31 mayo 2007

No le dejan a uno morir en paz


Demonio, es que no le dejan a uno morir en paz. Yo pensaba que regentar un blog provinciano daba derecho a una jubilación repentina, anónima e indolora. Pero justo cuando uno está ya con las babuchas de cuadritos rojos y negros, su batín y su periódico bajo el brazo, y su plan para visitar todas las obras los domingos (actividades propias de un jubilado) hete aquí que le tiran a uno de las orejas y le mandan escribir. Jolín. Tengo que mandar una protesta a Amnistía Internacional, para que tutele mejor los derechos de los blogueros que quieren jubilarse.

¿Qué pasa? Pues pasa que esto no puede durar toda la vida. ¿Es que cualquiera de ustedes que escribe un blog se imagina a sí mismo dentro de diez años todavía posteando con plenitud de humor y optimismo? Es duro. El que escribe en un periódico se aguanta porque de eso vive y por eso le pagan, lo que aguza su ingenio o su mala leche: en todo caso, le permite seguir escribiendo. Pero este deporte de postear, por amor al arte, un deporte de tan poco contacto… Está condenado a la hoguera.

En algún momento uno decide incorporarse a otras dimensiones de la vida. Sinceramente, no creo que Second Life le produzca emoción suficiente a nadie para pasarse ahí más de dos semanas. Yo, desde que conseguí mear en los baños de una cafetería de Puerto Banús, ya me he quedado sin incentivos: llegué a la cumbre, por así decirlo.

Y cierto que el avatar baila de puta madre, y que una noche casi se enamora de una neoyorkina en la discoteca del Black Heart’s Longue Café. Pero luego uno amanece teletransportado a su dormitorio de diario, sin ningún avatar de sinuosas curvas al lado, y un bostezo anuncia que es hora de dejar esa tontería de Second Life.

¿Hasta cuándo dura postear? Pues como en el chiste: lo que dura dura. Y yo estoy experimentando un vergonzoso gatillazo. El Sr. Mantel también, y otros muchos. La blogosfera se desinfla, pero es que la blogosfera es aire, y es natural. Yo desde el principio pronostiqué que el fenómeno de los blogs sería pasajero. Igual que los chats. Esas cosas tienen éxito cuando empiezan, y luego van decayendo. Surgirán nuevas plataformas de comunicación, pero… Es decir, volverán las oscuras golondrinas, pero aquellas que aprendieron nuestros nombres: esas no volverán.

Y es que bloguear es como enamorarse. El otro día estuve viendo un documental de japoneses sobre un estudio que hicieron para ver cuánto duraba el enamoramiento de las parejas. En un campus universitario solicitaron el concurso de parejas que llevasen 100 días de enamoradas, y las encuestaron. Todas ellas estaban coladitas. A los 300 días las volvieron a entrevistar, con el resultado de que el amor se las había reducido a la mitad a todas. En este punto, mientras algunas parejas decidían romper, desconcertados por la disminución de los sentimientos, otras continuaban la relación, pero adaptándose a la rutina de una convivencia basada no tanto en la pasión como en otras razones. Por último, a los 900 días, el 100 por 100 de las parejas con las que se había comenzado el estudio, declararon que de su amor no quedaba nada: cero patatero, cenizas de cigarrillo, gusanos de la carne, la nada tan blanca como la leche.

En resumen: que el amor no dura para siempre, ni los blogs tampoco.

Para no dejar este sabor amargo: yo no digo que este sea el último post, pero sí que estoy en crisis, y que hace ya unos cuantos días que intento escribir el artículo titulado “todos los animales son iguales”, y cada vez que empiezo me entra tanto asco que cierro el ordenador de un manotazo y me pongo a ordenar los armarios. Lo malo es que no hay nada que ordenar, hay que joderse, porque soy un ordenado compulsivo y todo está en su sitio y ya casi no queda nada dentro, porque todo lo viejo lo tiro.

No sé, no sé qué hacer. Igual me dedico a tener cybernovias (de nuevo). Esto es más divertido porque de vez en cuando alguna te premia con una foto desnuda junto a la chimenea, y uno se queda maravillado: ¡qué chimenea de mármol más bonita y elegante! Etc.

Y ahora permítanme que me ausente, que el antivirus me reclama para que suscriba la renovación. Esto significa que mi ordenador cumple un año: ¡Feliz aniversario, querido Inspiron 9400! (querido porque no te has colgado ni una sola vez).


Nota: el de la foto soy yo, frente a la pasarela de desfiles de Puerto Banús, en Second Life.

17 mayo 2007

Ragebundo en Second Life




Ragebundo Pera (así se ha bautizado) acaba de estar en Second Life. Se encontraba aburrido de los blogs y decidió iniciar su segunda vida.

Nunca un ser vivo por segunda vez se vio en tanta precariedad. Ragebundo Pera escogió el apellido Pera porque era el único disponible que significaba algo en español. Luego no acertó a ponerse una camisa azul, y se quedó con la blanca que ofrecen de serie. Al ajustar el tamaño, le sobraron mangas (como a los escolares cuya madre no sabía cortarles los puños y les cogían los hombros con unas puntadas: ridículo).

Ragebundo Pera tiene un aspecto físico del montón. No sabe fabricarse ropa moderna a su medida.

Le ha tocado vivir, no sabe cómo, en una isla de mierda, pequeñísima, y se encuentra muy sólo allí. Apenas hay dos edificios modernos pero sin gente. Pasea por las calles, solitarias. Y esto es lo más asqueroso: las calles están llenas de ratas por aquí y allá.

Hay también coches y patinetas para subirse, pero Ragebundo Pera apenas sabe direccionarse para caminar, mal estará preparado para conducicr vehículos virtuales.

Ragebundo Pera está contento únicamente porque en Second Life puede volar, que es lo que siempre ha querido. Aterrizar es hacer Página Abajo, pero se pega unos mamporros terribles, por no orientarse bien en el cielo.

Ragebundo Pera se ha tropezado con un par de mujeres, pero estaban muy ocupadas cambiando su apariencia (tal que en la vida real), y no le hicieron caso, a pesar de que intentó avalanzase sobre una (¿cómo coño se empieza a follar en Second Life?).

Ragebundo Pera ha intentado visualizar algún video de los que hay colocados por aquí y por allá, pero no le sale, es más difícil de manejar que You Tube.

Al final, volando volando, ha llegado a la azotea de un edificio donde había un sujeto masculino, le hizo el único gesto disponible llamado "hula", y que es como hacer el helicóptero con los brazos (tal que en la vida real). El otro sujeto le ha mostrado simpatía, le dijo ciao, Ragebundo contestó ciao, y el otro preguntó si era italiano. Ragebundo Pera mintió como un cosaco (tal que en la vida real). Dijo que sí, que era italiano, y que tenía ganas de volar. El otro macho le ofreció amistad, pero como Ragebundo Pera era principiante (tal que en la vida real) temió que el otro quisiera tumbarlo allí, en aquella soledad de la azotea, y se puso nervioso. No acertaba a volar, parece que si alguien te ofrece amistad no puedes escapar así como así (me pregunto qué sucederá si te piden matrimonio ¿tampoco habrá forma de escapar?).

Ragebundo Pera cerró el cliente de Second Life, y dejó al italiano con un palmo en las narices: cobarde, tal que en la vida real.

Menuda soledad de mierda se encontró Ragebundo Pera en su primer día en Second Life.

07 mayo 2007

El amor se baja en la última estación




Ayer domingo, a la hora de los lagartos, realicé mi acostumbrada visita a las obras de la Avda. Trinidad. En el trayecto de regreso, justo a la altura de la última estación del tranvía, me tropecé con un ramo de rosas tirado en el suelo. Al principio no pensé, pero luego sí pensé: pensé que era una “anormalidad”, porque no eran flores mustias, sino frescas. Era un ramo barato y escaso, no un ramo de floristería. Algunas rosas estaban partidas, pero no desmayadas. Por eso pensé. Pensé que aquel ramo estaba contando una historia, un hecho dramático que seguramente había ocurrido en la misma mañana. Aquellas flores habían sido brutalmente rechazadas: alguien había repudiado un gesto de amor, o de amistad. ¿Pero quién?

En estas circunstancias uno quiere saber, ir más allá del rastro, indagar: y no hay forma. Se podrían emplear el resto de los años venideros y no se resolvería el enigma. Pero yo quería saber. Y lo que hice fue imaginar. Imaginé que la historia había ocurrido más o menos así:

“Ahora estaba solo en la ciudad universitaria. Sus padres y hermanos en la otra isla. Y sus amigos ni aquí ni allá, porque Ragebundo Pantriel era un muchacho sin amigos. Últimamente se encontraba demasiado soltero. Sentía que algo le faltaba para estar completo. Sin embargo se trataba de un sentimiento estéril: él nada podía hacer ni solucionar.

La vio una tarde en la biblioteca de la Universidad, sentada en la misma mesa pero al otro lado. Subrayaba con pulcritud sus apuntes de Derecho Romano, con los mismos colores rosados y naranjas de la pulsera y la diadema. Una chica delgada y morena, con una piel brillante como el aceite de oliva. Hasta su caligrafía era perfecta, y Ragebundo se enamoró al instante.

Frecuentó la biblioteca para encontrársela, y a menudo volvió a coincidir con ella, porque los estudiantes suelen tener un sitio favorito, aún en los lugares públicos. Nerea Carrasco (leyó su nombre escrito en el cuaderno) le hacía volar a las nubes. Descuidó los estudios y se dedicó a soñar con ella, mañana tarde y noche. ¿Podía ser ella para él? Desde luego no. Dentro de diez años él quizás podría ser un notario, pero ahora era un pelagatos, el hijo de un granjero de una isla menor. Ni siquiera tenía coche: ¿cómo invitarla a salir? Pero qué decía invitarla, si era tímido, jamás se atrevería a decirle nada. Él nunca hablaba con nadie. Iba de la pensión a clase, de clase a la biblioteca y de nuevo a la pensión. No.

Pero sus sentimientos se inflaban como un globo, y cada vez sufría más. Al principio gozaba soñando con Nerea, pero ahora era un suplicio, porque la veía inalcanzable y a él… el corazón le iba a estallar. Perdió el apetito. No comía apenas, ni dormía ni estudiaba. Pensaba en ella, pero jamás con deseo: eso tampoco. La pensaba como su mujercita, casada con ella. Pensaba en los hijos comunes y en el futuro común, lo que acrecentaba su congoja.

Una tarde vigiló la salida de la muchacha y la siguió por la calle un buen rato. Pero abandonó en una esquina. Otro día repitió, hasta que dio con el edificio. Ajá. O sea, vivía allí. Y él lo sabía. Los domingos, como no podía verla en la biblioteca, se acercaba a su calle y se paraba frente a la casa. En una ocasión afortunada descubrió su ventana porque Nerea salió a tender ropa. También descubrió que a eso de las once ella salía siempre a comprar el pan vestida con un chándal rosado y su coleta con el turbante siempre a juego. Comenzó a planear no sabía muy bien qué. Pero no paró de pensar hasta que se le ocurrió una idea genial.

Se levantó temprano Ragebundo Pantriel. Tomó dinero del que le daban los padres para libros y se dirigió al mercado. Compró un ramito de rosas mediano y, con el corazón golpeándole el pecho, volvió al edificio de Nerea. La esperó. Era la hora. Y ella apareció. Pero Ragebundo retrocedió, la persiguió de lejos. La chica hizo el recorrido, fue hasta la tienda del pan, y retornó por otra calle paralela. El desdichado Ragebundo iba detrás, trastabillando, medio ciego por la obsesión. La boca espumosa. ¡Se le iba a escapar!

Pero no. Al llegar al portal se adelantó. Se plantó ante ella: ¡Estaba tan hermosa! Jamás la había tenido tan cerca, y tan a solas. No podía hablar, sentía la lengua soldada al paladar. Cuando logró abrir la boca lo soltó todo de golpe, le puso el ramo a su alcance y le dijo que él, en su modesta intención, estaba enamorado, que la había visto, que la veía todos los días, que era perfecta, que nunca en su vida imaginó que se podía ser tan perfecta, que la quería, que se quería casar, se le escapó, que eso podría esperar pero que no podía contenerse, ya que era lo que deseaba, y con qué fuerzas y…

Nerea Carrasco se había puesto verde. Miró al desgarbado muchacho al que no entendía un comino lo que decía, pero sí entendió, apenas, retrocedió dos pasos, no tocó el ramo que él mantenía extendido, como un pasmarote. Aunque acertó a decirle con tono seco:

-Pero yo… Pero yo tengo novio. Pero es que no ves que… ¿Es que no te das cuenta? Es que tú… Pero es que yo ni te conozco ni: ¿Cómo puedes decir que me quieres si no me conoces? De modo que ya vale, y no me persigas ni me llames ni me escribas ni se lo digas a nadie ni….

Nerea se había encolerizado tanto que no se percató de que ya el desdichado Ragebundo Pantriel escapaba lleno de bochorno y pesar, inundado de una rabia excesiva. Con la fuerza de esa aflicción, y a la vista de la muchacha, lanzó el ramo de flores contra los adoquines de la estación del tranvía. Las sienes le latían. Se le rompía el corazón. Se encontró huérfano, desamparado, y hasta olvidó que era el Día de las Madres, y que la suya esperaba una llamada… “

01 mayo 2007

Un tranvía llamado Nereo



Hoy se escuchó en el telediario la feliz noticia de que un señor de Murcia le ganó una carrera al recién inaugurado tranvía de esta ciudad de los melocotones. Quedan exactamente 30 días para que un suceso análogo ocurra en Tenerife: quiero decir, estrenaremos tranvía, lo del atleta que deja en vergüenza al trenecito espero que se lo ahorren (por patético).

Aguardo con impaciencia el acontecimiento. Sepan ustedes, señoras y señoras peninsulares, que jamás he subido en tren. Los canarios actuales hemos crecido nostálgicos de vías y traviesas, hambrientos de chucu chucu chu y de curas que almuerzan chorizo en un vagón de tercera. La poesía del tren ya nadie podrá devolvérnosla a los que perdimos la infancia en esa lucha infructuosa contra un deseo insatisfecho.

Sin embargo, ya falta menos para igualarnos, y yo me subiré al viaje inaugural del artefacto: aunque no tenga ningún lugar que descubrir (lo cierto es que la línea acaba en El Corte Inglés). Ahora hay una palabra que nos llena la boquita de agua, una palabra sonora que la gente pronuncia con mucho orgullo, como si se notara que dominar este específico vocablo es de catedráticos y de doctores de la ciencia. La palabra es: CATENARIA. Nadie sabía que coño es una catenaria. Y ahora todo el mundo anda con el jodido trabalenguas en la boca. Entra un hombre un bar:

-CAMARERO: ¿Qué le pongo, señor?

-HOMBRE: Pues una catenaria bien heladita con una guindilla, si me hace el favor.

Soy un gran aficionado a la tecnología y a la mecánica y a la arquitectura. La semana pasada tuve la enorme fortuna de hacer una visita a las cocheras de Metropolitano de Tenerfife (Jah, creo que suena mejor que “Metropolitano de Murcia”, que parece que es una marca más de melocotones en almíbar). Allí me explicaron las tripas del tren y me aclararon los grandes enigmas.

Por ejemplo, que tienen todas las paradas vigiladas con cámaras, y que desde la Central los controladores están perfectamente al tanto de si en La Trinidad hay un hombre de chamarra beig metiéndose el dedo en la nariz, o una señora gorda se rascó el culo como por descuido pero con toda la intención. En fin, un Gran Hermano más. A mí no me importa, porque en la oficina estamos vigilados por cámaras y yo ya no me corto. Me molesta un poco la que está sobre el urinario, pero, oiga, que la securita también tiene derecho a animarse de vez en cuando.

El sistema de pago es curioso: curioso porque te puedes colar en el tranvía y nadie te pide billete. El chófer va en su cabina a lo suyo. Uno puede llevar billete y pasarlo por la ranura para cancelarlo, pero si no lo haces, el tren sigue su curso. Pero esto no es tan así: un sistema de infrarrojos contea a los viajeros al cruzar las puertas. Y luego compara el resultado con los billetes cancelados. De esta forma, en la Central detectan cuantos “negros” están viajando de gorra y en la siguiente parada entra un revisor y les estalla una tremenda multa de 100 Euros con la que se cagan por las patas. Sí: los llaman “negros”, ese es el argot. No me pregunten por qué, que los negros, por lo menos cuando viajan por mar, están acostumbrados a pagar, y bien caro.

Pensando pensando, se me ha ocurrido una manera de engañar el sistema. Si una pareja entra bien abrazada, morreándose si es preciso, cogiéndose bien por el culo y con los pelos de ambos revueltos, no creo que el dispositivo infrarrojo se percate de que son dos personas y no una: la una caro, que dice el Derecho Canónico. Así pues, las parejitas están de enhorabuena, porque pueden estafar.

De la tecnología del tren me sorprendió que tuviera en los laterales de los vagones una como tapita de depósito de gasolina. Pero ¿si es eléctrico a qué viene esa tapita para gasolina? Jah, pues no es para gasolina. Es que el tranvía lo que consume es arena, que sopla sobre la vía si por lluvia o nieve o corrida pierde adherencia. Tenían allí un surtidor de arena, para repostar, tal cual los hay en las estaciones de British Pretroleum o Shell: ¡Arena!

Pero sin duda, el numero estrella que nos tenía reservado el Gerente era el sistema de recolección de cadáveres. Esto es así: si el tren atropella a un peatón y lo mete bajo las ruedas, lo natural es que empiecen a pasarle por encima todos los rodillos y cuando la serpiente multicolor le pase por completo acabe como carne picada para hamburguesa. Eso queda muy mal. No es ecológico. No respeta el medio ambiente, y mucho menos la dignidad humana. Por eso han puesto un dispositivo automático, una especie de bastón que, al tropezar con el cuerpo atropellado, libera una cuchara que atrapa a la víctima y la protege de de los rodamientos. ¡Es genial! ¡La lleva en volandas hasta el fin del trayecto!

El cadáver lo recogen los de mantenimiento cuando el tranvía regresa a cocheras. Allí llaman a la familia del finado y les dan a elegir un ataúd de cualquiera de los cuatro colores del tranvía: azul, verde, amarillo o naranja. Si acaso el sujeto aún respira o puede valerse, no tiene derecho a ataúd, pero le regalan una carcasa para el móvil también de cualquiera de los cuatro colores a elegir.

Metropolitano de Tenerife está en todo. Tienen detallazos. Es preciso reconocerlo. ¡Ay! ¡Es que no veo el día de estrenarlo! Ahora mismo me apetece el color naranja.

22 abril 2007

Los guanches nunca fuimos ángeles




Los guanches eran los aborígenes de las Islas Canarias antes de la llegada de los españoles. Nos conquistaron, o nos rendimos o nos civilizaron. Da igual: los guanches nunca fuimos ángeles. Nuestra vestimenta era tosca, apenas unos harapos de cabra peluda y una enorme lanza para saltar barrancos. Eso era todo.

La mayoría de los que estamos aquí ahora puede que no tengamos demasiados genes guanches. En lo que a mí se refiere, sospecho que tengo más sangre gallega que de aborigen canario: una es porque mi madre se apellida Castro, y otra es porque me gustan más las camisas de Pedro del Hierro que las hediondas pieles de cabra. Así que no voy a hablar más en primera persona.

Los guanches eran seres bárbaros. Si les nacían bebés y andaban escasos de comida los mataban: vamos, que no se molestaban en ir a la farmacia a por leche. Bueno, algunos pájaros hacen lo mismo si no tienen suficientes gusanos o lagartijas para repartir entre la prole. Comportamiento natural lo es.

Otra costumbre pintoresca es que a las mujeres, un mes antes de la boda, las encerraban en una cueva y las sobrealimentaban con gofio y leche para que estuvieran hermosotas la noche de nupcias: se nota que les gustaba tener dónde agarrarse (Kate Moss no se hubiera comido un rosco con esta gente, está claro). Hoy en día, en Canarias la costumbre es muy distinta: a las chicas hay alejarlas durante un mes de la nevera para que al menos les entre el vestido de novia.

Creo que no sabían escribir. Y como artistas hicieron sus pinitos. Tenemos dibujos sobre piedra, algunos meritorios. Lo que más abunda es ese simbolito de la espiral. Al parecer, lo estampaban por todas partes. No se sabe muy bien qué significa esa espiral (Figura A de la foto): dicen que puede representar el infinito. Y lo que sí está claro es que es un elemento que está presente en todas las civilizaciones antiguas de todo el planeta. Es la forma del caracol, del remolino de agua, de las galaxias… Aunque a mí me parecen asuntos triviales para obsesionarse con ellos. ¿Qué les importaba a esos pobres monos vestidos con pieles de cabra el concepto de infinito? ¿Y el caracol?

Pensando en el asunto, hace un par de meses se me ocurrió una teoría que explicaría esta obsesión por la espiral. La bombilla se me encendió al recordar un suceso de mi infancia. Cuando empecé la escuela, tenía un compañero de pupitre que estaba muy salido. Éramos niños de siete u ocho años, pero allí no se hablaba de otra cosa que de sexo. Un día me contó que había soñado con Teresita y al despertarse se había encontrado un agujero en la sábana (mentiroso también era, ojo). Bien, pues este niño dibujaba en todas partes el símbolo del sexo femenino (Figura B de la foto): en la tabla del pupitre, en los libros, en los cuadernos, en la goma, en el anverso de la mano. Dibujaba el sexo y le clavaba luego la punta del lápiz en la rajita. En una ocasión mi madre me encontró en mi cuaderno una de esos “logotipos” y me echó un tremendo rapapolvo: que si me gustaba la concha, eh, te gusta la conchita, ¿verdad? Y yo: no, no, mamá, si no es una concha, es una vaquita de San Antonio… Pero no coló. Y yo, inocente de mí, me quedé tan traumatizado que…

Entonces pensé: ¿Y si la espiral de los guanches tuviera relación con el sexo?

Hoy en día asociamos con naturalidad los conceptos de matrimonio, amor y sexo. Sin embargo los griegos no mezclaban. Es decir, ellos lo que mezclaban era el vino con agua, pero no el matrimonio con los otros dos asuntos. Para los griegos el matrimonio era poco menos que un negocio. La palabra “matrimonio”, de hecho, viene de “patrimonio”. Se unían un hombre y una mujer para poner en común sus propiedades y adquirir así mayor fortuna (*). Con la esposa cohabitan para tener descendencia, pero no buscaban en ella ni placer sexual ni amor. Para el placer sexual acudían a las prostitutas (que para eso eran expertas), mientras que el amor romántico lo reservaban a los efebos, es decir, “jovencitos”. De ahí que a lo de dar por el culo lo denominemos “amor griego”. Los griegos eran una cultura muy avanzada, de modo que esto no era considerado vicio ni degradación, sino un comportamiento absolutamente arraigado y aceptado. Para los varones griegos antiguos, la obsesión no era la vulva que mi amigo de la escuela dibujaba en los cuadernos, sino el agujero redondo: el culo peludo de otro varón.

Y aquí está mi teoría: la espiral esa lo que me parece es el símbolo de un esfínter anal. Y si los guanches esculpían en las cuevas y las rocas de lugares apartados esas espirales, era como medio para señalizar los lugares de encuentro. Es decir, si uno se tropezaba con esas marcas, ya se podía esperar allí un ratito, que pronto aparecería otro guanche dispuesto a levantarse su hedionda piel de cabra y ponernos su culo en pompa.

Jah. A los guanches les iba el rollo griego. Seguro. No andaban preocupados por el infinito, qué chorrada. Les preocupaba el culo. Era eso.


(*) Por supuesto hoy en día no podríamos aplicar el modelo griego. Casarse con una mujer no es un medio para adquirir mayor fortuna, sino para perder la que tienes.

17 abril 2007

La mierda sabe a pasta gansa


Estar estreñido es un suplicio, tan sólo superado por la tortura de tener el desagüe del fregadero atascado. De esto he sufrido mucho estos días. Llegué a rechazar el comer, para no tener que lavar los platos: tan deprimente se me hacía el charco de agua sucia y jabonosa que no acaba de irse.

Yo creía que este problema lo tenía resuelto. Justo hace un año, cuando estrené la cocina de IKEA, me permití llamar a unos fontaneros profesionales que, armados de una sofisticada serpiente de metal, zanjaron el conflicto y restituyeron la voracidad del sumidero. Tan contento me quedé, que derrochaba litros de agua para escuchar el gluc gluc cantarín del sifón. Ellos me prometieron que no tendría problemas en cinco años. Jah. Fontaneros son buenos fontaneros, pero como adivinos no se ganarían la vida.

Un año y resurgió la angustia de las cañerías obstruidas. No iba a perder el tiempo esta vez con remedios de andar por casa. La doméstica Llovizna recomendó vinagre. Otros abogaron por la Coca Cola. Probé el agua caliente con lejía. Nada. La ventosa empeoró la enfermedad. No intenté con productos químicos. Ellos me advirtieron que son un peligro. Que pueden cristalizar en la tubería formando un tapón definitivo. Y no resuelven. Compré una culebrilla que tampoco me sirvió: el ferretero ya me advirtió que eso era como el follar, que hacían falta dos personas. No le hice caso y así me fue. Perdí cuatro euros, un mal menor.

Esta mañana decidí acabar de una vez con el sufrimiento: a cualquier precio. Llamé de nuevo a los fontaneros expertos y esta tarde se presentaron con puntualidad a la cita. Llegaron armados con su gran serpiente de metal, la metieron hasta el fondo, seis o siete metros, tan larga como la tenían. Y ya está. Tardaron media hora y el sumidero recuperó su voracidad. Retiraron su serpiente y yo les pedí la cuenta: 90 euros.

La sensación fue agridulce. Me encontraba feliz por haber resuelto el problema. Pero pagar 90 euros por un trabajo tan simple que sólo dura media hora… Yo me había levantado a las 6.30 para cumplir mi jornada de ocho horas y seguramente no llego a los 90 euros en todo ese tiempo. Y lo peor es que para obtener este salario tuve que estudiar durante 25 años como un cabrón. Y además aguantar un estrés de cojones. Para ser fontanero no hace falta estudiar un pijo, no hay que hacer inversiones: una serpientita de metal y un motor vibrador sale por dos perras. Y en cuanto a estrés, ustedes verán si dejar que la serpientita esa te brinque entre los dedos supone alguna clase de tensión.

De modo que algo jodido me quedé con estos pensamientos. Las comparaciones son odiosas. Ellos en media hora se levantaron los 90 euros de una manera tan fácil. A lo largo del día podrán llegar a los 1000 euros con facilidad. Y yo, con mi bastardo título universitario, currando ocho horas por una cantidad ridícula (en comparación).

Menos mal que soy inteligente y siempre encuentro el modo de consolarme. El consuelo, en este caso, fue el asco. Porque ellos metieron su serpientita siete metros desagüe abajo. Alcanzaron el tubo grande por donde circula la mierda. La serpiente debió de salir, por fuerza, untada de babas marrones. Uno de los dos fontaneros me pidió jabón y se lavó al terminar. Pero el otro no. Con las mismas manitas de serpiente mierdosa se montó en el coche y tomó rumbo.

Seguro que llegó a su casa y abrazó a su esposa con manitas de mierda. Que se tumbó a ver la tele y se restregó los ojos, y la nariz y los labios con sus manitas de mierda. Y que más tarde se comió su bocadillo de salami con sus manitas de mierda, y que con el último bocado se llevó las yemas de los dedos a los labios con curiosidad: ¿A qué sabe? Se preguntó. Pero la vida es así. El que trabaja con mierda se acostumbra a ella. En realidad, para un fontanero, la mierda tiene sabor a pasta gansa.

Concretamente: 90 euros cada media hora. Hay que joderse.

09 abril 2007

No quiero ser Mr. Universo



Los humanos somos acomplejados por naturaleza. Igual que un gato se espanta de sí mismo al verse reflejado en un espejo, los hijos de Adán renegamos de nuestro físico al ver nuestra imagen: Vaya orejas de soplillo, dientes de vampiro que me tocaron joer, mierda de dedos torcidos de los pies, coño si no tengo tetas y me cabe el móvil y las llaves en la copa del sujetador, ya podían haberme puesto un poquitín más de chorizo, etc.

Nos regodeamos en nuestros defectos. Los exageramos hasta exasperar a los demás, y no aceptamos los piropos por precaución: no sea que se estén burlando.

Una de mis fantasías de adolescente introvertido era imaginar que me daban la opción de cambiar mi físico por el de otro varón conocido: no importaba cuán bello y famoso. La cosa no era fácil, al principio parecía que cualquier opción era buena, pero siempre todos tenían algún rasgo que me desagradaba. Bertín Osborne era mi presa más codiciada: era alto, de ojos azules, con voz cavernosa. En aquella época era lo más de lo más. Sin embargo, una vez tomada la decisión, me asaltaban dudas: ¿Y si tenía las uñas mordidas y las manos sudorosas? ¿Y si le olían los pies? ¿Y si tenía la lengua sucia y pastosa? ¿No es asqueroso guardar dentro de la boca de uno la lengua de una persona ajena? ¿Una lengua blanca y ácida?

El ejercicio de imaginación terminaba con el convencimiento de que no deseaba tener el físico de otro varón, ni siquiera el de Bertín Osborne. Prefería ser yo, con todo el rosario de defectos que sólo uno es capaz de atribuirse.

Será cosa del instinto de conservación. Desear el cuerpo de otro es tanto como renunciar a la propia vida, o sea, el fin de la especie. Nadie desea ser otra persona, por muy mal que estén las cosas sentimos el deseo de vivir nuestra vida y nuestro cuerpo. Acaso podemos desear tener otra nariz, otros ojos, otros dientes, o sea, partes, pero no el completo de otra persona.

De todas formas, a veces nos lo ponen a huevo. Sobre el papel todos los hombres querríamos tener el cuerpo de Mr. Universo. Jah. Pues no. Miren esa foto. Se llama Doug Burns, y, contrariamente a lo que podría pensarse, es el actual Mr. Universo. Pueden ir al baño a vomitar y luego retornen para seguir leyendo.

A la vista de este retrato de perdedor, puedo jurar por la memoria de mis antepasados que vivían en las ramas que no quiero tener el físico de Mr. Universo. Yo no le daría ese título. El que le hace justicia es el de “Mr. Viejorro”. Tiene 43 años el cabrón, y no hace falta decirlo, lo lleva escrito en el careto, todas esas arrugas que parecen zanjas abiertas por un batallón de zapadores. ¿Por qué coño exigen tan poco para ser Mr. Universo? A las mujeres no les permiten tener más de 18 años, ni las dejan tener novio, ni estar paridas. Y sin embargo para Mr. Universo se conforman con un pardillo viejorro como éste, que ni siquiera tiene las cejas depiladas. Se le ve hasta el cartón de la cabeza. Y los ojos son de zangolotino. Una mirada de perro chucho. ¿Alguna mujer tendría el valor de admitir sexo con este individuo? Yo lo imagino con una red limpiando la piscina de una familia adinerada, pero me cuesta visualizarlo en plena jodienda con una mujer buenorra (que es el oficio de todo Mr. Universo que se precie).

Pero por dios, ¡si es que hasta la chapa la tiene fatal! ¿Alguien concibe que elijan como coche del año un Picantus con un bollo en el capó y otro en la defensa? Pues este Mr. Universo está abollado por todos lados. Le han dado un buen mamporro en la frente. Un accidente ridículo. Resulta que este Doug Burns es diabético, fue al cine y le dio un ataque de hipoglucemia. Se dirigió a la cafetería, desorientado y sudorso, y el vigilante lo tomó por un borracho. Llamó a la policía y éstos lo rociaron con un aerosol de pimienta y lo golpearon. Nadie se dio cuenta de que llevaba el brazalete de alerta médica donde informaba de su diabetes (dice la nota de prensa), ni tampoco de que el desgraciado balbuceaba:

-Que soy Mr. Universo, coño, que soy Mr. Universo.

Pero claro, quién iba a pensar que un adefesio así podría ser Mr. Universo.

Yo no quiero ser Mr. Universo. Además: ¿Para qué? El título de Mr. Universo sólo sirve para que jovencitas imponentes se te metan en la cama sin siquiera darte los buenos días o preguntarte por la salud de la familia. No. Muchas gracias.

31 marzo 2007

Mujeres con rabo: ¿dónde mear?



Cuando estudias Derecho, una de las primeras cosas que te enseñan es que la Ley lo puede todo, menos cambiar un hombre en mujer. Bien, pues en España, desde hace unas semanas, la ley también puede cambiar un hombre en mujer. Acaba de aprobarse una norma que permite que cualquier persona pueda cambiar el sexo con el que figura inscrita en el Registro Civil sin tener que operarse. Es decir, un individuo que nació con cuerpo de hombre ya no necesita inflarse las tetas, cortarse el rabo y cavarse un agujero para que el Registro Civil le otorgue el título de Real Hembra.

A mí estas cosas me gustan, que quieren que les diga. Los gobiernos insolentes que rajan contra las tradiciones y la moral rancia me suben el tono. Me encanta ver a los obispos o a los falangistas escamándose por los matrimonios hombre-hombre, mujer-mujer. Y ahora tenemos esto. Jah.

De todas formas el asunto no es tan fácil. La ley muy bien, pero ahora hay que aplicarla, y el Gobierno en esto nos ha dejado solos. A mí esta semana se me ha presentado un conflicto de cojones, y nunca mejor dicho. La cosa sucedió así:

Uno de mis empleados me cogió a primera hora de la mañana y… Bueno, no quiero decir que “me cogió”, quiero decir, que entró al despacho, se plantó en la silla y empezó a largar. Me dijo que iba a acogerse a la nueva Ley del Registro Civil, y que se inscribiría como mujer. ¿Y a mí qué me importa, Pedro Porta? ¿Por qué me lo cuentas? Jah, lo que pretendía es que, en cuanto le aprueben el cambio de identidad sexual, que le dejen usar el baño de mujeres.

Jeje, me reí. Qué gracia. Creí que estaba de broma. Pedro es de muchas ironías. Pero el cabrón me mostró la instancia y era verdad. Joder, joder, menudo papelón. ¿Y qué podía hacer yo? Lo primero es el diálogo. Consulté con algunas de las chicas de la oficina, con las que tengo más confianza. Y todas se quedaron amarillas, que ni de coñas, que menuda carota, el Pedro Porta.

Y tienen razón. Porque Pedro Porta no tiene, precisamente, aspecto de mujer. Es un tipo de unos cincuenta años, bastante gordo y peludo como un orangután. Lleva incluso bigotillo de facha. No es nada femenino. Es más: de todos los que trabajamos en la planta, es el que más paquete tiene, y lo muestra. Usa unos vaqueros muy ceñidos, y lo marca todo: es como un chorizo de cantimpalo y dos riñones de cerdo comprimidos. Lo único es que se da un poco de carmín en los labios, y se dobla las pestañas. Pero sigue siendo a ojos vistas un pedazo de animal macho.

Se lo expliqué, que las chicas no querían, que lo comprendiera. Pero él me replicó que lo entendiera a él, que llevaba mucho tiempo soportando la humillación. Que en su interior él se sentía “una señora” (me lo dijo con esas palabras, angelito), y que le resultaba muy violento entrar al baño de hombres y verlos todos allí contra la pared, sacudiendo sus venablos. Me amenazó con ir al sindicato.

Así que me cagué en la nueva Ley del Registro Civil, y por primera vez añoré los tiempos en que gobernaba la derechona. ¿Cómo se resuelve una papeleta así? A la mañana siguiente, al despertarme, se me encendió la bombilla: Ya está, que haga pis en el baño de discapacitados, que está muerto de risa (sólo lo usa la limpiadora para tomarse su bocadillo a media mañana). Fui contento a decírselo a Pedro pero fue como mentarle al diablo: Que qué me creía, que lo que estaba haciendo vulneraba su honor y le discriminaba sexualmente. Me argumentó que ser transexual no estaba considerado una discapacidad. Y yo patinando, mierda, rojo de ira. Pero al final lo rematé:

-¿Qué no es una discapacidad? Mira, Pedro Porta: ¿Qué clase de mujer eres tú? Por mucho que lo ponga tu DNI, no tienes un maldito agujero sin mierda para meterla dentro. Eso te discapacita como mujer.

Bueno, y me largué. No quise escuchar más. Ya no es suficiente con aguantar a los orangutanes y a los cazadores. Encima tengo que arreglar el problema de dónde mean las mujeres con rabo. Hay que joderse.

Los japoneses son más listos. En su país los baños son unisex. Miren la foto.

27 marzo 2007

Crímenes en serie



Aguardo moribundo
la insensatez de esta pulsión
de sangre rígida.


Duermo en el desecho
de esquirlas mecánicas
como un artesano
de conciencia.

Adopto los sucesos
de la urbe sombría,
las galaxias dolorosas
y las fábricas de nubes.

Exijo la ponderación del daño:
de todos los crímenes
soy coautor.


Mierda: lo confieso, soy un bardo poeta.
Y adoro a las niñas gallegas.

25 marzo 2007

ROSA LLOVIZNA Y EVA PARAÍSO: compromiso sin piso




Brujilda Galpón, Edmundo Mantel y Johnny Ingle tienen el gusto de anunciarles el compromiso de sus apadrinadas Rosa Llovizna y Eva Paraíso. Se trata de un compromiso sin piso y sin prisa (no hay penalti de por medio, que ya se sabe, nadie copula en el Universo en realidad, todo son agujeros de gusano).

Esto sucedió del siguiente modo:

Eva Paraíso se paseó contoneándose por la acera donde viven los locos. La pobre venía en un horrible estado delirante. Se comunicó con todos nosotros sin que lográsemos entenderle una palabra. Esa fue la prueba definitiva de que se le iba la pinza.

Mantel se enamoró de ella. Ojitos de ancla la llamó, carita de piel tostada, te mereces una camisa de fuerza de colores (y por debajo un wonderbrá de fuerza, apostilló Ingle).

Eva Paraíso temía, por efecto de los agujeros de gusano, aparecer en el Pleistoceno con las medias bajadas a la mitad, qué vergüenza.

Se te va la olla hasta el cielo, Evita, exclamó Rosa Llovizna, contenta por haber encontrado una hermana de leche. Procedemos de la misma rama: nuestros ascendientes habitaban las ramas, y nosotras nos vamos por los cerros de Úbeda. Y la llamó grillo, y a Evita le encantó. Y Rosa Llovizna, se llevó el gato al agua, y le propuso formal compromiso a Eva Paraíso.

Ahora somos cinco en la casa de Rosa Llovizna. Aquello es como el bastón del loco, va para arriba y para adelante, o sea, pallá... Mientras Rosa Llovizna quiere ser olorista, Eva Paraíso proclama su olor a ardilla.

Y las palabras no se duermen nunca, son jodiditas. Pero en la casa de Rosa Llovizna no se entiende un carajo lo que la gente dice. Nadie sabe lo que habla, pero sabe que lo habla. Dice el grupo en su terapia que por eso no se dejan comentarios, a pesar de que el blog lo dice bien clarito: que se acepta barco, con la única condición de que el barco tenga culo, y que el culo sea pajagoso.

Estas son las reglas para VISITAR LA CASA DE ROSA LLOVIZNA Y EVA PARAÍSO. Invitan los padrinos, ya saben. Pueden comer y vomitar cuánto les apetezca. Si alguien dice algo que tenga sentido, se le asesina y aquí no ha pasado nada. Jo, jo jou (risa de Papá Noel).

19 marzo 2007

Quiero asesinar orangutanes




No estamos solos, queridos niños. Ellos han escapado de las jaulas, están iracundos. Huelen nuestra sangre funcionarial a kilómetros de distancia. Les excita una Administración pública.

Llegan sudorosos a nuestros edificios. Hacen incursiones a las oficinas, se alimentan de plátanos, piden ser recibidos, y vomitan su mierda en los despachos.

Los orangutanes lo pudren todo, son sus patonas peludas. Causan temblores de grado siete en la escala de los orangutanes. Quieren joderte, su placer es joderte.

Los orangutanes saben de Derecho. Cien días en la selva les va mejor que cinco años en la Facultad. Dominan leyes, esgrimen derechos, escriben instancias.
Piden dimisiones, a la par que cagan. Eructan insultos con exclamaciones. Quieren que mueras para que impere la ley de la selva. Por eso es mejor asesinarlos. Ya tengo mi hacha, y estoy en la esquina, esperándoles, malditos monstruos peludos.

Yo quiero irme de caza. Armado con una escopeta de tiros de gofio en polvo. Ya tengo la licencia, de caza mayor. Este domingo se abre la veda: Yo quiero cazar un cazador adulto. Rubio o con barba, me da igual. Que huela a sudor, me azuza el instinto. Este domingo, quiero matar a un cazador. Y llevármelo a rastros, exhibir mi presa, en un bar de pueblo. Emborracharme con ginebra y eructar de placer.

Queridos niños. La violencia es de hombres. Vamos a joder a los orangutanes y a los cazadores.

12 marzo 2007

¿Dónde ponemos los condones?



El universo debe tener su orden, y cada cosa estar en su sitio. La cuestión es: ¿cuál es el sitio de cada cosa? Comprendemos el mundo gracias a que asociamos ideas, pero los objetos también necesitamos aparearlos para que tengan sentido. El rollo de papel higiénico está junto al váter porque ambos nos sirven para cagar.

Cuando los elementos a ordenar son escasos no hay problema. En nuestras casas, por ejemplo. Podemos entrar a la morada de un desconocido y, sin preguntarle, ir directo a los huevos: que impepinablemente yacen en la estantería superior de la nevera. Sin embargo, intente usted encontrar los huevos en un hipermercado desconocido: se pasará horas empujando el carrito por laberínticos pasillos, y al final insultará a la cajera y renunciará a los huevos.

Son muy complicados de ordenar los hipermercados, porque hay miles de productos y se trata de que el cliente encuentre lo que busca y lo meta en la cesta. Sabemos que ellos se esfuerzan, porque cada dos por tres nos encontramos todo cambiado de sitio. Será para mejorar, pensamos. ¿O será por joder? Circula por ahí un mito urbano según el cual esas alteraciones tienen como fin que, buscando-buscando, acabemos comprando cosas que no necesitamos.

Yo no me lo creo. He vivido experiencias que me hacen pensar en una inteligencia superior, que ordena para alcanzar el bien de los sufridos consumidores. Por ejemplo, hace un par de meses, y después de mucho tiempo sin consumir queso amarillo en lonchas, necesité comprar un poco para unas visitas. Jah. Me fui a la sección de quesos, recorrí el pasillo de un extremo a otro, me impregné hasta la médula del fuerte olor a oveja podrida, y nada. Había quesos amarillos enteros, y quesos blancos en todos los formatos, pero nada de queso amarillo en lonchas. Podía coger número en la charcutería y pedirlo al peso, pero eso es mucho lío para un desesperado como yo. ¿Pero cómo es posible que Alcampo no tenga bandejas de queso amarillo en lonchas? No me cabía en la cabeza. Hasta hacía poco había todo un surtido de marcas y variedades.

Renuncié. Tomé lo más parecido, un queso blanco, y seguí con la compra, pero frustradísimo, porque me había pasado media hora trabado con el misterio del queso amarillo. Y entonces, justo cuando iba a por el jamón, me lo encontré ahí: un poco más adelante habían dedicado un pasillo completo ¡¡¡ a los sándwiches!!! Nada menos que a los sándwiches. Y tenían juntos el jamón cocido y el queso amarillo en lonchas. Incluso algunas bandejas con las dos cosas mezcladas. Bendito Rendentor, pensé, qué listos son los jodíos. Si uno se hace un bocadillo siempre necesitará jamón y queso, lo lógico es vender las dos cosas juntas.

Pero esta tarde estuve en el Carrefour y me encontré con algo que me hizo dar un respingo y exclamar: ¡HAY QUE JODERSE! En efecto, qué rara cosa, qué lugar para ese producto. Vamos a ver: Si ustedes fueran gerentes de un hipermercado, ¿dónde colocarían los preservativos? Ya sé, la leche condensada y el azúcar los ponen con el café; el dulce de membrillo con las mermeladas o junto al queso, pero… ¿y los condones? ¿Con qué pegan los condones?

Una vez en Mercadona los tenían expuestos con los plátanos. Plátanos pequeña enana con preservativos normales. Plátanos gran enana con los condones de talla grande. Estaba gracioso. Pero alguna gente tímida dejó de comprar plátanos. Y sí: los condones asustan a los compradores. Todo el mundo tiene miedo a esas tripas: no quieren que los otros piensan que follan, joder, qué vergüenza.

En Alcampo hasta hace poco los tenían junto a los polvos. No está mal la asociación. Los condones son apropiados para los polvos, aunque estos eran los polvos de talco y ahí la relación se pierde un poco. La relación no tiene que ser de similitud funcional. Teóricamente caben otras asociaciones. Una vez, en un supermercado menor, me encontré los condones junto con latas de atún. No entendía aquello. Le pregunté al reponedor y me explicó que era por la fecha de caducidad. Y en efecto: ustedes se habrán percatado de que tanto los condones como las latas de atún caducan a los cinco años. No era idiota el dueño de aquel supermercado.

Pero ya les digo, lo que vi esta tarde en Carrefour me puso los pelos de punta. Entré y fui a echar un vistazo al pasillo de lencería de mujer (siempre lo hago, no pregunten, pero no puedo evitarlo, es un hobby como otro cualquiera: y me encanta que las señoras se espanten cuando ven a un macho rondando esa sección). En la esquina, junto a las braguitas y sujetadores para chicas más jóvenes, habían puesto un expositor de preservativos. ¡Coño! ¿Pero por qué? Al principio me chocó, no era el sitio, estaban totalmente alejados de las cremas, colonias, tiritas, agua oxigenada, cosméticos en general.

Pero al rato, tonto de mí, lo entendí. La niña que va buscando bragas bonitas de fantasía es porque ha comenzado a follar y necesita gustarle a su novio. Mientras no tienen novio, ellas se conforman con las bragas de algodón que les compran las mamás, con sus tortuguitas incluso, no problem. Pero cuando llega el día de enseñar el culo ellas quieren estar sexys, y ahí es donde se forra el Carrefour. Por seis euros unas bragas rojas de encajes bonitas que te cagas (o mejor, que te joden).

Pero claro, toda esa jodienda tiene que ser con prevención. Y ahí entran los condones. Justo al lado de las bragas para chicas jóvenes. Ellas deben comprarlos. No están al lado de los accesorios para coches, para que los compren los muchachos. No. Están al lado de la lencería de niñas. Como debe ser. Lo entendí: ¡¡¡felicidades, señores del Carrefour!!!

Ahora, permitan que les deje. Me acabo de acordar que es tiempo de revisar mis latas de atún: deben de estar a punto de caducar (de nuevo, ji ji).

04 marzo 2007

Hola mi amor, soy yo tu lobo




Por si usted quizás alcanzó ya una edad un poco madura y, encontrándose solo, no desea enfrentarse más a la ardua tarea de buscar una pareja, le voy a dar algunos consejos para desembarazarse de la incómoda pulsión sexual.

Quizás al principio de su nueva situación usted pensó que bastaría con omitir el deseo, desterrar los pensamientos lúbricos. Desafortunadamente vivimos en una sociedad que continuamente nos bombardea con estímulos. No podemos evadirnos. Hay que buscarle solución. Pero, ¿qué solución?

De entrada está la mano. Esto es intuitivo. De pequeños, y sin haber recibido ninguna instrucción, la mano se movió por si sola y descubrió el modo. Luego, hasta los últimos días de nuestra existencia, la mano no nos abandona. Tengo un amigo muy religioso al que un día le pregunté por qué creía él en Dios. Su respuesta fue tan sorprendente que me hizo dudar de mi ateísmo: me dijo que él veía claro que Dios existía porque nos había dado la mano. Las vacas no tienen mano, pero el granjero las proveyó de barandillas tubulares para restregarse. Más o menos es lo que hizo Dios con nosotros, al crearnos con mano.

Pero si a usted la mano no le resuelve, porque piensa que ya es mayorcito para estas cosas y le hace sentirse ridículo, o bien porque la convivencia con una pareja le acostumbró a la alteridad, tenga en cuenta que existen opciones muy satisfactorias. Expondré algunas.

Para la mujer no voy a decir mucho. El asunto es bien sencillo. Tan sólo es necesario disponer de una pequeña huerta en los aledaños de su casa o un jardincillo en el patio trasero (en la fachada no sirve, por la falta de intimidad). Pues bien, si posee esta infraestructura, hágase con una semilla de la famosa FLOR PENE y habrá resuelto para siempre el problema de la concupiscencia.

Si es usted hombre estará al tanto de los múltiples artificios que se han venido empleando a lo largo de la historia como remedio de la soledad. No haga caso, no todos valen. Déjese de animales vivos. Es cierto que criar una gallina no es difícil, pero no es cuestión de pescar una gripe aviar en sálvese la parte. Los métodos que aquí propondremos son más estériles.

Yo recomiendo el melón, que es un clásico. Y porque ahora, con esto de los frigoríficos, podemos tenerlos en cualquier mes del año, aunque no sea temporada. Provéase de uno de estos frutos, bien redondo, carnoso y con buenas semillas. Apriete en los extremos para comprobar que esté blando. Practique un agujero en una de las puntas y ¡enhorabuena! ¡Usted vuelve a estar casado! Si usa preservativo y lo guarda en la nevera, el melón le puede durar hasta quince días. En este caso, recuerde sacarlo una hora antes de la relación sexual para que coja temperatura.

Lo que pasa es que al final ocurre lo del chiste del Rey que quería echar una cana al aire. Cuando alguien le pregunta por qué teniendo una mujer hermosa como la Reina se quiere beneficiar a una plebeya, el Rey le contesta que la perdiz es muy sabrosa, pero que comer perdiz todos los días produce hastío. Y esto mismo puede pasar con el melón. Hay días en que uno desearía otra cosa.

La semana pasada vi la película LOS DOS LADOS DE LA CAMA, una cinta memorable. Aborda el tema de las parejas, las separaciones, la bisexualidad. A dos amigos les dejan sus respectivas novias, y se enrollan entre sí (ellas). Un tercer amigo también es abandonado por su novia, que le pone los cuernos. Él se va a vivir con los otros dos. Y un buen día aparece en casa con un lobo disecado, que los otros repudian. Pero él no lo suelta ni a sol ni sombra. Después de muchas vicisitudes, los dos amigos cuyas novias se convirtieron en lesbianas se ponen a meterse mano, y el del lobo, que acababa de llegar, los sorprende en la cocina. Ellos se justifican diciendo que, según los estudios, casi todos nosotros somos, en el fondo, bisexuales. El otro se queda mirando al lobo con ternura y replica: “Que me lo digan a mí…” Un golpe genial.

A mí me pareció una idea excelente, lo de tener un lobo disecado siempre a mano como compañero sexual. Es suave de pelo, nunca se pone histérico, tiene una mirada dulce y no hay que hacerle agujero, como al melón, porque el lobo ya tiene agujero. Pero ¿cómo hacerse con un bicho de estos?
El señor DEL HIERRO, amablemente, me puso tras la pista de Maxim Fedorov, taxidermista de Bielorrusia que oferta sus productos a través de su PÁGINA WEB. En cuanto vi al de la foto sentí, salvando las distancias, algo parecido al amor a primera vista. Tenía que ser mío, no había más de qué hablar. El erizo con botas y fusil también era tentador, pero el inconveniente de las púas me hizo desistir. Nada como la suavidad de un lobo estepario. Y esos ojos, penetrantes y dulces…

En fin, que hablé telefónicamente con el señor Fedorov (no sin dificultades, ya que su inglés es pobre y el mío paupérrimo), y llegamos a un acuerdo. Con el certificado veterinario para la importación, el lobo entero me salió por 1000 Euros, que pagué contra reembolso al recibir el paquete por una empresa de mensajería (DHL Internacional).

Ya llevo tres días usándolo. Por eso me he retrasado en escribir. Estos días ha habido un eclipse de luna. Pero para mí ha sido, de todas formas, una entera luna de miel. Y ahora me disculparán. El lobo disecado me mira de nuevo con sus ojitos tiernos. Tengo que dejarles. Hasta lué.

26 febrero 2007

El hombre sin culo




La Iglesia se ha inventado una especie de teoría para demostrar que Dios existe y que el hombre no es fruto de la evolución natural, sino de un DISEÑO INTELIGENTE: precisamente de ese Dios. Reputados investigadores han demostrado que científicamente esa teoría es más falsa que los cielos rasos de escayola. Pero a mí no me hacen faltan argumentos científicos. No tengo más que ver al hombre, tal cual es: ¿A eso le llaman diseño inteligente? ¡Menuda chapuza! Si alguien nos diseñó, lejos de hacerlo inteligentemente, lo hizo con el culo. Porque, hay que ver la cantidad de mierda que nos echó encima.

Somos todo sudor, babas, líquidos hediondos, humores sucios, pestilencias, gases. ¿Es que no había más alternativas que usar todo lo cutre y lo marrano para sustentar la vida de los seres humanos? A veces pienso que hasta algunos animales fueron diseñados mejor que nosotros. Los perros, por ejemplo, que no sudan, joder, ellos eliminan el sudor con la saliva, se la tragan: eso es bastante limpio. Y además tienen la cara cubierta de pelos, pueden envejecer sin que se les noten las arrugas, no necesitan estiramientos faciales. Los perros viejos no dan asco. Las personas viejas sí, a veces.

Todo el mundo está de acuerdo que el uso de combustibles fósiles como fuente de energía no es la más inteligente ni la más avanzada de las opciones. Ahí está la ironía de que para ir en coche de Madrid a París tenemos que quemar el muslo de un dinosaurio muerto. A eso nadie lo llamaría diseño inteligente. Eso es una marranada tóxica como la copa de un pino. Sin embargo un coche eléctrico alimentado con hidrógeno sería lo ideal (al menos hasta que se invente el tele transporte, claro).

Pues la forma que tiene el ser humano de aprovisionarse de energía es tan ridícula y cochina como la de los coches con motor de combustible fósil. Tragamos alimentos, carne muerta, materia vegetal ácida, lo que pillamos. Tenemos una boca halitosa que tritura esa basura, la metemos en un saco de ácido y babas, que luego de un rato vierte el contenido a una tripa de ocho metros donde esperan los bichos más groseros y sucios que es posible recolectar, que lo mastican todo y se tiran pedos (porque eso lo aprendí en un documental, los que se tiran los pedos son las bacterias), y te dejan toda la mierda ahí, para que la elimines como puedas. En alguna parte leí que la sustancia que más abunda en las ciudades es una mezcla a tres partes de mierda, jabón y pis.

Dicho esto, que venga la Iglesia y me explique cómo pueden llamar a esto diseño inteligente. Que no digan que somos una máquina maravillosamente complicada. Si lo inteligente no es lo complicado. Lo inteligente es lo sencillo. Y las plantas lo son. Son formas de vida, que es de lo que se trata, y sin embargo ellas son limpias. No tienen boca halitosa, ni estómago, ni tripas, ni producen mierda, ni pis, ni sudor. No apestan, sino que muchas veces exhalan las más delicadas fragancias. Reciben la luz solar, con su clorofila sintetizan glucosa, liberan oxígeno. Hala. Qué envidia. Y se mueren, se secan, con tanta dignidad. No se llenan de gusanos a los tres días, como nosotros: y es que también el diseñador inteligente ese ni siquiera nos respetó como cadáveres: nos humilló llenándonos de gusanos, convirtiéndonos en la masa podrida más nauseabunda que podría haberse diseñado: sí, diseñado.

Esto hay que solucionarlo. Ahora que por fin se ha completado el genoma, alguien debería ocuparse de hacer unos retoques para devolver la dignidad a los humanos. No podemos llamarnos libres mientras seamos esclavos de la mierda. La redención es la liberación del culo. El hombre sin culo es el diseño inteligente. Y está al alcance. Yo no pongo ni quito rey, pero que alguien ponga y quite genes, por favor.

Que nos cierren el culo a todos. Que suturen la raja, el ojete. Todo. Que vacíen las tripas y reseccionen el estómago. Hay otras formas de obtener la energía vital. En una primera fase podríamos valernos de baterías, que cada persona podría llevar en una mochilita a la espalda: elegante sería, y muy juvenil.

Pero el ideal es imitar a las plantas. Nosotros también podríamos realizar la fotosíntesis. Bastaría agrandarnos las orejas, llenarlas de cloroplastos, y captaríamos del sol la energía suficiente para movernos y pensar. Las plantas de los pies podrían ser porosas y caminaríamos descalzos para absorber minerales del suelo.

No tendríamos que luchar por el alimento, ya que la energía del sol es gratis. Por tanto, tampoco habría necesidad de trabajar. Nos pasaríamos el día haraganeando, perezosos, errando por ahí, tendidos sobre piedras, tomando el sol y copulando: justo como hacen los lagartos. Mal que les pese a algunos, esto sí que sería un diseño inteligente.

Y ya que hablamos de sexo, también tiene delito esto de unir funciones excretoras y sexuales. El sexo no tendría por qué ser tan sucio, tan lleno de babas, mucosidades, fluidos, olores. El hombre podría tener como una navajita plegable en un costado, y la mujer una hendidura en la cadera. De esta forma sería posible practicar el sexo mientras se ve una película en el cine.

Para rematar la faena, sólo nos falta una muerte digna. Nuestra muerte podría ser como la de las plantas también. El trigo se seca y es tan perfumado como en vida. Los cuerpos humanos podrían acabar sus días con una rápida deshidratación. Nos quedaríamos en la cama, primero tiesos, luego tostados, amarillos, resecos, agrietados, hechos migas. Bastaría que alguien soplara un poco y, con una escoba y un recogedor, tirar el polvillo a la basura.

Polvo eres y en polvo te convertirás: inteligente.
Ecos de sociedad: STACY MALIBÚ inaugura local de mentes. Sólo zapatillas. VISITAR A STACY MALIBÚ

19 febrero 2007

Veintiséis años después: el segundo piropo




El miércoles me pasó algo insólito y terrible
. Yo estaba frente al Palacio Insular, esperando a que el semáforo se pusiera verde: nervioso porque era justo el semáforo donde hace unos meses mataron a tres viejos. Desprevenido, pensando en cómo defendería ante la Comisión que matar gatos silvestres debe considerarse una inversión y no un gasto corriente (aunque el gato sea corriente y sin pedigrí). Y sucedió:

Un Opel Corsa gris a toda leche. Y una voz aflautada (la típica voz de zorra, pensé) gritó al aire: ¿Qué gritó? ¿Guapo? ¿Zapato? ¿Sapo?

¿Sería guapo? Miré a diestro y siniestro: estaba solo, fue a mí, no había nadie más. ¿Pero cómo es que guapo? ¿Será por esta camisa a rayas, esta chaqueta azul y este maletín de piel sintética de El Corte Inglés, 25 Euros? Yo no me veía para tanto, quizás estaba favorecido por la sombra elegante del flamboyán, o por la silueta majestuosa del edifico neoclásico. Cualquier cosa menos yo que, todo hay que decirlo, con 43 años ya no estoy en edad de gustar ni de interesar.

Pero era 14 de febrero, vaya, me di cuenta. Igual existe el uso social entre las mujeres, un uso piadoso: decir piropos a hombres que no se lo merecen para que al menos un día al año se duerman con la ilusión de que están buenos y son deseados.

Y es que a mí sólo me han dicho piropos en la carretera dos veces en la vida, y esta era la segunda. Para la primera tenemos que retroceder a 1981. Yo era el adolescente Sr. Ingle, 17 años, tal y como ven en esa foto Kodak ahora descolorida (porque los años no perdonan ni a la piel ni a los colores). Iba caminando por la carretera general, de vuelta del Instituto. Me cruzó un Rolls Royce verde claro, descapotado, con varias mujeres alborotadas, una de las cuales me gritó: ¡Tío bueno! Jeh.

Se me cortó la sangre. Me halagó. Pero se me cortó la sangre. No era esa una época en que las mujeres tuvieran ese comportamiento. Recordemos que aún en España no existía divorcio, ni aborto, muchas parejas llegaban vírgenes al matrimonio, los condones no se vendían en el supermercado, las películas X estaban prohibidas, no se follaba, se hacía el amor, y siempre por delante (las cuatro patas, para las cabras). Los chicos invitaban a las chicas a bailar, pero no a la inversa. Por tanto, era anormal que una mujer piropeara a un hombre. De aquellas mujeres que iban en el Rolls Royce yo pensé que eran putas. Pero putas de verdad. Y ahora que recapacito igual me equivoqué. Llevo todos estos años creyendo que de verdad eran putas y ahora, con mentalidad más abierta, me doy cuenta de lo ingenuo. Seguramente eran mujeres normales, cabras locas, folladoras, o sea, normales, y no putas de 60 Euros.

Pero lo que me ocurrió hace cuatro días no me halagó. Me sentí violento, agredido. Yo en aquel momento, en lo menos que pensaba era en sexo, y ella, sin embargo, lanzó al viento esa palabra tan enorme: ¡Guapo! Nada menos que guapo. ¿Qué pretendía de mí? ¿Acaso tumbarme a la sombra del flamboyán? ¿Hacerme suyo? Ahj. De verdad que me preocupé. Me dio tiempo de tomar la matrícula del coche y, en serio, pensé presentar una denuncia por acoso o algo así, ya estudiaría qué delito en concreto contra la libertad sexual.

Se lo comenté a una amiga. Necesitaba liberarme de la angustia, de esa sensación amarga de que alguien pretendiera follarme sin más, en la calle, como una perra. Mi amiga me dijo que no lo interpretara así, que lo estaba viendo del lado masculino, y que las mujeres cuando dicen un piropo (y a diferencia de los hombres) no es que estén pensando en follarte, sino en que las invites a cenar, charlar, por ejemplo.

Me tranquilicé bastante con lo que me dijo mi amiga. Esa noche dormí incluso feliz. Me puse romántico y tramé (igual que lo hacía a los veinte años) una maniobra complicada para contactar con la chica que me había piropeado desde el Opel Corsa. No le había visto la cara, no sabía si me gustaría, pero me tentó la aventura. Y tenía la matrícula del coche. Hum.

Me presenté en Tráfico y solicité los datos del propietario del coche, alegando que quería denunciarlo por un accidente. Pensé escribirle una carta pero casualmente vivía bastante cerca y me personé en su casa. Toqué a la puerta y me salió una vieja que, evidentemente, no podía ser Nerea Fernández (vamos a llamarla así), la que me había dado el San Valentín. Me hizo pasar y enseguida salió la chica, bastante joven, y no fea del todo, de cuerpo aceptable, a mí me gustó. Me costó decírselo, pero al final le declaré que yo era el del miércoles, el que ella piropeó desde el coche, en la avenida, y que bueno, había cometido la locura (que me ponía a mí por loco) de localizarla para proponerle si quería salir a cenar, charlar, esas cosas, vamos…

Nerea Fernández resultó ser todo un personaje. No parecía fina. Vulgar más bien por la forma en que se expresaba. En respuesta a mi plan sus palabras fueron claras:

-Mira, yo para comer o para hablar ya tengo compañía (y señaló a la vieja, su madre, que se había ido a la cocina). Pero si quieres follar soy limpia y estoy sana. Te lo piensas, aquí tienes mi número y me llamas cuando quieras.

Yo le dije que, bien, ejem, que muy bien, que ya si eso… Y me fui de la casa, más quebrantado de lo que me quedé cuando me gritó SAPO en la avenida el día de los enamorados. En la esquina había un contenedor de recogida selectiva de papel. Tiré allí el número de Nerea y me puse las dos manos en los bolsillos, para disimular.

15 febrero 2007

URGENTE: Se busca a la Julia Roberts de la Playa de La Tejita




El 5 de agosto de 2006 publiqué en este blog un post con el título “JULIA ROBERTS ME ABRAZÓ EN LA PLAYA DE LA TEJITA” (ver post). El asunto: la arribada de un cayuco a esta playa de Tenerife con inmigrantes que fueron socorridos por los bañistas que se volcaron espontáneamente en una tarea humanitaria que nos conmocionó a todos.

La foto que utilicé para la cabecera la tomé de EL MUNDO DIGITAL. Era una imagen que hablaba por sí sola. O mejor: a partir de ella se podían escribir muchas historias. Yo la asimilé a Julia Roberts, porque la intensidad fotográfica me remitía al cine: esa foto hablaba de una tragedia, pero también de una esperanza.

Hoy se ha puesto en contacto conmigo un periodista de la revista XL Semanal y me ha contado que el reportaje al que pertenecía esa foto (que dio la vuelta al mundo) lo realizó el fotógrafo canario ARTURO RODRÍGUEZ, de Associated Press, al que ahora le ha sido concedido un premio Worldpress Photo (que no es moco de pavo).

El periodista viene a Tenerife este fin de semana para realizar un reportaje sobre este tema, y está intentando contactar con esas personas que estaban en la playa, que atendieron a los inmigrantes y que salieron en las fotos de Arturo Fernández.

Lo curioso para mí es que cuando escribí el post apareció un comentario de una chica llamada SILVIA GARCÍA, que había sido una de las protagonistas de aquel emotivo suceso, y que conoció a la que yo bauticé como Julia Roberts, la chica de la foto.

Pero no acabó ahí el asunto. Días más tarde aparece un nuevo comentario firmado por AMELIA:

“Señor Ingle, darte las gracias por piropear la foto del tema del cayuco, porque yo soy esa “Julia Roberts” y te puedo asegurar que la foto no es algo premeditado, ni soy modelo y ni me han pagado para hacer esa foto, y decirte que me ha gustado también mucho el comentario que has hecho sobre ese tema. La verdad que fue algo impresionante. Estaba de vacaciones allí con unos amigos y de repente no nos dio tiempo a terminar la frase “es una patera”. Toda la playa fuimos corriendo para donde estaban, le dimos nuestra comida, agua, todo lo que teníamos a mano, es algo tan diferente a lo que sacan en la tele... Fue una experiencia alucinante, y la verdad, nunca pensé que TODOS tendríamos ese lado tan humano y solidario. Y como dice Silvia, que era una de las personas con las que fui a la playa, vivan los peninsulares y europeos solidarios!! Un beso a todos desde Cádiz!”

Bien, estos son los milagros de Internet. Aquí nada es anónimo y toda la información vuela. Pero este periodista necesita un milagro aún mayor: localizar a esa Silvia García, o a Amelia, la Julia Roberts de la foto, o a cualquier otra persona que ese día del cayuco de 3 de agosto de 2006 estuviera en la Playa de La Tejita, en Tenerife y pueda aportar su testimonio para el reportaje.

Sé que este blog no es medio masivo para un comunicado así. Pero tal vez Silvia, tal vez Amelia, si por casualidad conservaron el vínculo… O cualquier persona que sepa cómo llegar a alguno de los testigos: los clientes de la playa son reincidentes. Nunca se sabe. Ojalá sea posible.

Si alguien quiere contactar, que deje un comentario y ya vemos la forma. Yo tengo el teléfono del periodista, que, por cierto, también escribe un blog personal: LOS TERNEROS BICÉFALOS.

Gracias.

11 febrero 2007

Ven y podrás tocarlo todo




Verán: Yo era de esos tipos que nunca han sentido la tentación de morder una manzana. La marca Apple me parecía una extravagancia de los americanos: computadoras sin Windows es lo mismo que casas sin ventanas.

Pero igual que una novia sueña con casarse de blanco, de repente me entraron picores por hacerme con un reproductor: iPod, iPod, iPod, todo el mundo hablando de eso y yo en la inopia. Millones idolatrando el nuevo santo grial de la reproducción y yo con mi viejo walkman de 1989 sólo apto para cassettes. Lo que primero me gustó es que fuera blanco, y de ahí nació la enfermedad. Lo quería de 80 Gb, para que me cupieran mis 700 canciones y mi arrogancia, que es muy grande. Y quería también un iHome, un radio-despertador que hace de altavoces y cargador para el iPod.

¿A dónde acudir? Canarias es el tercer mundo, pensé. Cosas raras no venden. Busqué en Apple Store On Line, y sí, ahí estaba disponible el iHome, pero no para canarios, que como tenemos un sistema aduanero específico los señores de la península no quieren complicarse y deciden que aquí no llegan y se joden, vístanse con pieles de cabra y corran por los montes o vayan a sacar un pez del agua con su venablo.

Me fui a El Corte Inglés con la esperanza, que se me cortó cuando una tía antipática me dijo que de accesorios nada, que fuera a la tienda Apple. ¡Ahh!! ¿Es que hay tienda Apple en Tenerife? Y me confirmó que sí.

Investigué de nuevo en Internet. En efecto, BANANA COMPUTER, jeh, esto tiene su gracia. Su logo es una banana pelada, multicolor, con una mordida: el perfecto análogo de la manzana. Si usted tuvo la tentación de morder una manzana, por vivir en Canarias le tocó morder el banano.

Tenían página web y todo, muy completa. Allí estaban disponibles los reproductores que yo deseaba. Y además me invitaban a visitar la tienda viva, con la promesa de que “podría tocarlo todo”. Entonces se me fueron los ojos: es que salían las fotos de las empleadas, con unos vestidos azules como de papá noeles, y a partir de ahí la necesidad se hizo inaplazable: iría para tocar todo lo que me diera la gana, con dos cojones.

Esta mañana visité Banana Computer, la franquicia de Apple en Tenerife. El diseño de Apple no tiene punto de comparación. Todo es bello y minimalista. Donde otros ponen teclas y chichiriviches, ellos ponen superficies planas sólo para acariciar. Monitores que parecen esculturas. Me enamoré de un iBook a primera vista y me prometí que mi próximo ordenador sería un MacPro. Después de todo, una casa sin Windows también es admisible, a condición de que sea blanca y bonita.

Estaban los iPods colgados con letreros que te invitaban a tocarlos y probarlos y escucharlos. Localicé mi iHome y le susurré: hoy te vendrás conmigo a casa, pasaremos la noche juntos y mañana nos despertaremos con tu música. Auguro mucha felicidad compartida.

La tienda estaba llena. El prototipo de cliente de productos Apple es un señor entre cuarenta y cincuenta, no muy limpio, con camiseta negra, y friki que se huele a lo lejos. Raro. Esperé mi turno Y ENTONCES LLEGÓ ELLA. No se la imaginen, mírenla: es la que sale en la foto, la de la derecha. Esto es real, sólo la publico para que entiendan por qué me enamoré.

Tenía que decirle: “Quiero un reproductor”, pero cuando se paró delante de mí la criatura banana, hum, no acerté con la frase, y lo que me salió del alma fue esto:
-Quiero reproducirme.

Nerea no dejó de sonreírme, ya saben, el cliente es lo primero, y en BANANA COMPUTER se puede tocar todo lo que uno quiera. Sin embargo me contestó:

-El problema es que lo tengo negro, y tú lo quieres blanco ¿no es eso? En ese caso no querrás reproducirte conmigo porque lo tengo negro y tú lo quieres blanco y sólo blanco.

Pero le acepté el iHome, y le dije que el iPod lo podía conseguir en otro lado. Ella me facturó entre sonrisas. Me pidió mis datos para hacerme una ficha y enseguida me tuteó con mi nombre de pila. Insistió en que le diera también el móvil, estoy convencido de que ella no renuncia a reproducirse conmigo, aunque lo tenga negro y yo lo quiera blanco. Me ofreció que podía llamarla, “para cualquier cosa que quisiera”, y me apuntó su nombre a mano en la tarjeta, con la advertencia de había dos chicas pero ella era Nerea. Nunca me habían tratado tan bien en una tienda. El arrogante Ingle es especialista en armar aspavientos en los comercios cuando le engañan. Pero Nerea fue solícita y se desvivió por mí.

Lamentablemente tuve que ir a por el iPod a una tienda de indios. Hablo de indios de la India, o sea, indios de verdad, no de los de taparrabos y plumas, que sólo valen para hacer películas del oeste. Viven aquí desde hace años, con sus bazares de electrónica. Son feos y oscuros, y no lo digo porque yo sea racista, los racistas son ellos, que no se integran. No dejan que sus hijas se casen con nosotros, ni permiten que sus hijos follen a nuestras hijas. Me atendió un indio de unos cincuenta años. Le pregunté si lo tenía blanco, y él me dijo que sí, que si quería reproducirme con él. Mi color rojo de ira superó a su color sucio tiznado: le contesté que yo lo que quería era el reproductor, y que mariconadas las justas.

Y bien. Ya estoy en casa. Tengo mis dos reproductores blancos. Escribo mientras escucho. Los diseñadores de Apple son inteligentes. Todo es lógico y sencillo. No hacen falta instrucciones. Ya tengo satisfechos casi todos mis deseos.

Mañana me despertará el iHome. Pero ¿saben qué? Voy a llamar a Nerea. Voy a decirle que no puedo olvidarla, y que aunque ella lo tenga negro y yo lo prefiera blanco, de todas formas voy a querer reproducirme con ella. Mírenla en la foto: Ustedes pueden entenderlo, ¿verdad?


PD: Sr. Mantel, no vaya a decir que es la mujer más fea que ha visto en su vida, que ya le conozco. Acérquese a saludarla un día: le queda cerca de su oficina.

02 febrero 2007

El misterio de las mujeres rana









Hace una semana la Señorita Watermelon me invitaba en FOTOLOG a confesar ocho hábitos extraños. Uno de ellos fue éste: “La mayor parte de las mujeres que miro están aferradas a una piedra haciendo la rana”.


Ante la enorme cantidad de mensajes recibidos en esta redacción solicitando que explique el fenómeno, y también para cortar por lo sano las calenturientas habladurías que se están propagando al respecto, deseo emitir este comunicado:


1. Me declaro víctima, y no agresor, de las mujeres rana.

2. Ellas han entrado en mi vida, yo no las llamé.

3. La responsabilidad incumbe al Ayuntamiento: para cualquier reclamación… ya saben.


Todo comenzó hace unos cuatro años. Hasta entonces las ventanas de mi casa disponían de una privilegiada visión del azul del cielo. Un buen día llegaron unos obreros y colocaron un armazón de acero. Expectación. Lo forraron con tela. Le inyectaron hormigón, chorro de arena. Lo pintaron con textura de roca. ¿Qué clase de escultura era eso?


Me sentí indignado. Qué suerte perra. Yo disponía de mi pedacito de cielo y ellos me tapan la vista con un pedrusco de 15 metros de alto que, como obra de arte, resulta dudosa.


Pero mire Vuesa Merced, que no es escultura gigante, sino instalación deportiva, aquello contra lo que usted blasfema. Era un rocódromo. O sea, una roca artificial para practicar la escalada.


Las primeras mujeres rana no tardaron en aparecer. Esas chicas de culitos pompones, caderas curvas y cintura modelada, preparan sus correajes, sus cuerdas, y se aferran a la roca como si en ella estuviese la salvación. Suben y suben, haciendo y deshaciendo la figura de la rana. Paran, respiran: se quedan largos minutos cogidas a la roca como insectos. Mientras tanto, allá abajo, media docena de muchachos observan melancólicos el ascenso de la mujer rana: un filamento de baba se les descuelga de sus labios lepóridos.


Una imagen vale más que mil palabras. Yo qué quieren que les cuente. Juzguen ustedes. Estas tres fotos fueron tomadas de urgencia. Son reales. En verano las chicas rana usan prendas más provocadoras (un top blanco, un short naranja, piernas al aire). Sin embargo es una regla invariable que vistan algún pantalón de tejido elástico. Poca diferencia entre eso y la desnudez más impúdica. Los melocotones del culo saltan a la vista. Al hacer la rana las nalgas se desprenden del resto del cuerpo y viajan hasta tus ojos.


Y este es el paisaje que ahora disfruto desde mi ventana. Ya no echo de menos el cielo azul. El cielo de las mujeres rana me parece insuperable. Sólo necesito eso: la ventana, los prismáticos, la cámara. Ellas no faltan nunca. Por cierto, estas fotos las tomé sin permiso. Si alguna mujer rana que eventualmente pueda visitar este blog reconoce su culo, le pido perdón y le doy las gracias. Ninguna mujer rana sufrió daños durante la filmación: los pensamientos sucios son inócuos.


Hace poco se realizó un estudio sobre la salud de los habitantes que viven en las inmediaciones del rocódromo. Las estadísticas reflejaron algunos datos curiosos:


-En los sujetos varones de más de cuarenta años se registró una incidencia superior en un veinte por ciento a la media de los casos de priapismo crónico (también conocido como "Síndrome de la Iguana Mozart" ).


-Se detectó un anormal incremento del lesbianismo entre mujeres que hasta entonces habían disfrutado con plenitud del placer de la zanahoria.


-Incontables maricones convencidos desearon volver a meterse en el armario para idolatrar las sagradas formas de ánfora del cuerpo femenino.


Y bien. Por fin ya conocen el misterio de las mujeres rana. Espero que me disculpen. Tengo que ir a por los prismáticos. Justo ahora está trepando una con el traserito de color butano. Joder!!! Maldito Síndrome de la Iguana!!!