataba de una historia de amor, pero que el tal Manuel Longares, sobre la base de este tema tan trillado, había conseguido un producto original. Ah… pensé, pues ya está: a mí me gustan las historias de amor (las que no me gustan son las de crímenes horrendos), y encima es original, y encima está la foto de esa chica que yo colgaría de una pared y le rendiría culto.

Jah. Qué poco sabía yo lo que me esperaba con el dichoso libro. Seguí leyendo el argumento: la protagonista debe atender a la hermana viuda, o al cuñado viudo, y cuidar de su sobrino… Y es como una cenicienta, hasta que descubre la pasión por ¿el equipo rojiblanco? El fútbol parece ser su única ilusión, pero pronto descubre que, en realidad, esa ilusión se materializa en un jugador lesionado, y en su ¿perrita?!!!!!!!

Cuando leí esto se me doblaron las rodillas, solté el libro de un respingo, y cayó al suelo. Sentí una arcada. Algo me bullía en las entrañas: aquello no era literatura… aquello era… ¿pura mierda?

De modo que lo siento. Ese libro no ha venido a mi casa. Y espero que las chicas de la librería hayan estado ocupadas el resto de la tarde limpiando mi vomitona gris. Y lo siento por el tal Manuel Longares, al que no conozco. Pero he decir que nombrar al Atlético de Madrid y a un jugador lesionado con una perrita no es guay en una novela: que tal cual te corta el rollo (más o menos lo mismo que si estás follando y la otra persona se ríe).

29 julio 2007

La jodienda de vivir en rebaño




Que la especie humana sea gregaria es una auténtica jodienda. Nos hubiera salido más a cuenta ser gregorios que gregarios, pero ahí está la vocal de mierda. Y es que menudo atraso lo de vivir en rebaños, familias, tribus: como quieran llamarlo. La vida social constituye una fuente inagotable de porquería que nos tenemos que comer por cojones: por cojones ajenos.

Yo siempre he defendido el individualismo. Desde adolescente iba por ahí, por las esquinas, proclamando que la base social no es la familia, sino el individuo, y me molestan mucho los discursos de los dirigentes políticos y religiosos que dan por supuesto que todos pertenecemos o tenemos una familia, y a los que no la tienen que los ondulen.

Estoy harto de sufrir por solidaridad. Porque si nos paramos a pensar, el único cometido de la familia moderna parece ser salpicarte con sus miserias hasta dejarte como un gorrino que se revuelca en las miasmas.

Vamos a analizar este caso: El Sr. Ingle no tiene hijos, pero sí varios hermanos con hijos. El Sr. Ingle procura vivir aparte, desentenderse de las intentonas de grandes banquetes familiares y otras reuniones absurdas por cansinas e inútiles. Sin embargo se puede dar a menudo que la hermana A del Sr. Ingle le llame por teléfono, y en lugar de contarle la inmensa alegría de haber estrenado un coche nuevo, lo que le dice es que fue un día de llanto y crujir de dientes. Porque el hermano B está de veraneo en su casa, y parece que el hijo de la hermana A tuvo un altercado con la hija del hermano B, y que ahí lloró todo el mundo.

Resultado: el Sr. Ingle recibe también, por contagio y solidaridad, aunque no haya estado presente, su buena dosis de sufrimiento. Y eso a pesar de sus precauciones: tener el menor contacto posible con tanto hermano como tiene, ni siquiera llamar por teléfono, porque sería el acabóse. En las familias numerosas uno no puede estar llamando a todo el mundo. Porque entonces no habría tiempo para Internet ni para ver la tele ni para rascarse las bolas.

La vida en rebaño es una lacra. Bastante carga supone afrontar la emotividad individual para encima verse obligado a arrimar el hombro a los funerales de otros. Uno, desde que nace, debe asumir el engorroso final de la vida: un cuerpo desvalido, propenso a las enfermedades, al dolor, a la soledad. Eso es la vejez, y la vivimos anticipadamente desde muchos años antes. Debería sernos suficiente esa anticipación de nuestra propia vejez, pero no: el hecho de ser hijos nos convierte en sufridores tributarios de la senectud de nuestros padres (incluso suegros, los que los tengan). Y lo que tendría que ser la etapa más tranquila y sedosa de nuestra existencia, la edad madura, entre los treinta y los cincuenta años, se convierte en el tormentoso desvalimiento de nuestros padres, que ellos nos endosan como justo pago por habernos regalado la vida: perdón, quise decir “por habernos vendido la vida”.

De modo que por más que analizo la cuestión, el remedio ideal sería que los humanos, lejos de ser gregarios, fuésemos cabrones individualistas. Deberíamos nacer sin familia, y vivir cada uno para sus problemas y con indiferencia de los ajenos. El modelo podrían ser las setas: que surgen sin previo aviso de la podredumbre de una hojarasca olvidada en un bosque hediondo. No hay padres a su lado, desde el inicio son autónomas e independientes, chupan del suelo lo que haya que chupar, y tras unos días de gloria se tuercen y arrugan con un rictus de placidez parecido al orgasmo.

Alguien podría alegar que la vida para uno mismo sería soporífera, pero en verdad en verdad les digo que quien piense así es que no se ha comprado un móvil de última generación con doscientas o trescientas pantallas de menús y otras tantas opciones configurables. Yo acabo de adquirir uno y me pasé dos días de feliz entretenimiento con el artilugio. Fui completamente feliz hasta que me llamó mi hermana y me contó que estaba jodida, a pesar de estrenar coche nuevo, porque su hijo le armó la bronca a la hija de mi hermano porque no le quería regalar una consola de juegos vieja que él no usa, y que al final terminaron todos llorando.

Qué mierda.

23 julio 2007

Conociendo a Carita de Caballo




No voy a ser tan grosero como el Sr. Mantel. Todavía me queda un atisbo de romanticismo y no he llegado a la fase de las apisonadoras que asfaltan las calles de putas. Sin embargo hoy tocaba hablar de las citas.


Recientemente invité a una señorita a cenar a un restaurante caro. Elegí el más caro porque quería impresionarla. Allí coincidimos con el grupo Maná, que estaba de gira. Cuando pasé a recogerla por su casa me bajé del coche para abrirle la puerta. Mientras nos saludábamos, un enorme perro negro se metió directo al asiento de atrás. Me reí con ganas, Toby, Toby, sal de ahí, que me llenas la tapicería de pelos. Pero la señorita se puso seria y dijo que “él” se venía con nosotros. Yo pensaba que en los restaurantes no admitían animales, pero esa noche, y en ese concreto restaurante caro, admitieron al asqueroso perro de mi amiga y a los cerdos del grupo Maná (que están viejorros y cerdotes).

Esta cita estuvo mal. No tengo suerte con las citas, he de confesarlo. El Soltero de Oro, en cambio, se las gasta de otra manera. Hace unos años fuimos de almuerzo a un comedero rústico del Valle de La Orotava. A mí el sitio me hedía a fruta podrida y a comida rancia. Pero allí nos sentamos, rodeados de plátanos que, al parecer, se podían comer en el postre. La camarera, una muchacha joven de rostro arrebolado, nos dejó la carta. El menú era exiguo: bistec de cerdo, conejo, puchero… Cuando vino para tomarnos la comanda, el Soltero de Oro le preguntó:

-¿El conejo cómo lo tiene?

-Picante y sabroso, respondió ella con una sonrisa que nos resquebrajó a todos el alma.

Por supuesto nos pasamos toda la comida con el cachondeo. Cada vez que venía la camarera, risitas y codazos al Soltero de Oro. Pero las burlas se acabaron cuando, a la hora del café, la muchacha le metió la manita en el bolsillo de la camisa y le dejó allí una tarjeta con su número. El Soltero de Oro reaccionó poniéndose colorado. Pero el cabrón no quiso venirse con nosotros y se quedó en el restaurante. Según nos contó el lunes, el conejo estaba de lo más sabroso, y se pegó un atracón. A eso se le llama gira triunfal.

Yo intenté que me pasara lo mismo en otra ocasión en que fuimos a San Juan de La Rambla, al restaurante de los arroces caldosos. Nos atendió una camarera quinceañera de las que a mí me gustan, con el culito redondo y bien lleno (cintura y caderas, ya saben). No sé por qué me tocó a mí probar el vino, porque soy el que menos entiende de vinos del grupo (de hecho, no bebo vino, sino cerveza). La camarera esperaba ansiosa mi respuesta. Tuve un instante de inspiración y, copa de vino en la mano, con toda concentración y naturalidad le dije, mirada clavada en sus ojos:

-Tiene un cuerpo excelente.

Mis amigos carraspearon. Pero a la muchacha parece que le hizo ilusión el adjetivo, ya que en adelante me sirvió a mí siempre el primero. A todas estas yo nervioso, envalentonado, pero nervioso. Esperé en vano que me dejara una tarjeta con su número. Me quedé de todas formas en el restaurante, tomando largos licores, mientras mis amigos ya se habían ido. Era ya la hora de cerrar, y la camarera no me hacía mucho caso. Bueno, para qué voy a alargar más el asunto. La verdad es que sí obtuve algo de ella: me ofreció un par de raciones de una paella buenísima que les había sobrado, y yo me la llevé para casa (la paella), y tuve una cena muy sabrosa (de paella, pero paella sin conejo).

Meses después, El Soltero de Oro quiso compensarme por mi infortunio. Un día me dijo: ¿Por qué no sales con mi amiga Carita de Caballo? ¿Y quién es esa?, le pregunté yo. Nada, una chica muy simpática, está soltera, es muy inteligente y le gusta el humor negro, como a ti. ¿Y si es tan simpática por qué no sales tú con ella? Me quejé. Pero El Soltero de Oro tenía coartada:

“Es que es muy alta. Para ti está bien, pero a mí me saca un palmo”.

De modo que acepté. Le dije que me dejara su correo electrónico y ahí nos estuvimos una semana mensajito va mensajito viene. La verdad es que Carita de Caballo era la mar de simpática, tenía mucha chispa, y mucha inteligencia. Tan divertido me tenía, que me despreocupé por completo de que fuera guapa o fea. El Soltero de Oro me la había descrito como “simpática”… quiero decir: no dijo en absoluto que estuviera buena ni nada parecido.

Un día me dejó su teléfono y la llamé. Su voz era femenina y coqueta. Me gustó mucho su voz, y como ella tenía prisa, quedamos para tomar una copa. Nuestro encuentro fue en un parking subterráneo, porque llovía. Nada romántico. Me pareció en directo que no tenía la voz tan bonita, y guapa no era. Por fin comprendí por qué la llamaban Carita de Caballo. Era, en efecto, muy alta y delgada, y la cara tenía justo la forma de una cara de caballo. De todas formas hablamos y hablamos. Y como todavía me divertía quedamos para cenar otro día.

La cita fue un desastre. Ella llevó su coche, me recogió a mí en casa, lo que no es muy caballeroso, pero yo creo en la igualdad. Me condujo a un restaurante que yo sabía que olía a comida rancia, pero por suerte estaba cerrado. Nos perdimos y por fin llegamos a otro de mis locales favoritos: porque tienen unas camareras jovencitas muy lindas y con culos espléndidos, que yo no paré de ensalzar. La comparación con Carita de Caballo era grotesca. El rasgo más horrible de la amiga de El Soltero de Oro eran sus hombros estrechos, muy estrechos. Daba grima lo juntos que los tenía. Hombros estrechos, nada de tetas, carita de caballo. Simpática pero ¡No!

Me trajo de vuelta a casa. Aparcó delante. Miró la fachada y preguntó que si la bunganvilla estaba por detrás (la buganvilla que yo había citado en uno de mis e-mails cachondos). Lo lógico era invitarla a pasar, para que viera “la buganvilla en todo su esplendor”. Pero yo sabía que si la invitaba a pasar, ese gesto me obligaba a follar, y ya he dicho en más de una ocasión que follar por obligación no es bueno. Y es que no podía dejar de pensar en sus hombros estrechos. Y en el olor asqueroso que desprendía el salpicadero de su coche. Es como si padeciera alergia y estornudara muy a menudo sobre el salpicadero (que para eso es salpicadero). Aquello olía como a saliva seca, a mocos rancios o algo así. Asqueroso, se los digo. De modo que a su pregunta le respondí: “Sí, la buganvilla está por detrás. Bueno, pues… ya nos vemos”.

Y le di un beso en la mejilla con bastante despego, salí del coche y me metí en la casa.

Jamás he permitido que El Soltero de Oro me intente colar ninguna otra de sus amigas.




15 julio 2007

Yo no nado nada



He de confesar que tengo el cuerpo destrozado. Aunque es domingo y una vieja normativa aconseja la holganza, me maté a trabajar con mi herramienta favorita. La cuestión es que si uno dispone de esta larga y poderosa herramienta, algún uso habrá que hacer de ella. Me refiero a mi martillo electro-neumático. A quien no lo haya usado, se lo recomiendo. Es muy viril.

Bajo los efectos de este cansancio, de nada trascendente podría escribir. Así que voy a disertar sobre las piscinas municipales, un tema muy fresquito y de plena actualidad: jah.

Hace tiempo que no nado nada. Fue hace cuatro años, durante mi estancia en La Palma, isla remota habitada por media docena de plátanos y un perenquén dentro de un buzón. Pocas ganas tenía, pero una mañana me encaminé a una solitaria playa de arena negra, a la que arribé sin tropezarme con ningún coche en la carretera: eso sí que es el paraíso. Cumplí con el ritual de asarme de calor y helarme en el agua, y enseguida me entró prisa por largarme. En la playa había apenas tres o cuatro grupitos. Y no ocurrió nada destacable, excepto lo de siempre: que uno va a esas playas de La Palma e invariablemente se planta delante de ti un alemán con sandalias y calcetines que te enseña el culo al ponerse el bañador.

La playa me gusta poco, pero menos las piscinas. Especialmente las piscinas públicas. Sin embargo es uno de los servicios más demandados por la población. Parece que todo el mundo padece de lumbalgias, y los médicos el remedio infalible que encuentran es que naden, que naden. Mi opinión es que se equivocan gravemente. No necesitamos nadar en absoluto, eso es de peces y nosotros no tenemos escamas sino piel suave y peluda. Somos más monos que peces y ahí está el error. Venimos de monos de cuatro patas y si nos duele la espalda es por forzar la posición. Las lumbalgias nos sobrevienen por pasarnos el día erectos y sentados. Los tendones lumbares pierden flexibilidad, y para que recuperen su elasticidad el único ejercicio que debemos hacer es tocarnos las putas de los pies con las manos, sin flexionar las rodillas. Es decir, volver a la postura de monos cuadrúpedos.

Necesitamos estiramientos. Lo de nadar es un invento de los médicos, que de forma imprudente van por ahí prescribiendo largas sesiones de natación, sin tener en cuenta que los ayuntamientos no están en condiciones de ofrecer este caro servicio. Pues rico es el Rey, para dar piscina a 100.000 ciudadanos. Un ayuntamiento mediano puede tener una, dos, tres piscinas. Pero las colas y las listas de espera son inmensas. Y los que obtienen cupo se encuentran metidos en un charco cual sardinas en lata: ahí ni se puede nadar ni cosa que se le parezca.

Nadar en una piscina pública se me antoja una afición cochina y asquerosa. Hay muchos que van de aprovechados, y se entretienen mirando las carnes ajenas sin pudicia y con lujuria. Una vergüenza. Un pecado inadmisible. Pero lo peor es la higiene. Es cierto que los usuarios son obligados a pasar por una piadosa ducha antes de meterse en el agua, pero vamos, por mucha ducha… es no hay que pensar mucho… esos culos agitándose, el agua que busca camino: muy mal se tienen que dar las cosas para que por ósmosis inversa no acaben en el agua una buena porción de bacterias fecales procedentes de los culos natatorios: las mismas que, invariablemente, se meterán por la boca de los que, grácilmente, practiquen el saludable deporte de la natación.

Para evitar esta mierda, y el problema de la masificación, he estado pensando en un invento. Todo el mundo conoce la bicicleta estática, artilugio gracias al cual ya no hace falta vestirse de licra y jugarse la vida en la carretera, pedaleando como locos, para bajar unos kilitos o poner duros los muslos. En el mismo dormitorio o en la terraza, y ataviado con un vulgar pijama, usted puede pedalear cuanto le dé la gana sin que le atropellen.

Si esto es así, lo que tienen que hacer los ingenieros inventores es inventar una piscina estática. Es decir, un aparato individual, que se pueda instalar en casa y que permita la práctica de la natación en seco. No sé, podría ser un armazón de acero, con poleas, elásticos y sujeciones. El deportista quedaría colgado en posición horizontal, y movería brazos y piernas, venciendo las resistencias de los elásticos, imitando la natación. A muchos les parecerá una idea disparatada, pero a mí lo que me parece disparatado es ir a una piscina pública a tragarse la mierda de media población del municipio.

Yo no nado nada, pero si nadara, preferiría nadar en seco.

08 julio 2007

Abrazos con pijama de Snoopy


Si todos los habitantes del planeta fueran como yo, a estas alturas los fabricantes de pijamas estarían arruinados. Hace 25 años que duermo completamente desnudo y me importa un pepino que llueva o nieve. Soy acalorado, y me molestan los elásticos y las costuras. Cuando estoy en la cama me gusta resbalar, escurrirme y deslizarme, y las prendas de dormir, por muy suaves y ligeras que sean, no hacen más que frenar mi carrera.

Claro que se podrá pensar que esto es una desvergüenza, un hombre completamente desnudo, incluso bajo las mantas, no deja de ser una provocación. Mi madre me atosiga para que acabe con esta costumbre. Según ella, hay que estar preparado para una emergencia, y si se genera un incendio, un terremoto, o un asalto de las tribus bárbaras a mitad de la noche y hay que echarse a la cama de un salto, resultaría bochornoso presentarse en bolas ante el cuerpo de bomberos o ante los aguerridos asaltantes. Yo le replico que esto no es un problema, ya que siempre se puede tirar de la sábana y enrollársela a modo de túnica romana.

También dice mi madre que hay que tener un par de pijamas de repuesto por si uno cae enfermo y tiene que venir el médico. Esto ya me parece una tontería, porque tal y como está la sanidad, es poco probable que un galeno se presente a las puertas de tu morada bisturí en mano (como ocurría en La Casa de la Pradera). La realidad es que, desmayados o desangrándonos, tenemos que acudir por nuestra cuenta al hospital, y que se joda el taxista con el vómito o la sangre. En el hospital no hace falta pijama, ya que lo primero que hacen es rasgarte tus pantalones con afiladas tijeras y ponerte una bata con la que es seguro que más de una docena de personas te verán el culo.

Repito, no sé cómo se manejan los demás, pero yo soy de dormir completamente desnudo. Reconozco que guardo en la cómoda un pijama de raso azul marino con dibujitos de Snoopy. Pero no sé muy bien con qué propósito. Ni si quiera he tenido la curiosidad de ponérmelo una noche para ver qué se siente. Bueno, me sirvió una vez para ligar. Le regalé un libro a una amiga y me dijo que le pusiera una dedicatoria. Yo le escribí: “Abrazos con pijama de Snoopy”. Ella se sintió intrigada, como es lógico, y me preguntó qué demonios significaba eso. Le expliqué que si le daba abrazos con pijama es porque íbamos a acostarnos juntos.

De todas formas he estado pensando que después de todo no es mala idea que una mujer esté siempre con el pijama puesto, en casa. El pijama es como una piel de repuesto, que raciona las oportunidades de ser acariciada por el sujeto varón. Si la mujer se te mete todos los días en la cama desnuda, la experiencia piel suave termina por diluirse en la rutina. En cambio, con el pijama, el objetivo desnudar-acariciar sigue resultando una aventura con incentivos y premio. Además, dormir abrazado a una mujer con pijama de franela puede ser equivalente a rascarse la piel con una lija de agua, lo que resulta conveniente para eliminar los pellejos muertos.

Esta mañana le pregunté a un amigo si su mujer dormía con pijama y me dijo que sí y que le resultaba muy agradable acariciarla “por fuera”. Me dijo que ella duerme hecha un ovillo y que él se abraza a la pelotita de confortable algodón. Su mujer es enfermera, y trabaja a turnos. A veces los fines de semana ella se levanta temprano y él continúa en la cama. Y ahí les pasa algo que me parece muy romántico: como a él no le gusta despertarse solo, ella se quita el pijama calentito y lo rellena con algodones y se lo coloca a él de nuevo entre sus brazos. El muy bendito no se da ni cuenta del cambio. Sigue durmiendo con su sonrisa beatífica. Mi amigo me ha confesado que alguna vez le ocurrió despertar con deseo, y que hizo el amor con el pijama relleno de algodón. Mi amigo me confesó que a veces siente más placer con el pijama relleno de algodón que con el pijama relleno de la carne tibia de su mujer. Sin embargo esto no se lo ha confesado a ella, porque la adora y sabe que no estaría bien decírselo. Es una cochinada…

29 junio 2007

Yo no puedo dormir la siesta con Raquel del Rosario




Los hombres siempre estaremos a años luz de las mujeres. Ayer prentendí comportarme como una damisela frívola y regalarme una tarde de compras compulsivas. La lista de objetos supérfluos que pretendía echar a la cesta se componía de: unas gafas, un reloj de esfera naranja, y un teléfono móvil. Ninguna de estas cosas me era realmente necesaria, pero es que estaba más aburrido que un pepino y había que aplacar la ansiedad de alguna manera.

Tengo unas gafas de D & G de tres años, y me gustan pero tienen la pintura descascarillada. No le doy importancia a ese defecto, pero si uno planea tener una cita es necesario cuidar los detalles: ellas son tan demonios que te pueden poner en la lista negra por tonterías como tener las suelas de los zapatos gastadas, pelos grandes en la nariz, caspa en el cuello, roña en las uñas, etc. Supongo que las gafas roídas también serían imperdonables. El caso es que no encontré un modelo alternativo de gafas, y ahora sólo me queda preguntar si me pueden repintar las que tengo. O sea: que nada de gafas nuevas. Primera frustración.

Respecto al reloj de esfera naranja, recorrí los principales establecimientos para concluir que una cosa piensa el burro y otra quien lo albarda, y que ningún diseñador se ha ocupado lo suficiente de hacer realidad mi sueño de una esfera naranja. Hay relojes con correa naranja, uno de Calvin Klein sin ir más lejos. Pero mi capricho es de esfera, no de correa. No encontré otro reloj que me convenciera, y para eso me quedo con mi actual Armand Basi, de esfera cuadrada y blanca. A decir verdad sí me convenció un reloj de esfera negra, pero era casi idéntico al que tengo. Esto prueba que mi gusto está bien definido, o sea, que tengo personalidad. Pero nuevamente mi deseo de comprar quedó frustrado.

El tercer objetivo era un teléfono móvil Vodafone Mercedes Maclaren. Yo no uso apenas el móvil. En lo que va de año creo que no he realizado ninguna llamada ni enviado ningún SMS. Y llamadas recibidas tengo sólo las de Nerea López, para notificarme el día que me traerían la cama o el colchón viscoelástico… Para tan poco uso, bien está mi actual aparato, un vulgar Sagem (soy enemigo acérrimo de los Nokia people, por cierto). Pero la publicidad de Vodafone me entusiasmó:

Yo no me atrevería a ir a 300 kilómetros por hora.
Mi corazón no aguantaría 210 pulsaciones por minuto.
No podría estar a miles de kilómetros de mi familia.
No sería capaz de jugarme la vida cada día.
Yo no tengo una forma física sobrehumana.
Yo no puedo ser Fernando Alonso,
pero sí puedo hablar como él.

El teléfono Sharp edición Mercedes Maclaren para Vodafone es una preciosidad de diseño. Lo vi en las fotos y me entusiasmó. Por 200 Euros no iba a privarme del capricho. Yo también quería hablar como Fernando Alonso. En realidad Vodafone está un poco confusa con el deseo real de los españoles. En realidad lo que queremos no es hablar como Fernando Alonso, sino dormir la siesta con Raquel del Rosario, como hace Fernando Alonso las tardes que no tiene entrenamiento. No sé si habla mucho con la chica, ni si ella le canta al oído o qué es lo que le hace para tenerlo de tal modo encoñado.

Raquel del Rosario no tiene un cuerpo de escándalo. En esta foto la vemos sexy y bonita, pero es una foto artística. La cantante canaria carece de cintura: es una mujer sin curva alguna desde el sobaco a la cadera, y la caja torácica le hace un bulto feo en el pecho. Tiene una carita morena que puede gustar, pero es solo por la edad. Dentro de diez años será una mujer bruta y del montón. A pesar de todo, Fernando Alonso se encaprichó de ella, y ahí están, durmiendo la siesta juntos.

No sé si esto ha beneficiado a Raquel. Antes del affaire sentimental con el piloto, El Sueño de Morfeo era un grupo con proyección, que podía heredar el éxito de La Oreja de Van Gogh. Pero ahora Raquel del Rosario ya no es conocida por su carrera como cantante, sino por ser la que se cepilla a nuestro Fernandino. Ella dice que si fuera para toda la vida sería la persona más feliz, pero Alonso ya ha demostrado que le gusta cambiar de escudería…

Para concluir: que miré el teléfono en la tienda, y era demasiado grueso. Uno no puede meterse un aparato tan abultado en el bolsillo, no se puede fanfarronear de ese modo. Y abandoné mi deseo. Ya no quiero hablar como Fernando Alonso, he pensado comprarme un Samsung U600 de color blanco iPod.

Mi tarde de compras compulsivas acabó en la nada. Hice el ridículo. Me acaloré, me puse nervioso, me dio acidez. Bueno, en realidad sí compré algo: unos sobres de Almax Forte. Pero el asunto de las compras está muy jodido. Gastar dinero es un coñazo. La felicidad es ser mil eurista y tener una hipoteca a 30 años. Así uno no tiene que preocuparse por las compras frívolas. Pero a mí esa suerte ya no me toca. ¡Qué desgracia!

21 junio 2007

Mi colchón me mima, mi mamá no

Hace tres meses tomé la decisión radical de cambiar el dormitorio. Una vez que el iPod y el iPhone estaban instalados parecía irremediable que unos muebles blancos completaran el conjunto. Si no lo hacía jamás de los jamases podría considerarme integrado en la recién bautizada Generación iPod.

Esta vez escogí BoConcept, la tienda noruega de muebles de diseño, donde atienden unos serviciales empleados vestidos de negro, que conducen coches negros y despachan muebles negros unas veces y blancos otras. Siempre miro lo que quiero comprar por Internet, y voy con la decisión tomada. Un vendedor poco trabajo tiene conmigo, excepto el de soportar mi arrogancia y repelencia de sabelotodo.

Había dos muchachos y una chica, todos jóvenes. En cuanto les expliqué que quería un dormitorio me señalaron a la chica: “Ella le atenderá”. No entendí muy bien por qué me endosaron a la chica, que se llamaba Nerea López. Es decir, no lo entendí al principio, pero luego sí.

Nerea López, que estaba como un queso con su blusita negra, me llevó al escaparate donde por casualidad tenían montada la cama que yo deseaba, salvo por el detalle de las patas. Están de moda las camas con patas mínimas, justo como esos perros paticortos que arrastran el pecho por el suelo. Me apresuré a explicarle que esas patas son un disparate, porque el polvo se mete debajo de la cama y por el hueco mínimo que queda no cabe ni escoba ni aspiradora:

“Y usted ya sabe, señorita, que todo son ácaros en este mundo con ganas de joderle a uno las narices”.

La chica se quedó sorprendida: “ah… ¿a ti no te gusta mucho limpiar, verdad?”.

“Que no, señorita, le dije yo, que es justo al contrario: precisamente porque me gusta tenerlo todo limpio no quiero una cama paticorta que sería más nido para ácaros que tálamo para el descanso”.

No pensaba comprar colchón, porque ya tenía elegido uno barato de IKEA, establecimiento al que me une un tejemaneje que algún día explicaré. Sin embargo, Nerea quiso endosarme el colchón de viscoelástica, que según ella era la bomba.

“Pruébelo, venga conmigo. Tiéndase con toda confianza”.

Soy tímido para estas cosas. Me puse colorado pero es que en esas circunstancias obedezco como perro fiel. Y me acosté, y ella estaba al otro lado, también se tendió, y yo nervioso. Me puse como una tabla: quiero decir, tieso. Yo en la esquinita, y ella que me acercara más.

“Venga. No sea tímido. Abráceme por la cintura. Y muévase hombre. Haga los movimientos”.

Yo no entendía, pero ella me explicó que es preciso probar el colchón, y que un colchón no es sólo para dormir. Que un colchón podría resultar cómodo para el sueño y sin embargo impropio para el esparcimiento amoroso…. Entonces entendí por qué los vendedores varones se sacaron de en medio y dejaron que me atendiese la chica.

Por supuesto me puse más y más colorado. No recuerdo bien si me acoplé a Nerea y así, juntos, probamos la firmeza del colchón. Tengo una nebulosa sobre lo que pasó esa tarde. Lo que sí es cierto es que cambié de opinión y compré el colchón viscoelástico.

Ahora han transcurrido los tres meses, y tengo que anunciar al mundo que mi nuevo dormitorio está instalado y en función. Y que el colchón viscoelástico resultó un milagro. Es la compra más satisfactoria que he realizado en mi vida (mucho más que el blanco iPod, y ya es decir). Es tan confortable que cuando por las noches me tiendo en él me quedo un buen rato con una sonrisa boba en los labios. Y por la mañana, en la oficina, estoy deseando que lleguen las tres para regresar a casa a plantar mis posaderas en él. Es una extraña sensación, uno aplasta el culo sobre esa viscoelástica y se hunde, pero con retardo. El colchón hace contacto con todo el cuerpo, sin presionar. El único inconveniente que le veo, para las parejas, es que en cuanto uno se acuesta siente tal relax y dormidera que, por supuesto, cualquier deseo de follar se disipa en favor de la pereza y el descanso.

Hay una diferencia radical entre un colchón de muelles o de látex y el de viscoelástica. Debería difundirse mucho más este avance tecnológico, porque cambiaría el mundo. Estoy seguro de que si Bush pasara las noches sobre un lecho viscoelástico no se levantaría por las mañanas con ganas de disparar sobre bultos humanos. La paz de la tierra estaría garantizada si la viscoelástica conquistara las alcobas.

No sean avaros ni tacaños. Esta mañana traté de obligar a El Soltero de Oro a que comprara uno (son 900 Euros de nada) y me contestó que lleva 11 años con su colchón, que ya se ha acostumbrado a los muelles que pinchan y que no nota nada raro. Mal, muy mal, señor Soltero de Oro, un juez debería incapacitarle para administrar sus bienes. Yo me ofrezco a ser su tutor y a comprarle un colchón como dios manda, un reloj con esfera naranja y una maquinilla de afeitar de cinco hojas: usted necesita esas cosas ¿no se da cuenta?

No se lo piensen: quédense sin viajar este verano, sin vacaciones. Compren este colchón, que es para toda la vida. Ah. Y dulces sueños.

15 junio 2007

El heredero


Nunca me ha preocupado lo más mínimo que mis genes se pierdan. Supongo que es justo que suceda así: la naturaleza es sabia. Hace mucho tiempo elegí a una mujer para que fuera la madre de mis hijos y ella, a su vez, escogió a un bombero. El asco acabó con su matrimonio, como es ley y lo imponen las buenas costumbres. Tuve la oportunidad de verla a ella de nuevo, ya estropeada, y con un niño a medio crecer, obeso y tonto. “Yo podría haberte dado un hijo delgado e inteligente”, me lamenté. Bah. Pero cada cual tiene lo que se merece.

Y yo no merezco tener descendencia. Si mis genes fuesen tan buenos como para que valga la pena perpetuarlos, yo debía haber sido capaz de robarle la novia a ese bombero. Él fue quien ganó la carrera. Al parecer, la conquistó diciéndole a la cara que tenía unos ojos como dos luceros en la noche oscura, y ella se enamoró. Las mujeres son simples, pero hay que atreverse. Y yo soy cobarde. Fui cobarde.

Es justo, pues, morir solo, ab intestato y sin herederos forzosos. Nunca me ha preocupado que cuando yo falte el apellido Ingle se pierda. Pero hace unos meses ocurrió algo que me está reconcomiendo:

A un amigo se le murió un tío. Era un hombre soltero, de 80 años, que vivía solo y únicamente los domingos compartía mesa y mantel con la hermana y los sobrinos. La muerte ocurrió de forma repentina. Faltó a la cita de los domingos, no daba señales, se echó abajo la puerta de su piso y estaba muerto en el suelo de la cocina, con la crisma rota y nadando en un charco de miasmas putrefactas. La autopsia dictaminó que llevaba muerto tres días. Un infarto le sorprendió en la mesa del desayuno, se desplomó, se golpeó la frente, murió. Mi amigo tuvo que limpiar la gusanera. Mi amigo dice que nunca podrá olvidar el olor.

Para mí este suceso ha sido como una revelación: que se puede vivir solo y morir solo sin ningún problema ni sufrimiento. Tendemos a pensar que alguien tendrá que cuidarnos, y por eso deseamos hijos. Pero ya ven: se puede morir con total asepsia y sin sufrir lo más mínimo, sin apenas tiempo de pronunciar la frase “hay que joderse”. Lo de los gusanos no me produce asco (esa parte desagradable es para los que se quedan). Lo que sí me produce asco es la rapiña subsiguiente: ¿qué pasa con la herencia del tío solterón?

En el caso de mi amigo, se apresuraron a ponerlo todo en venta. Se pelearon entre ellos, fue una rapiña, y todavía estaban los gusanos latiendo en el cadáver cuando ellos se paseaban, infames, con sus Mercedes y BMW nuevos por las calles del barrio. Hay que joderse.

Y esto es lo que no quiero que me pase, y por eso he pensado o estoy pensando seriamente que necesito un heredero. Porque el Sr. Ingle tiene una docena de sobrinos, algunos de los cuales no se merecen ni los buenos días (de cabrones que son) y no quiere ni pensar en la rapiña cuando el olor a gusanos lo inunde todo. Esto da mucho asco. Debe evitarse. Y hay remedios.

Ayer estaba comentando con una compañera de trabajo sobre los métodos y trucos para entretener la vida, y sobre lo difícil que es llenar el tiempo cuando no se tienen hijos ni obligaciones familiares y uno ya está aburrido de todo. Según ella, las mujeres al menos tienen la opción de tener un hijo, aunque sea a solas, y que sin embargo los hombres… Pero no comprendía cómo yo, un soltero de oro… Jah, ella no sabe que EL SOLTERO DE ORO es otro, ese simpático anti-blog, que no ha dudado en tirar cohetes al ver que Ingle y Mantel se morían y no posteaban más, y dejaban a la pobrecita Nush con el corazón partío.

Me dijo que ella tiene una amiga, precisamente, que quiere tener un hijo, aunque le faltan los espermatozoides.

-¿Tú no estarías dispuesto? Me preguntó.

Y yo, con la misma rapidez le dije que claro, que yo le donaba el semen.

-¿Pero no… la… follarías?

“Ah, no no”, le contesté arrogante. “Yo se lo doy en un bote y que ella se unte”. Supongo que estas cosas se podrán hacer. Quiero decir, uno le entrega el semen a la mujer y ella se unta con un pincel, como si fuera mermelada, o huevo batido para darle color a un pastel. Porque yo lo tengo muy claro: lo de follar sin amor está bien para los cocodrilos. El ser humano debe ser digno. Y la dignidad empieza por el amor.

En resumen: que lo estoy pensando y puede que me decida. Hay muchos detalles por resolver, pero no lo veo difícil. Yo reconocería a la criatura, le daría el apellido Ingle. Le pasaría una pensión alimenticia, le pagaría una nany para que la madre no tenga problemas para afrontar la crianza en soledad. Y luego, cuando el niño (si es niño) sea un poco más grande, podría traerlo conmigo los fines de semana, y veríamos los partidos de fútbol del Real Madrid y lo llevaría a las actividades extraescolares. Si fuera niña, mi papel sería intentar que no saliera muy puta (que es lo que deben procurar los buenos padres respecto de sus hijas hembras).

Jah. ¡Esto promete ser divertido!

31 mayo 2007

No le dejan a uno morir en paz


Demonio, es que no le dejan a uno morir en paz. Yo pensaba que regentar un blog provinciano daba derecho a una jubilación repentina, anónima e indolora. Pero justo cuando uno está ya con las babuchas de cuadritos rojos y negros, su batín y su periódico bajo el brazo, y su plan para visitar todas las obras los domingos (actividades propias de un jubilado) hete aquí que le tiran a uno de las orejas y le mandan escribir. Jolín. Tengo que mandar una protesta a Amnistía Internacional, para que tutele mejor los derechos de los blogueros que quieren jubilarse.

¿Qué pasa? Pues pasa que esto no puede durar toda la vida. ¿Es que cualquiera de ustedes que escribe un blog se imagina a sí mismo dentro de diez años todavía posteando con plenitud de humor y optimismo? Es duro. El que escribe en un periódico se aguanta porque de eso vive y por eso le pagan, lo que aguza su ingenio o su mala leche: en todo caso, le permite seguir escribiendo. Pero este deporte de postear, por amor al arte, un deporte de tan poco contacto… Está condenado a la hoguera.

En algún momento uno decide incorporarse a otras dimensiones de la vida. Sinceramente, no creo que Second Life le produzca emoción suficiente a nadie para pasarse ahí más de dos semanas. Yo, desde que conseguí mear en los baños de una cafetería de Puerto Banús, ya me he quedado sin incentivos: llegué a la cumbre, por así decirlo.

Y cierto que el avatar baila de puta madre, y que una noche casi se enamora de una neoyorkina en la discoteca del Black Heart’s Longue Café. Pero luego uno amanece teletransportado a su dormitorio de diario, sin ningún avatar de sinuosas curvas al lado, y un bostezo anuncia que es hora de dejar esa tontería de Second Life.

¿Hasta cuándo dura postear? Pues como en el chiste: lo que dura dura. Y yo estoy experimentando un vergonzoso gatillazo. El Sr. Mantel también, y otros muchos. La blogosfera se desinfla, pero es que la blogosfera es aire, y es natural. Yo desde el principio pronostiqué que el fenómeno de los blogs sería pasajero. Igual que los chats. Esas cosas tienen éxito cuando empiezan, y luego van decayendo. Surgirán nuevas plataformas de comunicación, pero… Es decir, volverán las oscuras golondrinas, pero aquellas que aprendieron nuestros nombres: esas no volverán.

Y es que bloguear es como enamorarse. El otro día estuve viendo un documental de japoneses sobre un estudio que hicieron para ver cuánto duraba el enamoramiento de las parejas. En un campus universitario solicitaron el concurso de parejas que llevasen 100 días de enamoradas, y las encuestaron. Todas ellas estaban coladitas. A los 300 días las volvieron a entrevistar, con el resultado de que el amor se las había reducido a la mitad a todas. En este punto, mientras algunas parejas decidían romper, desconcertados por la disminución de los sentimientos, otras continuaban la relación, pero adaptándose a la rutina de una convivencia basada no tanto en la pasión como en otras razones. Por último, a los 900 días, el 100 por 100 de las parejas con las que se había comenzado el estudio, declararon que de su amor no quedaba nada: cero patatero, cenizas de cigarrillo, gusanos de la carne, la nada tan blanca como la leche.

En resumen: que el amor no dura para siempre, ni los blogs tampoco.

Para no dejar este sabor amargo: yo no digo que este sea el último post, pero sí que estoy en crisis, y que hace ya unos cuantos días que intento escribir el artículo titulado “todos los animales son iguales”, y cada vez que empiezo me entra tanto asco que cierro el ordenador de un manotazo y me pongo a ordenar los armarios. Lo malo es que no hay nada que ordenar, hay que joderse, porque soy un ordenado compulsivo y todo está en su sitio y ya casi no queda nada dentro, porque todo lo viejo lo tiro.

No sé, no sé qué hacer. Igual me dedico a tener cybernovias (de nuevo). Esto es más divertido porque de vez en cuando alguna te premia con una foto desnuda junto a la chimenea, y uno se queda maravillado: ¡qué chimenea de mármol más bonita y elegante! Etc.

Y ahora permítanme que me ausente, que el antivirus me reclama para que suscriba la renovación. Esto significa que mi ordenador cumple un año: ¡Feliz aniversario, querido Inspiron 9400! (querido porque no te has colgado ni una sola vez).


Nota: el de la foto soy yo, frente a la pasarela de desfiles de Puerto Banús, en Second Life.

17 mayo 2007

Ragebundo en Second Life




Ragebundo Pera (así se ha bautizado) acaba de estar en Second Life. Se encontraba aburrido de los blogs y decidió iniciar su segunda vida.

Nunca un ser vivo por segunda vez se vio en tanta precariedad. Ragebundo Pera escogió el apellido Pera porque era el único disponible que significaba algo en español. Luego no acertó a ponerse una camisa azul, y se quedó con la blanca que ofrecen de serie. Al ajustar el tamaño, le sobraron mangas (como a los escolares cuya madre no sabía cortarles los puños y les cogían los hombros con unas puntadas: ridículo).

Ragebundo Pera tiene un aspecto físico del montón. No sabe fabricarse ropa moderna a su medida.

Le ha tocado vivir, no sabe cómo, en una isla de mierda, pequeñísima, y se encuentra muy sólo allí. Apenas hay dos edificios modernos pero sin gente. Pasea por las calles, solitarias. Y esto es lo más asqueroso: las calles están llenas de ratas por aquí y allá.

Hay también coches y patinetas para subirse, pero Ragebundo Pera apenas sabe direccionarse para caminar, mal estará preparado para conducicr vehículos virtuales.

Ragebundo Pera está contento únicamente porque en Second Life puede volar, que es lo que siempre ha querido. Aterrizar es hacer Página Abajo, pero se pega unos mamporros terribles, por no orientarse bien en el cielo.

Ragebundo Pera se ha tropezado con un par de mujeres, pero estaban muy ocupadas cambiando su apariencia (tal que en la vida real), y no le hicieron caso, a pesar de que intentó avalanzase sobre una (¿cómo coño se empieza a follar en Second Life?).

Ragebundo Pera ha intentado visualizar algún video de los que hay colocados por aquí y por allá, pero no le sale, es más difícil de manejar que You Tube.

Al final, volando volando, ha llegado a la azotea de un edificio donde había un sujeto masculino, le hizo el único gesto disponible llamado "hula", y que es como hacer el helicóptero con los brazos (tal que en la vida real). El otro sujeto le ha mostrado simpatía, le dijo ciao, Ragebundo contestó ciao, y el otro preguntó si era italiano. Ragebundo Pera mintió como un cosaco (tal que en la vida real). Dijo que sí, que era italiano, y que tenía ganas de volar. El otro macho le ofreció amistad, pero como Ragebundo Pera era principiante (tal que en la vida real) temió que el otro quisiera tumbarlo allí, en aquella soledad de la azotea, y se puso nervioso. No acertaba a volar, parece que si alguien te ofrece amistad no puedes escapar así como así (me pregunto qué sucederá si te piden matrimonio ¿tampoco habrá forma de escapar?).

Ragebundo Pera cerró el cliente de Second Life, y dejó al italiano con un palmo en las narices: cobarde, tal que en la vida real.

Menuda soledad de mierda se encontró Ragebundo Pera en su primer día en Second Life.

07 mayo 2007

El amor se baja en la última estación




Ayer domingo, a la hora de los lagartos, realicé mi acostumbrada visita a las obras de la Avda. Trinidad. En el trayecto de regreso, justo a la altura de la última estación del tranvía, me tropecé con un ramo de rosas tirado en el suelo. Al principio no pensé, pero luego sí pensé: pensé que era una “anormalidad”, porque no eran flores mustias, sino frescas. Era un ramo barato y escaso, no un ramo de floristería. Algunas rosas estaban partidas, pero no desmayadas. Por eso pensé. Pensé que aquel ramo estaba contando una historia, un hecho dramático que seguramente había ocurrido en la misma mañana. Aquellas flores habían sido brutalmente rechazadas: alguien había repudiado un gesto de amor, o de amistad. ¿Pero quién?

En estas circunstancias uno quiere saber, ir más allá del rastro, indagar: y no hay forma. Se podrían emplear el resto de los años venideros y no se resolvería el enigma. Pero yo quería saber. Y lo que hice fue imaginar. Imaginé que la historia había ocurrido más o menos así:

“Ahora estaba solo en la ciudad universitaria. Sus padres y hermanos en la otra isla. Y sus amigos ni aquí ni allá, porque Ragebundo Pantriel era un muchacho sin amigos. Últimamente se encontraba demasiado soltero. Sentía que algo le faltaba para estar completo. Sin embargo se trataba de un sentimiento estéril: él nada podía hacer ni solucionar.

La vio una tarde en la biblioteca de la Universidad, sentada en la misma mesa pero al otro lado. Subrayaba con pulcritud sus apuntes de Derecho Romano, con los mismos colores rosados y naranjas de la pulsera y la diadema. Una chica delgada y morena, con una piel brillante como el aceite de oliva. Hasta su caligrafía era perfecta, y Ragebundo se enamoró al instante.

Frecuentó la biblioteca para encontrársela, y a menudo volvió a coincidir con ella, porque los estudiantes suelen tener un sitio favorito, aún en los lugares públicos. Nerea Carrasco (leyó su nombre escrito en el cuaderno) le hacía volar a las nubes. Descuidó los estudios y se dedicó a soñar con ella, mañana tarde y noche. ¿Podía ser ella para él? Desde luego no. Dentro de diez años él quizás podría ser un notario, pero ahora era un pelagatos, el hijo de un granjero de una isla menor. Ni siquiera tenía coche: ¿cómo invitarla a salir? Pero qué decía invitarla, si era tímido, jamás se atrevería a decirle nada. Él nunca hablaba con nadie. Iba de la pensión a clase, de clase a la biblioteca y de nuevo a la pensión. No.

Pero sus sentimientos se inflaban como un globo, y cada vez sufría más. Al principio gozaba soñando con Nerea, pero ahora era un suplicio, porque la veía inalcanzable y a él… el corazón le iba a estallar. Perdió el apetito. No comía apenas, ni dormía ni estudiaba. Pensaba en ella, pero jamás con deseo: eso tampoco. La pensaba como su mujercita, casada con ella. Pensaba en los hijos comunes y en el futuro común, lo que acrecentaba su congoja.

Una tarde vigiló la salida de la muchacha y la siguió por la calle un buen rato. Pero abandonó en una esquina. Otro día repitió, hasta que dio con el edificio. Ajá. O sea, vivía allí. Y él lo sabía. Los domingos, como no podía verla en la biblioteca, se acercaba a su calle y se paraba frente a la casa. En una ocasión afortunada descubrió su ventana porque Nerea salió a tender ropa. También descubrió que a eso de las once ella salía siempre a comprar el pan vestida con un chándal rosado y su coleta con el turbante siempre a juego. Comenzó a planear no sabía muy bien qué. Pero no paró de pensar hasta que se le ocurrió una idea genial.

Se levantó temprano Ragebundo Pantriel. Tomó dinero del que le daban los padres para libros y se dirigió al mercado. Compró un ramito de rosas mediano y, con el corazón golpeándole el pecho, volvió al edificio de Nerea. La esperó. Era la hora. Y ella apareció. Pero Ragebundo retrocedió, la persiguió de lejos. La chica hizo el recorrido, fue hasta la tienda del pan, y retornó por otra calle paralela. El desdichado Ragebundo iba detrás, trastabillando, medio ciego por la obsesión. La boca espumosa. ¡Se le iba a escapar!

Pero no. Al llegar al portal se adelantó. Se plantó ante ella: ¡Estaba tan hermosa! Jamás la había tenido tan cerca, y tan a solas. No podía hablar, sentía la lengua soldada al paladar. Cuando logró abrir la boca lo soltó todo de golpe, le puso el ramo a su alcance y le dijo que él, en su modesta intención, estaba enamorado, que la había visto, que la veía todos los días, que era perfecta, que nunca en su vida imaginó que se podía ser tan perfecta, que la quería, que se quería casar, se le escapó, que eso podría esperar pero que no podía contenerse, ya que era lo que deseaba, y con qué fuerzas y…

Nerea Carrasco se había puesto verde. Miró al desgarbado muchacho al que no entendía un comino lo que decía, pero sí entendió, apenas, retrocedió dos pasos, no tocó el ramo que él mantenía extendido, como un pasmarote. Aunque acertó a decirle con tono seco:

-Pero yo… Pero yo tengo novio. Pero es que no ves que… ¿Es que no te das cuenta? Es que tú… Pero es que yo ni te conozco ni: ¿Cómo puedes decir que me quieres si no me conoces? De modo que ya vale, y no me persigas ni me llames ni me escribas ni se lo digas a nadie ni….

Nerea se había encolerizado tanto que no se percató de que ya el desdichado Ragebundo Pantriel escapaba lleno de bochorno y pesar, inundado de una rabia excesiva. Con la fuerza de esa aflicción, y a la vista de la muchacha, lanzó el ramo de flores contra los adoquines de la estación del tranvía. Las sienes le latían. Se le rompía el corazón. Se encontró huérfano, desamparado, y hasta olvidó que era el Día de las Madres, y que la suya esperaba una llamada… “

01 mayo 2007

Un tranvía llamado Nereo



Hoy se escuchó en el telediario la feliz noticia de que un señor de Murcia le ganó una carrera al recién inaugurado tranvía de esta ciudad de los melocotones. Quedan exactamente 30 días para que un suceso análogo ocurra en Tenerife: quiero decir, estrenaremos tranvía, lo del atleta que deja en vergüenza al trenecito espero que se lo ahorren (por patético).

Aguardo con impaciencia el acontecimiento. Sepan ustedes, señoras y señoras peninsulares, que jamás he subido en tren. Los canarios actuales hemos crecido nostálgicos de vías y traviesas, hambrientos de chucu chucu chu y de curas que almuerzan chorizo en un vagón de tercera. La poesía del tren ya nadie podrá devolvérnosla a los que perdimos la infancia en esa lucha infructuosa contra un deseo insatisfecho.

Sin embargo, ya falta menos para igualarnos, y yo me subiré al viaje inaugural del artefacto: aunque no tenga ningún lugar que descubrir (lo cierto es que la línea acaba en El Corte Inglés). Ahora hay una palabra que nos llena la boquita de agua, una palabra sonora que la gente pronuncia con mucho orgullo, como si se notara que dominar este específico vocablo es de catedráticos y de doctores de la ciencia. La palabra es: CATENARIA. Nadie sabía que coño es una catenaria. Y ahora todo el mundo anda con el jodido trabalenguas en la boca. Entra un hombre un bar:

-CAMARERO: ¿Qué le pongo, señor?

-HOMBRE: Pues una catenaria bien heladita con una guindilla, si me hace el favor.

Soy un gran aficionado a la tecnología y a la mecánica y a la arquitectura. La semana pasada tuve la enorme fortuna de hacer una visita a las cocheras de Metropolitano de Tenerfife (Jah, creo que suena mejor que “Metropolitano de Murcia”, que parece que es una marca más de melocotones en almíbar). Allí me explicaron las tripas del tren y me aclararon los grandes enigmas.

Por ejemplo, que tienen todas las paradas vigiladas con cámaras, y que desde la Central los controladores están perfectamente al tanto de si en La Trinidad hay un hombre de chamarra beig metiéndose el dedo en la nariz, o una señora gorda se rascó el culo como por descuido pero con toda la intención. En fin, un Gran Hermano más. A mí no me importa, porque en la oficina estamos vigilados por cámaras y yo ya no me corto. Me molesta un poco la que está sobre el urinario, pero, oiga, que la securita también tiene derecho a animarse de vez en cuando.

El sistema de pago es curioso: curioso porque te puedes colar en el tranvía y nadie te pide billete. El chófer va en su cabina a lo suyo. Uno puede llevar billete y pasarlo por la ranura para cancelarlo, pero si no lo haces, el tren sigue su curso. Pero esto no es tan así: un sistema de infrarrojos contea a los viajeros al cruzar las puertas. Y luego compara el resultado con los billetes cancelados. De esta forma, en la Central detectan cuantos “negros” están viajando de gorra y en la siguiente parada entra un revisor y les estalla una tremenda multa de 100 Euros con la que se cagan por las patas. Sí: los llaman “negros”, ese es el argot. No me pregunten por qué, que los negros, por lo menos cuando viajan por mar, están acostumbrados a pagar, y bien caro.

Pensando pensando, se me ha ocurrido una manera de engañar el sistema. Si una pareja entra bien abrazada, morreándose si es preciso, cogiéndose bien por el culo y con los pelos de ambos revueltos, no creo que el dispositivo infrarrojo se percate de que son dos personas y no una: la una caro, que dice el Derecho Canónico. Así pues, las parejitas están de enhorabuena, porque pueden estafar.

De la tecnología del tren me sorprendió que tuviera en los laterales de los vagones una como tapita de depósito de gasolina. Pero ¿si es eléctrico a qué viene esa tapita para gasolina? Jah, pues no es para gasolina. Es que el tranvía lo que consume es arena, que sopla sobre la vía si por lluvia o nieve o corrida pierde adherencia. Tenían allí un surtidor de arena, para repostar, tal cual los hay en las estaciones de British Pretroleum o Shell: ¡Arena!

Pero sin duda, el numero estrella que nos tenía reservado el Gerente era el sistema de recolección de cadáveres. Esto es así: si el tren atropella a un peatón y lo mete bajo las ruedas, lo natural es que empiecen a pasarle por encima todos los rodillos y cuando la serpiente multicolor le pase por completo acabe como carne picada para hamburguesa. Eso queda muy mal. No es ecológico. No respeta el medio ambiente, y mucho menos la dignidad humana. Por eso han puesto un dispositivo automático, una especie de bastón que, al tropezar con el cuerpo atropellado, libera una cuchara que atrapa a la víctima y la protege de de los rodamientos. ¡Es genial! ¡La lleva en volandas hasta el fin del trayecto!

El cadáver lo recogen los de mantenimiento cuando el tranvía regresa a cocheras. Allí llaman a la familia del finado y les dan a elegir un ataúd de cualquiera de los cuatro colores del tranvía: azul, verde, amarillo o naranja. Si acaso el sujeto aún respira o puede valerse, no tiene derecho a ataúd, pero le regalan una carcasa para el móvil también de cualquiera de los cuatro colores a elegir.

Metropolitano de Tenerife está en todo. Tienen detallazos. Es preciso reconocerlo. ¡Ay! ¡Es que no veo el día de estrenarlo! Ahora mismo me apetece el color naranja.

22 abril 2007

Los guanches nunca fuimos ángeles




Los guanches eran los aborígenes de las Islas Canarias antes de la llegada de los españoles. Nos conquistaron, o nos rendimos o nos civilizaron. Da igual: los guanches nunca fuimos ángeles. Nuestra vestimenta era tosca, apenas unos harapos de cabra peluda y una enorme lanza para saltar barrancos. Eso era todo.

La mayoría de los que estamos aquí ahora puede que no tengamos demasiados genes guanches. En lo que a mí se refiere, sospecho que tengo más sangre gallega que de aborigen canario: una es porque mi madre se apellida Castro, y otra es porque me gustan más las camisas de Pedro del Hierro que las hediondas pieles de cabra. Así que no voy a hablar más en primera persona.

Los guanches eran seres bárbaros. Si les nacían bebés y andaban escasos de comida los mataban: vamos, que no se molestaban en ir a la farmacia a por leche. Bueno, algunos pájaros hacen lo mismo si no tienen suficientes gusanos o lagartijas para repartir entre la prole. Comportamiento natural lo es.

Otra costumbre pintoresca es que a las mujeres, un mes antes de la boda, las encerraban en una cueva y las sobrealimentaban con gofio y leche para que estuvieran hermosotas la noche de nupcias: se nota que les gustaba tener dónde agarrarse (Kate Moss no se hubiera comido un rosco con esta gente, está claro). Hoy en día, en Canarias la costumbre es muy distinta: a las chicas hay alejarlas durante un mes de la nevera para que al menos les entre el vestido de novia.

Creo que no sabían escribir. Y como artistas hicieron sus pinitos. Tenemos dibujos sobre piedra, algunos meritorios. Lo que más abunda es ese simbolito de la espiral. Al parecer, lo estampaban por todas partes. No se sabe muy bien qué significa esa espiral (Figura A de la foto): dicen que puede representar el infinito. Y lo que sí está claro es que es un elemento que está presente en todas las civilizaciones antiguas de todo el planeta. Es la forma del caracol, del remolino de agua, de las galaxias… Aunque a mí me parecen asuntos triviales para obsesionarse con ellos. ¿Qué les importaba a esos pobres monos vestidos con pieles de cabra el concepto de infinito? ¿Y el caracol?

Pensando en el asunto, hace un par de meses se me ocurrió una teoría que explicaría esta obsesión por la espiral. La bombilla se me encendió al recordar un suceso de mi infancia. Cuando empecé la escuela, tenía un compañero de pupitre que estaba muy salido. Éramos niños de siete u ocho años, pero allí no se hablaba de otra cosa que de sexo. Un día me contó que había soñado con Teresita y al despertarse se había encontrado un agujero en la sábana (mentiroso también era, ojo). Bien, pues este niño dibujaba en todas partes el símbolo del sexo femenino (Figura B de la foto): en la tabla del pupitre, en los libros, en los cuadernos, en la goma, en el anverso de la mano. Dibujaba el sexo y le clavaba luego la punta del lápiz en la rajita. En una ocasión mi madre me encontró en mi cuaderno una de esos “logotipos” y me echó un tremendo rapapolvo: que si me gustaba la concha, eh, te gusta la conchita, ¿verdad? Y yo: no, no, mamá, si no es una concha, es una vaquita de San Antonio… Pero no coló. Y yo, inocente de mí, me quedé tan traumatizado que…

Entonces pensé: ¿Y si la espiral de los guanches tuviera relación con el sexo?

Hoy en día asociamos con naturalidad los conceptos de matrimonio, amor y sexo. Sin embargo los griegos no mezclaban. Es decir, ellos lo que mezclaban era el vino con agua, pero no el matrimonio con los otros dos asuntos. Para los griegos el matrimonio era poco menos que un negocio. La palabra “matrimonio”, de hecho, viene de “patrimonio”. Se unían un hombre y una mujer para poner en común sus propiedades y adquirir así mayor fortuna (*). Con la esposa cohabitan para tener descendencia, pero no buscaban en ella ni placer sexual ni amor. Para el placer sexual acudían a las prostitutas (que para eso eran expertas), mientras que el amor romántico lo reservaban a los efebos, es decir, “jovencitos”. De ahí que a lo de dar por el culo lo denominemos “amor griego”. Los griegos eran una cultura muy avanzada, de modo que esto no era considerado vicio ni degradación, sino un comportamiento absolutamente arraigado y aceptado. Para los varones griegos antiguos, la obsesión no era la vulva que mi amigo de la escuela dibujaba en los cuadernos, sino el agujero redondo: el culo peludo de otro varón.

Y aquí está mi teoría: la espiral esa lo que me parece es el símbolo de un esfínter anal. Y si los guanches esculpían en las cuevas y las rocas de lugares apartados esas espirales, era como medio para señalizar los lugares de encuentro. Es decir, si uno se tropezaba con esas marcas, ya se podía esperar allí un ratito, que pronto aparecería otro guanche dispuesto a levantarse su hedionda piel de cabra y ponernos su culo en pompa.

Jah. A los guanches les iba el rollo griego. Seguro. No andaban preocupados por el infinito, qué chorrada. Les preocupaba el culo. Era eso.


(*) Por supuesto hoy en día no podríamos aplicar el modelo griego. Casarse con una mujer no es un medio para adquirir mayor fortuna, sino para perder la que tienes.

17 abril 2007

La mierda sabe a pasta gansa


Estar estreñido es un suplicio, tan sólo superado por la tortura de tener el desagüe del fregadero atascado. De esto he sufrido mucho estos días. Llegué a rechazar el comer, para no tener que lavar los platos: tan deprimente se me hacía el charco de agua sucia y jabonosa que no acaba de irse.

Yo creía que este problema lo tenía resuelto. Justo hace un año, cuando estrené la cocina de IKEA, me permití llamar a unos fontaneros profesionales que, armados de una sofisticada serpiente de metal, zanjaron el conflicto y restituyeron la voracidad del sumidero. Tan contento me quedé, que derrochaba litros de agua para escuchar el gluc gluc cantarín del sifón. Ellos me prometieron que no tendría problemas en cinco años. Jah. Fontaneros son buenos fontaneros, pero como adivinos no se ganarían la vida.

Un año y resurgió la angustia de las cañerías obstruidas. No iba a perder el tiempo esta vez con remedios de andar por casa. La doméstica Llovizna recomendó vinagre. Otros abogaron por la Coca Cola. Probé el agua caliente con lejía. Nada. La ventosa empeoró la enfermedad. No intenté con productos químicos. Ellos me advirtieron que son un peligro. Que pueden cristalizar en la tubería formando un tapón definitivo. Y no resuelven. Compré una culebrilla que tampoco me sirvió: el ferretero ya me advirtió que eso era como el follar, que hacían falta dos personas. No le hice caso y así me fue. Perdí cuatro euros, un mal menor.

Esta mañana decidí acabar de una vez con el sufrimiento: a cualquier precio. Llamé de nuevo a los fontaneros expertos y esta tarde se presentaron con puntualidad a la cita. Llegaron armados con su gran serpiente de metal, la metieron hasta el fondo, seis o siete metros, tan larga como la tenían. Y ya está. Tardaron media hora y el sumidero recuperó su voracidad. Retiraron su serpiente y yo les pedí la cuenta: 90 euros.

La sensación fue agridulce. Me encontraba feliz por haber resuelto el problema. Pero pagar 90 euros por un trabajo tan simple que sólo dura media hora… Yo me había levantado a las 6.30 para cumplir mi jornada de ocho horas y seguramente no llego a los 90 euros en todo ese tiempo. Y lo peor es que para obtener este salario tuve que estudiar durante 25 años como un cabrón. Y además aguantar un estrés de cojones. Para ser fontanero no hace falta estudiar un pijo, no hay que hacer inversiones: una serpientita de metal y un motor vibrador sale por dos perras. Y en cuanto a estrés, ustedes verán si dejar que la serpientita esa te brinque entre los dedos supone alguna clase de tensión.

De modo que algo jodido me quedé con estos pensamientos. Las comparaciones son odiosas. Ellos en media hora se levantaron los 90 euros de una manera tan fácil. A lo largo del día podrán llegar a los 1000 euros con facilidad. Y yo, con mi bastardo título universitario, currando ocho horas por una cantidad ridícula (en comparación).

Menos mal que soy inteligente y siempre encuentro el modo de consolarme. El consuelo, en este caso, fue el asco. Porque ellos metieron su serpientita siete metros desagüe abajo. Alcanzaron el tubo grande por donde circula la mierda. La serpiente debió de salir, por fuerza, untada de babas marrones. Uno de los dos fontaneros me pidió jabón y se lavó al terminar. Pero el otro no. Con las mismas manitas de serpiente mierdosa se montó en el coche y tomó rumbo.

Seguro que llegó a su casa y abrazó a su esposa con manitas de mierda. Que se tumbó a ver la tele y se restregó los ojos, y la nariz y los labios con sus manitas de mierda. Y que más tarde se comió su bocadillo de salami con sus manitas de mierda, y que con el último bocado se llevó las yemas de los dedos a los labios con curiosidad: ¿A qué sabe? Se preguntó. Pero la vida es así. El que trabaja con mierda se acostumbra a ella. En realidad, para un fontanero, la mierda tiene sabor a pasta gansa.

Concretamente: 90 euros cada media hora. Hay que joderse.

09 abril 2007

No quiero ser Mr. Universo



Los humanos somos acomplejados por naturaleza. Igual que un gato se espanta de sí mismo al verse reflejado en un espejo, los hijos de Adán renegamos de nuestro físico al ver nuestra imagen: Vaya orejas de soplillo, dientes de vampiro que me tocaron joer, mierda de dedos torcidos de los pies, coño si no tengo tetas y me cabe el móvil y las llaves en la copa del sujetador, ya podían haberme puesto un poquitín más de chorizo, etc.

Nos regodeamos en nuestros defectos. Los exageramos hasta exasperar a los demás, y no aceptamos los piropos por precaución: no sea que se estén burlando.

Una de mis fantasías de adolescente introvertido era imaginar que me daban la opción de cambiar mi físico por el de otro varón conocido: no importaba cuán bello y famoso. La cosa no era fácil, al principio parecía que cualquier opción era buena, pero siempre todos tenían algún rasgo que me desagradaba. Bertín Osborne era mi presa más codiciada: era alto, de ojos azules, con voz cavernosa. En aquella época era lo más de lo más. Sin embargo, una vez tomada la decisión, me asaltaban dudas: ¿Y si tenía las uñas mordidas y las manos sudorosas? ¿Y si le olían los pies? ¿Y si tenía la lengua sucia y pastosa? ¿No es asqueroso guardar dentro de la boca de uno la lengua de una persona ajena? ¿Una lengua blanca y ácida?

El ejercicio de imaginación terminaba con el convencimiento de que no deseaba tener el físico de otro varón, ni siquiera el de Bertín Osborne. Prefería ser yo, con todo el rosario de defectos que sólo uno es capaz de atribuirse.

Será cosa del instinto de conservación. Desear el cuerpo de otro es tanto como renunciar a la propia vida, o sea, el fin de la especie. Nadie desea ser otra persona, por muy mal que estén las cosas sentimos el deseo de vivir nuestra vida y nuestro cuerpo. Acaso podemos desear tener otra nariz, otros ojos, otros dientes, o sea, partes, pero no el completo de otra persona.

De todas formas, a veces nos lo ponen a huevo. Sobre el papel todos los hombres querríamos tener el cuerpo de Mr. Universo. Jah. Pues no. Miren esa foto. Se llama Doug Burns, y, contrariamente a lo que podría pensarse, es el actual Mr. Universo. Pueden ir al baño a vomitar y luego retornen para seguir leyendo.

A la vista de este retrato de perdedor, puedo jurar por la memoria de mis antepasados que vivían en las ramas que no quiero tener el físico de Mr. Universo. Yo no le daría ese título. El que le hace justicia es el de “Mr. Viejorro”. Tiene 43 años el cabrón, y no hace falta decirlo, lo lleva escrito en el careto, todas esas arrugas que parecen zanjas abiertas por un batallón de zapadores. ¿Por qué coño exigen tan poco para ser Mr. Universo? A las mujeres no les permiten tener más de 18 años, ni las dejan tener novio, ni estar paridas. Y sin embargo para Mr. Universo se conforman con un pardillo viejorro como éste, que ni siquiera tiene las cejas depiladas. Se le ve hasta el cartón de la cabeza. Y los ojos son de zangolotino. Una mirada de perro chucho. ¿Alguna mujer tendría el valor de admitir sexo con este individuo? Yo lo imagino con una red limpiando la piscina de una familia adinerada, pero me cuesta visualizarlo en plena jodienda con una mujer buenorra (que es el oficio de todo Mr. Universo que se precie).

Pero por dios, ¡si es que hasta la chapa la tiene fatal! ¿Alguien concibe que elijan como coche del año un Picantus con un bollo en el capó y otro en la defensa? Pues este Mr. Universo está abollado por todos lados. Le han dado un buen mamporro en la frente. Un accidente ridículo. Resulta que este Doug Burns es diabético, fue al cine y le dio un ataque de hipoglucemia. Se dirigió a la cafetería, desorientado y sudorso, y el vigilante lo tomó por un borracho. Llamó a la policía y éstos lo rociaron con un aerosol de pimienta y lo golpearon. Nadie se dio cuenta de que llevaba el brazalete de alerta médica donde informaba de su diabetes (dice la nota de prensa), ni tampoco de que el desgraciado balbuceaba:

-Que soy Mr. Universo, coño, que soy Mr. Universo.

Pero claro, quién iba a pensar que un adefesio así podría ser Mr. Universo.

Yo no quiero ser Mr. Universo. Además: ¿Para qué? El título de Mr. Universo sólo sirve para que jovencitas imponentes se te metan en la cama sin siquiera darte los buenos días o preguntarte por la salud de la familia. No. Muchas gracias.

31 marzo 2007

Mujeres con rabo: ¿dónde mear?



Cuando estudias Derecho, una de las primeras cosas que te enseñan es que la Ley lo puede todo, menos cambiar un hombre en mujer. Bien, pues en España, desde hace unas semanas, la ley también puede cambiar un hombre en mujer. Acaba de aprobarse una norma que permite que cualquier persona pueda cambiar el sexo con el que figura inscrita en el Registro Civil sin tener que operarse. Es decir, un individuo que nació con cuerpo de hombre ya no necesita inflarse las tetas, cortarse el rabo y cavarse un agujero para que el Registro Civil le otorgue el título de Real Hembra.

A mí estas cosas me gustan, que quieren que les diga. Los gobiernos insolentes que rajan contra las tradiciones y la moral rancia me suben el tono. Me encanta ver a los obispos o a los falangistas escamándose por los matrimonios hombre-hombre, mujer-mujer. Y ahora tenemos esto. Jah.

De todas formas el asunto no es tan fácil. La ley muy bien, pero ahora hay que aplicarla, y el Gobierno en esto nos ha dejado solos. A mí esta semana se me ha presentado un conflicto de cojones, y nunca mejor dicho. La cosa sucedió así:

Uno de mis empleados me cogió a primera hora de la mañana y… Bueno, no quiero decir que “me cogió”, quiero decir, que entró al despacho, se plantó en la silla y empezó a largar. Me dijo que iba a acogerse a la nueva Ley del Registro Civil, y que se inscribiría como mujer. ¿Y a mí qué me importa, Pedro Porta? ¿Por qué me lo cuentas? Jah, lo que pretendía es que, en cuanto le aprueben el cambio de identidad sexual, que le dejen usar el baño de mujeres.

Jeje, me reí. Qué gracia. Creí que estaba de broma. Pedro es de muchas ironías. Pero el cabrón me mostró la instancia y era verdad. Joder, joder, menudo papelón. ¿Y qué podía hacer yo? Lo primero es el diálogo. Consulté con algunas de las chicas de la oficina, con las que tengo más confianza. Y todas se quedaron amarillas, que ni de coñas, que menuda carota, el Pedro Porta.

Y tienen razón. Porque Pedro Porta no tiene, precisamente, aspecto de mujer. Es un tipo de unos cincuenta años, bastante gordo y peludo como un orangután. Lleva incluso bigotillo de facha. No es nada femenino. Es más: de todos los que trabajamos en la planta, es el que más paquete tiene, y lo muestra. Usa unos vaqueros muy ceñidos, y lo marca todo: es como un chorizo de cantimpalo y dos riñones de cerdo comprimidos. Lo único es que se da un poco de carmín en los labios, y se dobla las pestañas. Pero sigue siendo a ojos vistas un pedazo de animal macho.

Se lo expliqué, que las chicas no querían, que lo comprendiera. Pero él me replicó que lo entendiera a él, que llevaba mucho tiempo soportando la humillación. Que en su interior él se sentía “una señora” (me lo dijo con esas palabras, angelito), y que le resultaba muy violento entrar al baño de hombres y verlos todos allí contra la pared, sacudiendo sus venablos. Me amenazó con ir al sindicato.

Así que me cagué en la nueva Ley del Registro Civil, y por primera vez añoré los tiempos en que gobernaba la derechona. ¿Cómo se resuelve una papeleta así? A la mañana siguiente, al despertarme, se me encendió la bombilla: Ya está, que haga pis en el baño de discapacitados, que está muerto de risa (sólo lo usa la limpiadora para tomarse su bocadillo a media mañana). Fui contento a decírselo a Pedro pero fue como mentarle al diablo: Que qué me creía, que lo que estaba haciendo vulneraba su honor y le discriminaba sexualmente. Me argumentó que ser transexual no estaba considerado una discapacidad. Y yo patinando, mierda, rojo de ira. Pero al final lo rematé:

-¿Qué no es una discapacidad? Mira, Pedro Porta: ¿Qué clase de mujer eres tú? Por mucho que lo ponga tu DNI, no tienes un maldito agujero sin mierda para meterla dentro. Eso te discapacita como mujer.

Bueno, y me largué. No quise escuchar más. Ya no es suficiente con aguantar a los orangutanes y a los cazadores. Encima tengo que arreglar el problema de dónde mean las mujeres con rabo. Hay que joderse.

Los japoneses son más listos. En su país los baños son unisex. Miren la foto.