
Tengo que hacer una confesión pública. Si fuera político no podría: me rajarían vivo como rajaron a Rajoy, al que casi le dan por toda la raja. Mi confesión es:
-Hola, me llamo Sr. Ingle y me patea el culo el cambio climático.
No soy partidario del cambio climático. Al menos no del cambio climático que vivimos, que es inventado. Una moda pasajera. Y tengo ganas de decirlo:
-Al Gore, ahí te pudras, embustero.
Y otra confesión que quiero hacer:
-Hola, me llamo Sr. Ingle y adoro el CO2. Es parte de mi vida, lo llevo dentro.
Aquí no hay ningún cambio climático. Llueve y hace calor, como siempre ha sido. Unas veces estamos calientes, otras inapetentes. El único que está cambiando es Al Gore, que está pasando de pobre solemne a desvergonzado millonario, gracias a los ingresos de su película. Y como los periodistas se han dado cuenta de los pingües beneficios que acarrea ser acólito del cambio climático, ahí están, mareándonos y amenazándonos 24 horas al día siete días a la semana.
Señores idiotas: una playa que se ha formado en millones de años no puede desaparecer en cincuenta años, ni aunque se deshiele el Ártico ni aunque mi vecina descongele su frigorífico Kelvinator. ¿Qué problema hay en que se derritan los casquetes polares? Está demostrado empíricamente que una persona puede vivir sin casquetes, porque hay alternativas al alcance de la mano.
Estamos llegando a extremos ridículos, esto es el cuento del vestido nuevo del rey, y nadie se atreve a decir que el rey va desnudo. Esta semana afirmaban en un informativo regional que los atunes habían desaparecido de las aguas de El Hierro por el cambio climático: y digo yo, ¿no será más bien que los esquilmaron los pescadores con sus redes? Porque si hace más calor, un atún se podrá aliviar con un ventilador comprado en Alcampo, como todo el mundo, digo yo, aunque sea pez podrá hacerlo. Sólo nos queda que las inexplicables lluvias de ranas las achaquen ahora al cambio climático. No me jodan: lluvias de ranas ha habido desde que el hombre es hombre y la rana croaba en una charca.
Se han vuelto locos a comercializar aparatos que miden nuestra emisión de CO2. Y la gente ya no sabe qué medir para ser más original. Un tonto del nabo ha dicho por ahí que por leer una página web lanzamos a la atmósfera la espeluznante cantidad de 1 gramo de este gas demoníaco. Es horrible, qué culpable me siento. Voy a cancelar el blog para contribuir a la salud del planeta.
Esta mañana me desperté inquietado por la noticia de que en la ciudad estadounidense de Milwaukee (Winconsin) una persona murió aplastada por una tonelada de CO2. Se trata de un sujeto de raza negra que cruzaba desprevenido una calle y en ese instante se le vino encima la tonelada. Por ahora se desconoce la identidad del responsable de la emisión. La policía está tras la pista de una señora que usa mucho el horno porque le gustan los kekes.
Al paso que vamos van a acabar como los curas: nos harán creer que emitir CO2 produce ceguera, como la masturbación. Bueno, un amigo mío se quedó ciego maturbándose, esto es verdad. Claro que él iba conduciendo en ese instante a más de 120 por hora.
¿Por qué les ha entrado esta perreta contra el CO2? Antes se hablaba de la contaminación en las ciudades. La contaminación es un enemigo lógico. Pero ¿el CO2? Por dios, ¡si ni siquiera huele mal! Si algo apesta, es malo. Pero si no apesta yo al menos le daría el beneficio de la duda.
De todas formas me alegro de que se estén poniendo las pilas. Lo que sí me interesa es que se cambie el modelo energético. No tiene que existir la amenaza de un cambio climático para que enterremos de una jodida vez la costumbre bárbara de quemar el muslo podrido de un dinosaurio para que funcione nuestro coche y nuestras bombillas. Pero si a ellos lo que les mueve es esa mentira del CO2, por mí vale. Me alegro. ZP ha dicho que adoptará medidas legislativas. La ley lo puede todo, incluso cambiar un hombre y mujer. ZP ya lo hizo al legislar para que un hombre se case con otro hombre y se homologuen los agujeros de todos los tipos. Ahora toca obligar a que se cambie el modelo energético.
Yo deseo conducir un coche eléctrico antes de morirme. Creo que es mi única gran meta. Lo demás no me importa. Pero no quiero abandonar este mundo sin saber lo que es una ciudad llena de tráfico sin ruido y sin gases contaminantes. Una ciudad en silencio. Un transporte suave, sin brincos, sin vibraciones. Escuchando la música en silencio dentro de cápsulas que se deslizan como botones en un charco de aceite. Quiero conducir un coche como el de la foto.
Ocurrirá como con los televisores planos. De un año para otro desaparecieron de los escaparates aquellos trastos con panza de los que nadie se acuerda. Los coches eléctricos están al alcance de la mano, y la energía limpia también. El hidrógeno.
Dicen que un coche que funcione con hidrógeno sólo produce emisiones de vapor de agua. Qué guay, dirán algunos. Pero no tan guay. ¿Alguien ha pensado en una autopista de cuatro carriles en hora punta llena de coches que expulsan vapor de agua ardiente? Sería como pasar por un túnel de lavado. La visibilidad estaría comprometida. Supongo que tendrían que hacer como en las secadoras: los coches llevarían un depósito para recoger el agua residual, una vez condensado el vapor.
Esto quiere decir que los coches del futuro mearán como los perros. En algún momento se llenará el depósito de agua y tendrán que arrimarse a algún árbol, levantar una de las ruedas traseras y mear a gusto. Ahora entiendo por qué se han ido plantando árboles al borde de las carreteras: pensando en los futuros coches de hidrógeno.
















